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El vestido de bodas

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El vestido de bodas

Mensaje por LAURACAROLINA el Miér Oct 26, 2011 7:56 pm

El vestido de bodas


Dios es deshonrado cuando quienes dicen creer en su preciosa y elevadora verdad, rehúsan recibir el manto real de la justicia de Cristo. Es un insulto a su Salvador. Dondequiera que vayan muestran que han rechazado el vestido provisto para ellos.

Hay muchos, muchos profesos cristianos que esperan despreocupados la venida del Señor sin tener sobre ellos el manto de su justicia. Profesan ser hijos de Dios, pero no han sido limpiados del pecado. Son egoístas, autosuficientes, viven sin Cristo y no aman a Dios ni a sus semejantes. No tienen idea de lo que constituye la santidad, ni ven defectos en sí mismos. Son tan ciegos que no son capaces de detectar cuán sutilmente obran en ellos el orgullo y la iniquidad. Están vestidos con los andrajos de su propia justicia y enceguecidos, porque Satanás ha puesto una sombre entre ellos y Cristo, de tal manera que no sienten el deseo de imitar el carácter puro y santo del Salvador (Review and Herald, 26 de febrero, 1901).

Días de fervor

En la parábola de la viña, Cristo presentó ante los judíos la historia pasada de su nación, y les mostró cómo habían actuado injustamente a pesar de la luz recibida. En la inmensa congregación que rodeaba a Cristo había sacerdotes y gobernantes a quienes Cristo contemplaba mientras les presentaba el pasado, presente y futuro, y qué había sido y sería el resultado de sus acciones. Dios había enviado mensajero tras mensajero con una solemne advertencia para quienes estaban a cargo de la viña, pero los habían tratado de una manera vergonzosa: a uno lo golpearon, a otro lo apedrearon y a otro lo mataron...

Mientras Cristo describía su viña, protegida por los mandamientos divinos, y hablaba del tratamiento que habían recibido los mensajeros, los gobernantes judíos prestaban definida atención. Y cuando Cristo preguntó: "Cuando venga, pues, el señor de la viña, ¿qué hará a aquellos labradores?", los gobernantes se unieron al pueblo para responder: "A los malos destruirá sin misericordia, y arrendará su viña a otros labradores, que le paguen el fruto a su tiempo" (Mateo 21:40, 41).

Estos gobernantes pronunciaron su sentencia con sus propios labios. Mientras Jesús ponía su vista en ellos y su divinidad brillaba con irresistible poder, ellos sabían que él estaba leyendo los secretos de sus corazones. Al ver en los labradores de la viña una representación de ellos mismos, exclamaron involuntariamente: "¡Dios nos libre!" (Lucas 20:16). El odio contra él llenó sus corazones: "Procuraban los principales sacerdotes y los escribas echarle mano en aquella hora, porque comprendieron que contra ellos había dicho esta parábola; pero temieron al pueblo" (Lucas 20:19).

Los que son alumnos en la escuela de Cristo estudiarán con intenso interés la parábola de la viña. En esta parábola Cristo presentó la verdadera condición del pueblo elegido. Reveló cómo habían quebrantado la confianza puesta en ellos. Es una lección para todos; una advertencia de que a menos que caminen en los caminos del Señor y guarden sus mandamientos, él no puede bendecirlos ni sostenerlos. Dios ama a su iglesia en la tierra; es el redil para sus ovejas. Pero no puede ayudarla mientras sus miembros estén en pecado. Incluso ha permitido que la calamidad y la derrota la golpeen cuando la exaltación y glorificación del yo, la práctica de falsos principios y la mezcla de lo santo y lo común se ha manifestado en ella. Dios está deseoso de perdonar a los que se arrepienten, pero retirará su favor de aquellos que continúan pecando. Terribles juicios y destrucción pueden caer sobre aquellos que dan el ejemplo equivocado y lo representan mal, y sin embargo dicen: "Somos el templo del Señor" (Signs of the Times, 31 de octubre, 1900).



