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Un tizón arrebatado del incendio

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Un tizón arrebatado del incendio

Mensaje por LAURACAROLINA el Miér Oct 26, 2011 7:49 pm

Un tizón arrebatado del incendio


El tercer capítulo de Zacarías contiene verdades que haríamos bien en recordar; contiene lecciones provechosas para todos. Aquí se presenta al pueblo de Dios como si estuviera en una corte judicial. Josué, el sumo sacerdote, está buscando una bendición para su pueblo que está en medio de una gran aflicción. Mientras él ruega ante Dios, Satanás está a su mano derecha para acusarle. El acusador de los hijos de Dios hace aparecer el caso de Israel tan desesperado como sea posible. Presenta ante el Señor sus maldades y defectos, sus faltas y fracasos, deseando que resulten de tal carácter a los ojos de Cristo, que no puedan recibir la ayuda que necesitan. Josué, el representante del pueblo de Dios, está bajo condenación, cubierto de vestiduras viles. Es consciente de las imperfecciones de su pueblo y Satanás presiona sobre su alma para que su culpabilidad lo haga sentir casi sin esperanza. Sin embargo, aunque el adversario está a su lado para acusarle, continúa suplicando...

A pesar de los defectos de su pueblo como resultado de la caída en el pecado, Jesús no abandona a los que están bajo su cuidado. Tiene el poder de cambiar nuestra vestimenta, remover nuestras vestiduras viles y colocar sobre cada pecador arrepentido y creyente su manto de justicia. La palabra "perdonado" es entonces escrita junto a su nombre (Review and Herald, 22 de septiembre, 1896).



Celoso por Jerusalén

Las fervientes súplicas y palabras de aliento dadas por medio de Hageo fueron recalcadas y ampliadas por Zacarías, a quien Dios suscitó al lado de aquél para que también instara a Israel a cumplir la orden de levantarse y edificar. El primer mensaje de Zacarías expresó la seguridad de que nunca deja de cumplirse la palabra de Dios, y prometió bendiciones a aquellos que escuchasen la segura palabra profética.

Aunque sus campos estaban incultos y sus escasas provisiones se agotaban rápidamente, a pesar de que estaban rodeados por pueblos hostiles, los israelitas avanzaron por la fe, en respuesta al llamamiento de los mensajeros de Dios, y trabajaron diligentemente para reedificar el templo en ruinas. Era un trabajo que requería una firme confianza en Dios. Mientras el pueblo procuraba hacer su parte y obtener una renovación de la gracia de Dios en su corazón y en su vida, le fue dado un mensaje tras otro por medio de Hageo y Zacarías, para asegurarle que su fe tendría rica recompensa y que las palabras de Dios acerca de la gloria futura del templo cuyos muros se estaban levantando no dejarían de cumplirse...

No se dejó por tanto a los constructores luchar solos; estaban "con ellos los profetas de Dios que les ayudaban"(Esdras 5:2); y el mismo Jehová de los ejércitos había dicho: "Esfuérzate... y obrad: porque yo soy con vosotros" (Hageo 2:4)...

Durante meses, antes que se promulgase este decreto, los israelitas habían seguido trabajando por la fe, y los profetas de Dios habían seguido ayudándoles por medio de mensajes oportunos que recordaban a los trabajadores el propósito divino en favor de Israel. Dos meses después que fuera entregado el último mensaje que se haya registrado como procedente de Hageo, Zacarías tuvo una serie de visiones relativas a la obra de Dios en la tierra. Esos mensajes, dados en forma de parábolas y símbolos, llegaron en tiempo de gran incertidumbre y ansiedad, y fueron de particular significado para los hombres que avanzaban en nombre del Dios de Israel. Les parecía a los dirigentes que el permiso concedido a los judíos para reedificar estaba por serles retirado, y el futuro se les presentaba muy sombrío. Dios vio que su pueblo necesitaba ser sostenido y alentado por una revelación de su compasión y amor infinitos (Profetas y reyes, pp. 422-425).

