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Vestidos para recibir al Rey

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Vestidos para recibir al Rey

Mensaje por LAURACAROLINA el Miér Oct 26, 2011 7:25 pm

Vestidos para recibir al Rey


Un sábado, mientras me encontraba disfrutando de una excelente comida en casa de unos amigos, escuché el siguiente relato: Antes de que Bill le pidiera a Laura que se casara con él, le pre­guntó si ella estaba interesada en un anillo de matrimonio. Ella le con­testó que prefería que utilizaran ese dinero en algo útil, como dedicarlo a la construcción de una iglesia en Honduras.
¡Qué gran idea! Y eso fue lo que hicieron. En agosto de 1999 cons­truyeron una iglesia en La Lima, Honduras. Les costó casi lo mismo que lo que habrían empleado en comprar un anillo de platino, algo que muchos de sus amigos habían hecho. Al final de los diez días dedicados al proyecto de construcción, la iglesia celebró un bautismo, un servicio de comunión y un matrimonio. El matrimonio fue el de Bill y Laura. Todo el pueblo acudió a la celebración.
¡Qué maravilloso relato! A continuación presento otro un poco más sobrio.
Una joven recién bautizada se tropieza con una dama adventista «moderna» a quien no le preocupa mucho el asunto de las prendas. Cuando esta recién convertida le hizo algunas preguntas al respec­to, ella le contestó diciendo: «Mi salvación no depende de las prendas que me pongo». Como resultado, la nueva creyente comenzó a utilizar prendas.
Siempre escucho el mismo comentario con diferentes variantes, y me parece una de las mayores puerilidades que un cristiano puede ex­presar. Mi salvación tampoco depende de lo que yo ingiero, pero eso no es un motivo para no llevar una vida saludable. Quién pregunte si determinada cosa es esencial para su salvación solo está demostrando ser un cristiano inmaduro. Pensemos en un padre que le dice a su hija: «Por favor, trata de no dañar el cuero de tus zapatos», a lo que la hija responde: «¿Me echarás de la casa si lo hago?».
Me pregunto cómo debe sentirse Dios cuando sus hijos preguntan hasta qué punto pueden violar sus normas sin perder la salvación.
Un verdadero cristiano estará en todo momento tratando de agra­dar al Señor (Efesios 5:10) en vez de estar preguntando si esto o aquello es necesario para «su salvación». ¿Desde cuándo es mi salvación lo más importante? ¿Es en realidad algo que gira en torno a mí? ¿Dónde que­da lo que Dios piensa? ¿Qué es lo que contribuirá más al avance de su obra? ¿Qué le agradará más?
Mi matrimonio no depende de que yo le compre rosas a mi esposa, o que a diario le ofrezca la opción de escoger entre varios restaurantes. Sin embargo, he descubierto que cuando le obsequio algo a ella no es­toy realmente desprendiéndome de algo, ya que en su lugar recibiré mucho más.
Bien, eso le agrada a Dios a la potencia de un googol.
Un googol es un 1 seguido de 100 ceros. Este fue un concepto idea­do en 1938 por un matemático, mucho antes de que existiera el famoso programa de búsquedas de Internet. Es obvio que dicho portal fue bau­tizado con el nombre de Google por alguien que sabía más de mate­máticas que de gramática. Solo como un dato curioso: el número más grande que existe es el googolplex, que consiste en un 1 seguido por un googol de ceros. Según los matemáticos, este número es tan grande, que no hay espacio en todo el universo conocido para escribirlo (aun­que yo no estoy de acuerdo con esta aseveración).
Algo que se me ocurre cada vez que me encuentro con una norma para la cual no hay una explicación es que quizá Dios sabe algo que nosotros no conocemos. Dios podría tener un millón de motivos para sugerir que las joyas no son de su agrado.