La invitación del rey

Cuán pocos responden a la invitación del cielo. Se insulta a Cristo cuando sus mensajes son despreciados y su invitación gratuita y misericordiosa es rechazada. Los que primero fueron invitados a la fiesta de bodas, comenzaron a excusarse permitiendo que asuntos menores ocuparan su atención y los desviaran de los intereses eternos. Algunos de ellos se excusaron por atender asuntos temporales, mientras que otros manifestaron su odio maltratando y matando a los mensajeros. Si el Espíritu Santo no tiene una influencia directa sobre los seres humanos, otro poder de abajo la tendrá. Hay dos clases: los que son salvos mediante la fe en Cristo y la obediencia a su ley, y los que rechazan la verdad que está en Jesús. Si estos últimos siguen rechazando a Cristo mientras dura el tiempo de gracia, ya no tendrán la oportunidad de ser justificados una vez que el registro de sus vidas haya pasado a la eternidad.

Ahora es el tiempo de la salvación; todavía estamos en el tiempo de gracia. Déjense de lado las divisiones nacionales y denominacionales. Dios no reconoce rangos ni castas y tampoco sus obreros debieran hacerlo. Aquellos que se consideran a sí mismos superiores a sus prójimos por tener propiedades o puestos, podrán exaltarse a sí mismos delante de sus hermanos, pero a la vista del universo celestial son considerados como los más bajos. Ojalá tomemos en cuenta las palabras inspiradas que reprueban ese espíritu y a la vez nos dan ánimo: "No se alabe el sabio en su sabiduría, ni en su valentía se alabe el valiente, ni el rico se alabe en sus riquezas. Mas alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme, que yo soy Jehová, que hago misericordia, juicio y justicia en la tierra; porque estas cosas quiero, dice Jehová" (Jeremías 9:23, 24) (Review and Herald, 2 de abril, 1895).

La parábola del vestido de bodas representa una lección del más alto significado. El casamiento representa la unión de la humanidad con la divinidad; el vestido de bodas representa el carácter que todos deben poseer para ser tenidos por dignos convidados a las bodas.

En esta parábola como en la de la gran cena, se ilustran la invitación del evangelio, su rechazamiento por el pueblo judío, y el llamamiento de misericordia dirigido a los gentiles. Pero de parte de los que rechazan la invitación, esta parábola presenta un insulto mayor y un castigo más terrible. El llamamiento a la fiesta es una invitación del rey. Procede de aquel que está investido de poder para ordenar. Confiere gran honor. Sin embargo, el honor no es apreciado. La autoridad del rey es menospreciada. Mientras la invitación del padre de familia fue recibida con indiferencia, la del rey es recibida con insultos y homicidio. Trataron a sus siervos con desprecio, afrontándolos y matándolos.

El padre de familia, al ver despreciada su invitación, declaró que ninguno de los convidados probaría su cena. Pero en cuanto a los que habían despreciado al rey, se decreta algo más que la exclusión de su presencia y de su mesa, pues "enviando sus ejércitos, destruyó a aquellos homicidas, y puso fuego a su ciudad" (Palabras de vida del Gran Maestro, p. 249).



Los que fueron a la fiesta

La tercera invitación a la fiesta representa la proclamación del evangelio a los gentiles. El rey dijo: "Las bodas a la verdad están aparejadas; mas los que eran llamados no eran dignos. Id pues a las salidas de los caminos y llamad a las bodas a cuantos hallareis".

Los siervos del rey que salieron por los caminos "juntaron a todos los que hallaron; juntamente malos y buenos". Era una compañía heterogénea. Algunos no tenían mayor respeto por quien daba la fiesta, que aquellos que habían rechazado la invitación. Los que fueron primeramente invitados no podían consentir, pensaban ellos, en sacrificar ninguna ventaja mundanal para asistir al banquete del rey. Y entre los que aceptaron la invitación, había algunos que solo pensaban en su propio beneficio. Vinieron para disfrutar del banquete, pero no por el deseo de honrar al rey (Palabras de vida del Gran Maestro, pp. 250, 251).

