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La ropa nueva del hijo pródigo

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La ropa nueva del hijo pródigo

Mensaje por LAURACAROLINA el Miér Oct 26, 2011 7:54 pm

La ropa nueva del hijo pródigo

¿Cuál era el gozo de Cristo? El gozo de salvar a los perdidos. Dice el profeta: "Verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho". Por el gozo que le fue propuesto soportó la cruz, menospreciando la vergüenza. Su sufrimiento, agonía y muerte fueron considerados por él como nada a fin de que las almas pudieran ser rescatadas del pecado. Cada vez que un alma se convierte y se acerca a Jesús, hay gran gozo en el cielo; es un alma salvada, una preciosa alma arrebatada de las garras de Satanás y ofrecida a Jesús como una hermosa prueba de que su sufrimiento y muerte no fueron en vano. El perdido ha sido hallado, el que estaba muerto en sus delitos y pecados está vivo, por eso hay gozo y regocijo en el cielo. Y Cristo oró para que ese gozo también sea nuestro; un gozo pleno, abundante y profundo; un gozo que es el resultado de los triunfos de la cruz de Cristo (Review and Herald, 21 de marzo, 1893).

Esta parábola fue dada por Cristo para representar la manera en que nuestro Padre celestial recibe a los errantes y arrepentidos. El padre es aquel contra el cual se ha pecado; sin embargo, en la compasión de su alma, lleno de piedad y perdón, se encuentra con el pródigo y le revela la gran alegría que significa para él que éste su hijo, a quien creía muerto a todo afecto filial, haya llegado a ser sensible a su gran pecado y negligencia, y haya vuelto a su padre, apreciando su amor y reconociendo sus requerimientos. Sabe que el hijo aquel que se había entregado a una vida de pecado y que ahora está arrepentido, necesita de su piedad y amor. Ha sufrido; ha sentido su necesidad, y viene hacia su padre confiando en que es el único que puede suplir su gran necesidad (Joyas de los testimonios, tomo 1, p. 308).


Los mismos padres, la misma comida

Este hijo menor se había cansado de la sujeción a que estaba sometido en la casa de su padre. Le parecía que se le restringía su libertad. Interpretaba mal el amor y cuidado que le prodigaba su padre, y decidió seguir los dictados de su propia inclinación.

El joven no reconoce ninguna obligación hacia su padre, ni expresa gratitud; no obstante reclama el privilegio de un hijo en la participación de los bienes de su padre. Desea recibir ahora la herencia que le correspondería a la muerte de su padre. Está empeñado en gozar del presente, y no se preocupa de lo futuro (Palabras de vida del Gran Maestro, p. 156).

El hijo pródigo no respetaba a su padre ni buscaba agradarle, sino que deseaba hacer su propia voluntad y seguir los dictados de sus propias inclinaciones. Estaba cansado de los consejos de su padre, quien lo amaba y buscaba asegurarle su felicidad. Malinterpretaba la tierna simpatía y el amor de su padre, y cuanto más paciente, bondadoso y benevolente era el padre, más insolente era el hijo. Pensaba que su libertad estaba restringida porque su idea de libertad era más bien libertinaje. Finalmente decidió independizarse de toda autoridad y dejar de vivir bajo las restricciones de la casa de su padre. Pronto gastó toda su fortuna viviendo perdidamente. Y cuando llegó un gran hambre a la región a la que se había trasladado, "deseaba llenar su vientre con las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie se las daba" (Signs of the Times, 29 de enero, 1894).

El deber del padre para con sus hijos debiera ser uno de sus primeros intereses. No debería ser puesto a un lado con el propósito de adquirir una fortuna, o ganar una alta posición en el mundo. En verdad, esas mismas condiciones de afluencia y honor frecuentemente separan a un hombre de su familia y destruyen su influencia sobre ellos más que cualquier otra cosa. Si el padre quiere que sus hijos desarrollen caracteres armoniosos, y sean un honor para él y una bendición para el mundo, tiene una obra especial que hacer... Dios lo hace responsable por esa tarea. En aquel gran día de ajuste de cuentas se le preguntará: ¿Dónde están los niños que he confiado a tu cuidado para que los eduques para mí, para que sus labios puedan alabarme, para que sus vidas sean una diadema de belleza en el mundo, y para que vivan para honrarme por toda la eternidad?