El acusador y el acusado

En la profecía de Zacarías se nos da una muy vigorosa e impresionante ilustración de la obra de Satanás y de la de Cristo, y del poder de nuestro Mediador para vencer al acusador de su pueblo. En santa visión, el profeta contempla a Josué, el sumo sacerdote, "vestido de vestimentas viles", de pie "delante del ángel" (Zacarías 3:3), suplicando la misericordia de Dios en favor de su pueblo profundamente afligido. Satanás está a su diestra para resistirle. Por haber sido elegido Israel para conservar el conocimiento de Dios en la tierra, había sido, desde el mismo principio de su existencia como nación, el objeto especial de la enemistad de Satanás, y éste se había propuesto causar su destrucción. No podía hacerles daño mientras los hijos de Israel fueran obedientes a Dios; por lo tanto había dedicado todo su poder y astucia a inducirles a pecar. Seducidos por sus tentaciones, habían transgredido la ley de Dios y, habiéndose separado así de la Fuente de su fuerza, se les había dejado caer presa de sus enemigos paganos. Fueron llevados en cautiverio a Babilonia, y permanecieron allí muchos años. Sin embargo, el Señor no los abandonó. Les envió sus profetas con reproches y amonestaciones. El pueblo despertó, vio su culpabilidad, se humilló delante de Dios, y volvió a él con verdadero arrepentimiento. Entonces el Señor le envió mensajes de aliento, declarando que le libraría del cautiverio y le devolvería su favor. Esto era lo que Satanás quería resueltamente impedir. Un remanente de Israel había vuelto ya a su patria, y Satanás estaba tratando de inducir a las naciones paganas, que eran sus agentes, a destruirlo completamente.

Mientras Josué suplica humildemente que Dios cumpla sus promesas, Satanás se levanta osadamente para resistirle. Señala las transgresiones de los hijos de Israel como razón por la cual no se les podía devolver el favor de Dios. Los pide como su presa y exige que le sean entregados para ser destruidos.

El sumo sacerdote no puede defenderse a sí mismo ni a su pueblo de las acusaciones de Satanás. No sostiene que Israel esté libre de culpas. En sus andrajos sucios, que simbolizan los pecados del pueblo que él lleva como su representante, está delante del ángel, confesando su culpa, señalando, sin embargo, su arrepentimiento y humillación, fiando en la misericordia de un Redentor que perdona el pecado; y con fe se aferra a las promesas de Dios {Joyas de los testimonios, t. 2, pp. 170. 171).
Josué representa a aquellos que buscan al Señor y guardan sus mandamientos. Desde la caída, Satanás ha buscado traer reproche sobre la causa de Dios; la Palabra de Dios lo presenta como el acusador de los hermanos. Al acercarse el fin, trabajará con mayor determinación para lograr que el pueblo de Dios caiga bajo condenación. Se lo representa mostrando los errores y faltas que él ha llevado al pueblo de Dios a cometer, como razón para que el Señor no los bendiga ni los guarde. Declara que es su derecho hacer con ellos lo que a él le plazca. Es imposible descubrir sus planes a menos que tengamos al Espíritu de Dios morando en nuestro corazón. Si no fuera por el cuidado de los ángeles celestiales, seríamos destruidos por la crueldad satánica. Y aquellos que buscan al Señor y se preparan para la venida de Cristo son el blanco especial de su enemistad, buscando constantemente presentarlos con defectos delante de Dios, para intentar destruir la obra de Cristo en favor de su pueblo. Josué está delante del ángel de Jehová y Satanás se pone a su mano derecha para acusarle. Pero el Señor lo reprende, diciéndole: "Jehová que ha escogido a Jerusalén te reprenda. ¿No es éste un tizón arrebatado del incendio?" (Signs of the Times, 2 de junio, 1890).

El Ángel de Jehová

[Se cita Zacarías 3:1-3] Aquí encontramos una representación del pueblo de Dios de nuestros días. Así como Josué estaba delante del Ángel del Señor vestido de vestimentas viles, así también estamos nosotros delante de Cristo vestidos de injusticia. Pero Cristo, el Ángel frente a quien Josué estaba, está ahora intercediendo por nosotros así como entonces estaba intercediendo por Josué y su pueblo. Y Satanás, ahora como entonces, está dedicado a resistir sus esfuerzos.

Desde la caída, ha sido la obra de Satanás oponerse a los esfuerzos de Cristo por redimir a la raza caída. En la Biblia se lo llama el acusador de los hermanos, y se dice que los acusa delante de Dios día y noche. Se regocija en hacerlos caer en tentación porque sabe muy bien que la resistencia de ellos se debilita y puede más fácilmente llevarlos a cometer otros pecados. Y cuando ellos han tomado paso tras paso en la dirección equivocada, entonces los acusa de los mismos pecados que él los ha incitado a cometer. Cuando se desaniman y pierden su confianza en ellos mismos y en el Señor, y se separan de él y deshonran su nombre quebrantando su ley, entonces los reclama como sus cautivos y considera que Cristo no tiene derecho de quitárselos. Como lo hizo con Josué y sus vestimentas viles, declara: "Profesan ser tus hijos, pero no te obedecen. Mira el registro de sus pecados. Ellos son mi propiedad".