Si aquellos a quienes Cristo invita primeramente a la cena de bodas no quieren recibir el mensaje, él enviará a sus mensajeros a las salidas de los caminos para constreñir a la gente con un mensaje tan lleno de la luz del cielo que no se atreverán a rechazarlo. El evangelio fue dado primero a quienes Dios había confiado las preciosas verdades que él deseaba que las hicieran conocer a otros. Tenían la responsabilidad de compartir el conocimiento de Dios y de su Hijo a quien él había enviado. El Señor obró maravillas para los hijos de Israel. Finalmente les envió a su Hijo, el Príncipe de la vida, el Mesías, a quien todos los sacrificios y ofrendas señalaban, pero no lo recibieron y rehusaron aceptar su mensaje. Rechazaron al Mesías en quien estaban fundadas todas sus esperanzas. Cuando rechazaron la invitación que en su mensaje ofrecía, el Señor se volvió al mundo gentil, porque aquellos que tendrían que haber compartido el conocimiento de Dios y de su Hijo Jesucristo con el mundo pagano, estaban ellos mismos rechazando el mensaje y no podían compartir la invitación: "Venid, que ya todo está preparado". Los discípulos de Cristo fueron entonces comisionados a proclamar el mensaje de misericordia por todos los caminos y los vallados de la extensa viña moral del Señor. "Y el Espíritu y la Esposa dicen: Ven. Y el que oye, diga: Ven. Y el que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente" (Apocalipsis 22:17) (The Southern Work, pp. 22, 23).

Dios no quiere que nos coloquemos en el tribunal y nos juzguemos unos a otros. Pero, ¡cuán frecuentemente lo hacemos! ¡Cuán cuidadosos debiéramos ser de no juzgar a nuestro hermano! Se nos asegura que así como juzgamos, seremos juzgados, y que con la medida con que medimos a otros, nos volverán a medir. Cristo dice: "Mas yo os digo que de toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio. Porque por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado (Mateo 12:36, 37). En vista de esto, que nuestras palabras sean de tal carácter que puedan recibir la aprobación divina. Cuando vemos errores en otros, recordemos que tenemos faltas más graves quizá, a la vista de Dios, que la falta que condenamos en nuestro hermano. En vez de publicar sus defectos, pidamos a Dios que lo bendiga, y ayudémosle a vencer su error. Cristo aprobará este espíritu y proceder, y abrirá el camino para que hablemos una palabra de sabiduría que fortalecerá y ayudará al que es débil en la fe (Review and Herald, 27 de julio, 1911).



Sin el vestido

Los que estaban en los caminos y en los vallados aceptaron la invitación de los mensajeros y vinieron a la fiesta. Entre ellos había malos y buenos, pero la boda se llenó de invitados. Así ocurre con el evangelio: algunos son verdaderos creyentes; otros no tienen vestido de bodas. Algunos que aceptan la invitación parecen formar parte del cuerpo de creyentes, sin embargo nunca se han revestido de Cristo. Pero ningún ser humano puede hacer la obra de separación. La iglesia debe continuar su tarea de dar a conocer la Biblia a pesar de que haya miembros desordenados.
Los que vinieron a la fiesta no tenían un vestido adecuado sino uno común, por lo tanto les fue provista la vestimenta adecuada. De la misma manera, antes de estar listos para el banquete que Cristo ha preparado, debemos colocarnos la vestimenta provista, el manto de su justicia.

El hombre que vino a la fiesta sin ponerse el vestido de bodas representa aquellos que violan la ley de Dios. La violación de la ley le hizo perder el Edén a Adán, y ningún desobediente podrá entrar por las puertas de la santa ciudad, ni tener acceso al árbol de la vida. Pero el Señor ha hecho provisión para que ningún alma necesite deshonrarle. Cristo dio su vida para que sea posible el perdón divino por cada pecado, y ha provisto el vestido de bodas que es esencial para cada uno. Los que piensan que están preparados sin vestir el manto de la justicia de Cristo, al fin encontrarán que han perdido su alma. La fe se perfecciona en las obras. Aunque alguien reclame el privilegio de ser cristiano, si no ha cambiado de carácter, es porque no tiene el vestido de bodas. Puede pensar que es suficientemente bueno, suficientemente virtuoso; pero sin la fe en Cristo, depende de sus propios méritos, y no se ha arrepentido verdaderamente de sus pecados. Cuando Cristo venga a examinar a los invitados, dará la orden: "Atadlo de pies y manos, y echadle en las tinieblas de afuera".

"Muchos son llamados, y pocos escogidos". Esta declaración se refiere al destino final. Los seres humanos son muy queridos al corazón de Dios; todos son invitados a la fiesta. Pero muchos vienen sin tener el vestido de bodas, porque no han aceptado la justicia de Cristo. No se han arrepentido ni hecho paz con Dios, y por lo tanto no han recibido la oferta gratuita.