En algunos niños los poderes morales predominan fuertemente. Tienen voluntad para controlar sus mentes y acciones. En otros las pasiones animales son casi irresistibles. Para manejar estos diversos temperamentos que frecuentemente aparecen en la misma familia, los padres así como las madres necesitan paciencia y sabiduría del divino Ayudador...

El padre debería reunir frecuentemente a sus hijos a su alrededor, y guiar sus mentes por canales de luz moral y religiosa. Debería estudiar sus diferentes tendencias y susceptibilidades, y alcanzarlos por las avenidas más sencillas. Sobre algunos se puede influir mejor por la veneración y el temor de Dios; sobre otros por medio de la manifestación de su benevolencia y sabia providencia, provocando su profunda gratitud; otros pueden ser más profundamente impresionados abriendo ante ellos las maravillas y los misterios del mundo natural, con toda su delicada armonía y belleza, que habla a sus almas de Aquel que es el Creador de los cielos y la tierra, y todas las cosas hermosas que hay en ellos (Reflejemos a Jesús, pp. 166, 167).

Extendió sus alas

Después que el egoísta hubo recibido el tesoro del cual era tan indigno, se alejó como si hasta quisiera olvidarse de que tenía padre. Despreció la restricción y se decidió plenamente a obtener el placer del modo y la manera que mejor le pareciese. Después de haber gastado en sus complacencias pecaminosas todo lo que su padre le diera, se produjo una hambruna en el país, y se sintió atenaceado por la necesidad. Entonces comenzó a lamentarse por su conducta pecaminosa y sus placeres extravagantes, porque se encontraba desprovisto de todo y necesitaba los medios que había dilapidado. Se vio obligado a descender de su vida de satisfacciones pecaminosas al oficio degradante de porquerizo.

Después de haber caído hasta el fondo, pensó en la amabilidad y bondad paternas. Entonces sintió la necesidad de un padre. Por su propia culpa se encontraba sin amigos y sufriendo privaciones. Su desobediencia y pecado habían dado como consecuencia que se encontrara ahora separado de su progenitor. Pensó en los privilegios y bondades que los jornaleros de éste gozaban libremente, mientras él, que se había alejado de la casa de su padre, perecía de hambre. Humillado por la adversidad, decidió volver a él y confesar humildemente su falta. Era un pordiosero que carecía de ropas confortables o aún decentes. Estaba arruinado por causa de las privaciones y enflaquecido por el hambre (Joyas de los testimonios, tomo 1, pp. 305, 306; Testimonios para la iglesia, tomo 3, pp. 115, 116).

Cuando el hambre lo golpeó en su misma cara, fue a pedir trabajo a un ciudadano del lugar, quien lo envió al trabajo más servil que se podía pedir: alimentar a los cerdos. Para un judío, este era el peor trabajo posible, pero su necesidad era tan grande que estuvo dispuesto a aceptarlo. Se sentía miserable y sufría en el campo mientras hacía su tarea. No había estado dispuesto a someterse a las restricciones del hogar y ahora ocupaba el lugar más degradante entre los siervos. Había dejado el hogar para vivir en libertad, pero ahora su libertad se había transformado en el trabajo más penoso.

¿Dónde quedó su gozo bullicioso? Habiendo silenciado su conciencia y adormecido sus sensibilidades, se había sentido feliz en sus orgías. Ahora, con su dinero malgastado, con su orgullo humillado, con su naturaleza moral anulada y sus más finos sentimientos casi muertos, con su voluntad débil y malograda, se sentía el más miserable de los mortales. Entonces, sufriendo el hambre agudo que no puede satisfacerse, se acuerda que su padre tiene pan en abundancia y decide volver a su padre. Se dice a sí mismo: "Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros" (Signs of the Times, 29 de enero, 1894).

Los males que produce la indulgencia de un apetito depravado se ven por doquier y la tierra se ha corrompido bajo sus habitantes. La maldición del pecado ha tornado mustia la tierra y ha enfermado el ganado. ¿Por qué? ¿Cuál es el problema? El problema es que los seres humanos han dejado de lado la ley divina y la tierra ha sido maldita por sus transgresiones. A pesar de las advertencias enviadas por Dios en su Palabra, el pecado se ha incrementado desde los días de Adán, y la maldición es cada vez más fuerte sobre la familia humana, sobre las bestias y sobre la misma tierra. Todo esto es el resultado de transgredir la ley de Dios. Con todas sus artimañas infernales, Satanás ha buscado llevar a los seres humanos a prácticas que los degradan y los destruyen, y a menos que se arrepientan y se vuelvan al Señor para recibir su gracia sanadora, serán ciertamente destruidos. El alma que no cuenta con la gracia divina no puede resistir al diablo y se transformará en uno de sus agentes. El seguro resultado de tal curso de acción es que los seres humanos llegan a ser esclavos voluntarios de Satanás y trabajan con él para llevar a otros por el camino de la desobediencia (Review and Herald, 8 de mayo, 1894).