Este ha sido el argumento que el enemigo ha empleado con relación a los hijos de Dios en todas las épocas. Presenta su pecaminosidad como razón para que Cristo no pueda restringirle a él la posibilidad de usar todo su poder y crueldad sobre ellos. Pero el Salvador le responde: "Jehová te reprenda, oh Satanás... ¿No es éste un tizón arrebatado del incendio?" "¿Acaso no he puesto mi propia mano en el fuego para sacarlo?"

Mientras los hijos de Dios mantengan su fidelidad a él; mientras se aferren a Jesús con una fe viviente, estarán bajo la protección de los ángeles celestiales y no se le permitirá a Satanás ejercer sus artimañas infernales para destruirlos. En cambio aquellos que se separan de Cristo y continúan pecando, están en gran peligro, porque no saben cuándo él puede permitir que Satanás haga con ellos como le plazca. Por eso hay una gran necesidad de mantener el alma libre de pecado y la vista fija en la gloria de Dios; una gran necesidad de pensar con sobriedad y velar en oración constantemente (Historical Sketches, p. 154).

...Jesús es nuestro gran Sumo Pontífice en los cielos. ¿Y qué está haciendo él? Está efectuando una obra de intercesión y expiación en favor de su pueblo que cree en él. Por medio de su justicia imputada, los miembros de su pueblo son aceptados por Dios como personas que manifiestan al mundo que reconocen la lealtad al Señor, guardando todos sus mandamientos (Testimonios para los ministros, p. 34).

Cambio de vestimenta

Josué representa al pueblo de Dios. Cuando Satanás lo acusó, el Señor lo reprendió y mandó a los que estaban delante de él, diciendo: "Quitadle esas vestiduras viles. Y a él le dijo: Mira que he quitado de ti tu pecado, y te he hecho vestir de ropas de gala. Después dijo: Pongan mitra limpia sobre su cabeza. Y pusieron una mitra limpia sobre su cabeza, y le vistieron las ropas. Y el ángel de Jehová estaba en pie" (Zacarías 3:4, 5). Satanás intenta traer reproche sobre los que están tratando de servir y honrar a Dios. Los cuestiona por el hecho de que están vestidos con vestimentas viles. Pero Dios le dice: "No tienes derecho a hacerlo, porque yo he mandado que le quiten esas vestimentas. Mi pueblo puede tener imperfecciones de carácter; pueden fracasar en sus esfuerzos, pero si se arrepienten, yo los perdonaré" (General Conference Bulletin, 23 de abril, 1901).

Josué, que estaba delante del ángel de Jehová cubierto de vestiduras viles, representa a aquellos cuya vida religiosa ha sido defectuosa, que han sido vencidos por las tentaciones de Satanás, y son indignos del favor de Dios. Los seres humanos comparecen actualmente delante de Dios cubiertos con vestiduras viles. Toda su justicia es "como trapo de inmundicia" (Isaías 64:6). Satanás emplea contra ellos su magistral poder acusador, para mostrar sus imperfecciones como evidencia de su debilidad. Señala sarcásticamente los errores de los que pretenden servir a Dios. Han sido engañados por él, y ahora pide permiso para destruirlos.

Pero ellos confían en Cristo y el Señor no los abandonará. Vino a este mundo para expiar sus pecados y para imputarles su justicia. Afirma que por la fe en su nombre pueden recibir perdón y un carácter perfecto, semejante al de él. Le han confesado sus pecados y le han pedido perdón, y Cristo afirma que por haberlo mirado y haber creído en él, les dará la facultad de ser hechos hijos de Dios. Sus caracteres son defectuosos, pero puesto que no confían en sus propios méritos ni excusan sus pecados, porque han pedido perdón por medio de los méritos de Cristo, el Señor los recibe y reprende a Satanás. Porque se han humillado y confesado sus pecados, no quiere escuchar las acusaciones del enemigo. Ha perdonado ampliamente a los arrepentidos, y llevará adelante en ellos su obra de amor redentor, si siguen creyendo y confiando en él. Completará su obra redentora al derrotar al enemigo y glorificará su nombre mediante la salvación de ellos (Cada día con Dios, p. 226).