Cristo debe ser el todo y en todo en cada alma. Los que tratan de resolver por sí mismos el misterio de la creación, el misterio de la redención y el misterio de la eternidad, se confundirán. Pero los que aceptan y reciben el vestido provisto para ellos a un precio infinito, encontrarán entrada abundante a la rica fiesta de las bendiciones espirituales. Saben que al recibir ese manto, también son receptores del favor divino. Al recibir la justicia del Salvador, Dios coloca su sello sobre ellos (Review and Herald, 8 de mayo, 1900).



La investigación

La ley de Dios llega hasta los sentimientos y los motivos, tanto como a los actos externos. Revela los secretos del corazón proyectando luz sobre cosas que antes estaban sepultadas en tinieblas. Dios conoce cada pensamiento, cada propósito, cada plan, cada motivo. Los libros del cielo registran los pecados que se hubieran cometido si hubiese habido oportunidad. Dios traerá ajuicio toda obra, con toda cosa encubierta. Con su ley mide el carácter de cada hombre. Así como el artista transfiere al lienzo los rasgos del rostro, así también los rasgos del carácter de cada individuo son transferidos a los libros del cielo. Dios tiene una fotografía perfecta del carácter de cada hombre, y compara esa fotografía con su ley. Él revela al hombre los defectos que echan a perder su vida, y lo exhorta a que se arrepienta y se aparte del pecado (Comentario bíblico adventista, tomo 4, p. 1061).

Las iglesias profesas de Cristo de esta generación disfrutan de los más altos privilegios. El Señor nos ha sido revelado con una luz cada vez mayor. Nuestros privilegios son mucho más grandes que los del antiguo pueblo de Dios. No solo poseemos la gran luz confiada a Israel, sino que tenemos la creciente evidencia de la gran salvación que nos ha sido traída por Jesucristo. Aquello que era tipo y símbolo para los judíos es una realidad para nosotros. Ellos tenían la historia del Antiguo Testamento; nosotros tenemos eso y también el Nuevo Testamento. Tenemos la seguridad de un Salvador que ha venido, que ha sido crucificado, que ha resucitado y que junto al sepulcro de José proclamó: "Yo soy la resurrección y la vida". En virtud del conocimiento que poseemos de Cristo y su amor, el reino de Dios es puesto en medio de nosotros. Cristo nos es revelado en sermones y nos es cantado en himnos. El banquete espiritual nos es presentado con rica abundancia. El vestido de bodas, provisto a un precio infinito, es ofrecido gratuitamente a cada alma. Mediante los mensajeros de Dios nos son presentadas la justicia de Cristo, la justificación por la fe, y las preciosas y grandísimas promesas de la Palabra de Dios, el libre acceso al Padre por medio de Cristo, la consolación del Espíritu y la bien fundada seguridad de la vida eterna en el reino de Dios. ¿Qué otra cosa podía hacer Dios que no haya hecho al proveer la gran cena, el banquete celestial? (Palabras de vida del Gran Maestro, p. 258).

La gloria, las riquezas y el honor ofrecidos por el Hijo de Dios son de infinito valor. Ni los hombres ni los ángeles pueden dar una idea adecuada de su precio infinito. Si los seres humanos que están hundidos en el pecado y la degradación rehúsan los beneficios celestiales; rehúsan vivir una vida de obediencia y se burlan de la misericordiosa invitación y eligen las cosas temporales de esta tierra, Cristo hará cumplir la figura usada en la parábola. Los que se excusan y continúan en el pecado y en conformidad con el mundo, serán dejados con sus ídolos. Llegará el día en el que nadie podrá pedir ser excusado. Cuando Cristo venga en su gloria, y en la gloria de su Padre, y todos los ángeles celestiales con él, no habrá ningún espectador indiferente. Las especulaciones no satisfarán al alma. Los lingotes de oro a los que los avaros miraban con tantas ansias, ya no serán atractivos. Los palacios que los orgullosos de la tierra habían convertido en sus ídolos, se vendrán abajo con su carga. Nadie se excusará diciendo que debe cuidar a su esposa recién casada, sus tierras o su ganado como razón para no gozar de la gloria que se presenta a su vista. Todos querrán una parte en ella, pero ya no será para ellos (Review and Herald, 17 de enero, 1899).



Para estudiar y meditar

Palabras de vida del Gran Maestro, pp. 249-260.

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