Puedes volver a casa

En su juventud inquieta el hijo pródigo juzgaba a su padre austero y severo. ¡Cuán diferente su concepto de él ahora! Del mismo modo, los que siguieron a Satanás creen que Dios es duro y exigente. Creen que los observa para denunciarlos y condenarlos, y que no está dispuesto a recibir al pecador mientras tenga alguna excusa legal para no ayudarle. Consideran su ley como una restricción a la felicidad de los hombres, un yugo abrumador del que se libran con alegría. Pero aquel cuyos ojos han sido abiertos por el amor de Cristo, contemplará a Dios como un ser compasivo. No aparece como un ser tirano e implacable, sino como un padre que anhela abrazar a su hijo arrepentido. El pecador exclamará con el salmista: "Como el padre se compadece de los hijos, se compadece Jehová de los que le temen" (Salmo 103:13).

En la parábola no se vitupera al pródigo ni se le echa en cara su mal proceder. El hijo siente que el pasado es perdonado y olvidado, borrado para siempre. Y así Dios dice al pecador: "Yo deshice como a nube tus rebeliones, y como a niebla tus pecados" (Isaías 44:22). "Perdonaré la maldad de ellos, y no me acordaré más de su pecado" (Jeremías 31:34). "Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos; y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar" (Isaías 55:7). "En aquellos días y en aquel tiempo, dice Jehová, la maldad de Israel será buscada, y no aparecerá, y los pecados de Judá, y no se hallarán" (Jeremías 50:20).

¡Qué seguridad se nos da aquí de la buena voluntad de Dios para recibir al pecador arrepentido! ¿Has escogido tú, lector, tu propio camino? ¿Has vagado lejos de Dios? ¿Has procurado deleitarte con los frutos de la transgresión, para hallar tan solo que se vuelven ceniza en tus labios? Y ahora, desperdiciada tu hacienda, frustrados los planes de tu vida, y muertas tus esperanzas, ¿te sientes solo y abandonado? Hoy aquella voz que hace tiempo ha estado hablando a tu corazón, pero a la cual no querías escuchar, llega a ti distinta y clara: "Levantaos, y andad, que no es ésta la holganza; porque está contaminada, corrompióse, y de grande corrupción" (Miqueas 2:10). Vuelve a la casa de tu Padre. Él te invita, diciendo: "Tórnate a mí, porque yo te redimí" (Isaías 40:22) (Palabras de vida del Gran Maestro, pp. 160, 161).

El padre no había de permitir que ningún ojo despreciativo se burlara de la miseria y los harapos de su hijo. Saca de sus propios hombros el amplio y rico manto y cubre la forma exangüe de su hijo, y el joven solloza arrepentido, diciendo: "Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo". El padre lo retiene junto a sí, y lo lleva a la casa. No se le da oportunidad de pedir el lugar de un siervo. Él es un hijo, que será honrado con lo mejor de que dispone la casa, y a quien los siervos y siervas habrán de respetar y servir (Palabras de vida del Gran Maestro, p. 160).

El mejor vestido

El que quiera llegar a ser hijo de Dios, debe recibir la verdad que enseña que el arrepentimiento y el perdón han de obtenerse nada menos que mediante la expiación de Cristo. Asegurado de esto, el pecador debe realizar un esfuerzo en armonía con la obra hecha para él y con una súplica incansable, debe acudir al trono de gracia para que el poder renovador de Dios llegue hasta su alma. Cristo únicamente perdona al arrepentido, pero primero hace que se arrepienta aquel a quien perdona. La provisión hecha es completa y la justicia eterna de Cristo es acreditada a cada alma creyente. El manto costoso e inmaculado, tejido en el telar del cielo, ha sido provisto para el pecador arrepentido y creyente, y él puede decir: "En gran manera me gozaré en Jehová, mi alma se alegrará en mi Dios; porque me vistió con vestiduras de salvación, me rodeó de manto de justicia" (Isaías 61:10).