Satanás está siempre listo para resistir la obra que Cristo desea hacer en los seres humanos. Pero Jesús pregunta: "¿No es éste un tizón arrebatado del incendio? ¿Acaso no he elegido este pueblo para mí?" Aunque ellos tengan transgresiones, él ordena: "Quitadle esas vestiduras viles". Esta orden se dará para cada alma que verdaderamente se arrepienta de su pecado y crea en él. La justicia de Cristo y el poder divino le serán impartidos y será vestida con ropas de gala. Le dice: "En la palma de las manos te tengo esculpida". A todos nosotros nos conoce por nombre; conoce nuestros pesares y nuestras pruebas; llora con nosotros y sabe cómo socorrernos cuando estamos desconsolados. Satanás te dirá que no puedes esperar que Dios te muestre su misericordia porque eres demasiado pecador para que él te salve. Pero debieras decirle que Jesús no vino "a llamar a justos, sino pecadores, al arrepentimiento" (Signs of the Times, 16 de septiembre, 1889).

Una intercesión eficaz

Cuando confesáis vuestros pecados, cuando os arrepentís de vuestras iniquidades, Cristo toma vuestra culpabilidad sobre sí mismo y os imputa su propia justicia y poder. Para los contritos de espíritu, da el áureo aceite del amor y los ricos tesoros de su gracia. Entonces es cuando podéis ver que el sacrificio del yo ante Dios, mediante los méritos de Cristo, os hace de infinito valor, pues revestidos con el manto de la justicia de Cristo, os convertís en hijos e hijas de Dios. Los que se acercan al Padre, reconociendo el arco iris de la promesa, y piden perdón en el nombre de Jesús, recibirán lo que piden. Con la primera expresión de arrepentimiento, Cristo presenta la petición del humilde suplicante delante del trono como si fuera su propio deseo en favor del pecador. Dice: "Yo rogaré al Padre por vosotros" (Juan 16:26) (A fin de conocerle, p. 79).

Cristo es la luz verdadera. ¿Brillará su luz en las tinieblas y éstas no se disiparán? Dios no lo permita. La Palabra de Dios es el medio de curación para las enfermedades del cuerpo y del alma. Es vida para los que están muertos en delitos y pecados. El que no conoció pecado fue hecho pecado por nosotros, para que nosotros lleguemos a ser justicia de Dios en él. Ahora vive para ser nuestro abogado. El cargó con todas nuestras iniquidades y murió sin haber hecho nada digno de muerte, para que nosotros que no hemos hecho nada para que seamos dignos de la salvación, se nos reciba con las palabras: "Bien buen siervo y fiel... entra en el gozo de tu Señor". No hemos hecho nada para merecer la vida mientras Jesús no hizo nada para merecer la muerte. El pecador no tiene ningún mérito, pero vestido con el perfecto manto de la justicia de Cristo, es aceptado por Dios. El camino de la vida ha sido abierto; la vida y la inmortalidad han sido compradas por Cristo, y los pecadores pueden encontrar perdón y paz al guardar los mandamientos de Dios (The Bible Echo, 21 de mayo, 1900).

El divino Autor de la salvación no dejó nada incompleto en el plan; cada una de sus fases es perfecta. El pecado de todo el mundo fue colocado sobre Jesús y la Divinidad prodigó en Jesús su más alto valor a la humanidad doliente, para que todo el mundo pudiera ser perdonado por fe en el Sustituto. El más culpable no necesita tener temor de que Dios no lo perdone, porque será remitido el castigo de la ley debido a la eficacia del sacrificio divino. Mediante Cristo, puede volver a su obediencia a Dios.

¡Cuán maravilloso es el plan de la redención en su sencillez y plenitud! No solo proporciona el perdón pleno al pecador, sino también la restauración del transgresor, preparando un camino por el cual puede ser aceptado como hijo de Dios. Por medio de la obediencia puede poseer amor, paz y gozo. Su fe puede unirlo en su debilidad con Cristo, la Fuente de fortaleza divina; y mediante los méritos de Cristo puede hallar la aprobación de Dios porque Cristo ha satisfecho las demandas de la ley, e imputa su justicia al alma penitente que cree (A fin de conocerle, p. 98).


Para estudiar y meditar

Profetas y reyes, pp. 427-435; Palabras de vida del Gran Maestro, pp. 133, 134; Joyas de los testimonios, t. 2, pp. 170-179.

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