Se ha dispuesto gracia abundante para que el alma creyente pueda ser preservada del pecado, pues todo el cielo, con sus recursos ilimitados, ha sido colocado a nuestra disposición. Hemos de extraer del pozo de la salvación. Cristo es el fin de la ley para justicia a todo aquel que cree. Somos pecadores por nosotros mismos, pero somos justos en Cristo. Habiéndonos hecho justos por medio de la justicia imputada de Cristo, Dios nos declara justos y nos trata como a tales. Nos contempla como a sus hijos amados. Cristo obra contra el poder del pecado, y donde abundó el pecado, sobreabunda la gracia. "Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo; por quien también tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios" (Romanos 5:1, 2) (Mensajes selectos, tomo 1, pp. 461, 462).

Esta parábola fue dada por Cristo para representar la manera en que nuestro Padre celestial recibe a los errantes y arrepentidos. El padre es aquel contra el cual se ha pecado; sin embargo, en la compasión de su alma, lleno de piedad y perdón, se encuentra con el pródigo y le revela la gran alegría que significa para él que éste su hijo, a quien creía muerto a todo afecto filial, haya llegado a ser sensible a su gran pecado y negligencia, y haya vuelto a su padre, apreciando su amor y reconociendo sus requerimientos. Sabe que el hijo aquel que se había entregado a una vida de pecado y que ahora está arrepentido, necesita de su piedad y amor. Ha sufrido; ha sentido su necesidad, y viene hacia su padre confiando en que es el único que puede suplir su gran necesidad (Joyas de los testimonios, tomo 1, p. 308).

El manto del padre mismo

El padre encuentra frente a sí a alguien que está a un paso de morir de hambre, con las marcas de una vida disipada sobre él. Pero esto no lo hace dudar: lo cubre con su propio manto. Y el hijo le dice: "Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado tu hijo". Pero el padre lo trae dentro de la casa y le dice a sus siervos: "Sacad el mejor vestido, y vestidle; y poned un anillo en su mano, y calzado en sus pies. Y traed el becerro gordo y matadlo, y comamos y hagamos fiesta" (Lucas 15:21-23).

El hogar luce como cuando él lo dejó, pero ¡cómo ha cambiado él! ¿Cómo puede ser que haya abusado del amor de su padre y haya elegido su propio camino? El padre no encuentra más cosas que ofrecerle para que se sienta bienvenido, y mientras el hijo llora arrepentido, el padre llora de gozo en el cuello de su hijo. No le da ocasión para que diga: "Hazme como a uno de tus jornaleros". La bienvenida que recibe le asegura que ha sido recibido otra vez como un hijo.

¿Acaso no es la recepción del hijo pródigo una representación de la forma en la que el Señor recibe al pecador arrepentido? En la cruz del Calvario la misericordia y la verdad se encontraron; la justicia y la paz se besaron. Cada penitente puede sentirse envuelto en los brazos del Padre celestial. No hay reproches, ni exposición de sus malas acciones, sino la bienvenida de un Dios "misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad; que guarda misericordia a millares, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado" (Signs of the Times, 29 de enero, 1894).

El que duda, no piense que ha de recibir algo del Señor. Cuando una persona comienza a acercarse al Señor, el diablo siempre está listo para mantenerlo en las tinieblas. Al mirar su vida pasada, el enemigo intentará mostrarle sus defectos de una manera tan exagerada que se desanime y comience a dudar de la voluntad y el poder que Jesús tiene para salvarlo, y puede llegar a decir: "No creo que Jesús pueda perdonar mis pecados". Pero si muestra verdadero arrepentimiento hacia Dios y al mismo tiempo muestra una fe firme en que Cristo cubrirá sus pecados y perdonará sus transgresiones, el Señor lo hará. Muchos, en cambio, permiten que sus impulsos y sentimientos los controlen.

Cuando Satanás te diga que tus pecados son de tal naturaleza que no puedes esperar grandes victorias en el Señor, dile que la Biblia nos enseña que los que más aman son los que más han sido perdonados. No trates de disminuir tu culpa excusando tu pecado; no te puedes acercar a Dios con fe a menos que reconozcas tu pecaminosidad. Entonces puedes asirte de sus promesas y reclamar, sin dudar, una parte del infinito sacrificio que ha sido hecho en favor de la raza humana. Afórrate a Jesús, y su gran corazón de amor te sostendrá junto a él (Historical Sketches, p. 135).

Para estudiar y meditar

Palabras de vida del Gran Maestro, pp. 156-166; El Deseado de todas las gentes, pp. 457-459; Joyas de los testimonios, t. 1, pp. 304-309.

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