Hay una que se me ocurre. Quizá suene algo descabellado, pero me baso en Ezequiel 28:13, 14: «En Edén, en el huerto de Dios, estuviste. De toda piedra preciosa era tu vestidura: de cornerina, topacio, jaspe, crisólito, berilo y ónice; de zafiro, carbunclo, esmeralda y oro. Los primores de tus tamboriles y flautas fueron preparados para ti en el día de tu creación. Tú, querubín grande, protector, yo te puse en el santo monte de Dios. Allí estuviste, y en medio de las piedras de fuego te pa­seabas». El asunto es que Lucifer estaba todo adornado con joyas. En su estado original, antes de que cayera, era un ser con privilegios.
Por otra parte, las joyas eran también insignias del rango del su­mo sacerdote. Podemos leer en Éxodo 28 la descripción realizada de su adornado pectoral. No hay nada que sea de por sí malo o pecami­noso en las joyas. Las joyas son muestras divinas de honor, rango y posición. Quizá allí radica el problema. Me pregunto si los habitan­tes del cielo no reaccionan igual que el Señor respecto al uso de joyas por parte de los hijos de Dios. La misma actitud tendría el ejército de cualquier nación si uno de sus soldados rasos comenzara a utilizar las estrellas de un general.
Quizá otro principio está relacionado con la imagen de Dios. ¿Qué se diría de alguien que se atreviera a dañar uno de los hermosos cua­dros de Leonardo Da Vinci? El cuerpo humano es la gran obra de ar­te de Dios. Algunas cosas o prácticas constituyen una mutilación de la imagen de Dios, como los tatuajes, prohibidos expresamente en Levítico 19:28.
¿Qué razón válida habría para que una mujer quiera parecer como que alguien le ha dado un golpe en un ojo? Por otro lado, las prácticas cosméticas que tienden a restaurar la imagen de Dios, como las pelucas para los calvos o el maquillaje para esconder las imperfecciones faciales, no constituyen una violación de los principios bíblicos.
Algunas vestimentas se identifican con determinados estilos de vi­da. La iglesia primitiva era, entre otras cosas, un movimiento que se oponía a los lujos. Ciertamente, el principio relacionado se aplicaría a los abrigos de pieles costosas, a los autos de lujo, a adornos caseros sun­tuosos, etc. No obstante, el símbolo explícitamente mencionado en la Palabra de Dios es la ausencia de adornos personales. Evitar los ador­nos, la ostentación, el blimbineo.
Muchas organizaciones utilizan insignias o vestimentas distinti­vas, prendas o artículos que son llevados con orgullo. Algunas uti­lizan un gorro o sombrero rojo. Los judíos practicantes llevan una especie de gorro o sombrero. Las novias llevan un velo el día de su boda. Los soldados llevan con orgullo sus uniformes. Pensemos en alguien que se ha unido a la Orden Árabe de los Nobles del Relicario Místico y que dijera: «Admiro y respeto los ideales de este grupo, y deseo ser parte del mismo; pero no me convence la idea de usar ese ridículo gorro rojo».
La prohibición de usar joyas es muy antigua. Los peregrinos que fundaron Estados Unidos no las usaban. Muchas iglesias no las aproba­ban. Los adventistas se han abstenido tradicionalmente de usar aretes, collares o anillos, con excepción de los anillos de matrimonio en al­gunos lugares. En la actualidad, algunos parecen avergonzarse de esta tradición. Pero el tema conserva su vigencia, ya que varios textos del Nuevo Testamento no parecen ir muy de acuerdo con las modas.
Comencemos con el Antiguo Testamento. Despojarse de joyas y ador­nos se asocia a un reavivamiento y reforma (Génesis 35:1-5; Éxodo 33:5, 6).
Pintarse el rostro tampoco es aprobado. La práctica de pintarse los párpados de un llamativo color azul era una antigua costumbre amplia­mente utilizada en Egipto para el tiempo en que los israelitas eran es­clavos en aquel lugar. Se menciona tres veces en el Antiguo Testamento y en cada caso se asocia a la prostitución (2 Reyes 9:30; Jeremías 4:30; Ezequiel 23:40). Estos pasajes y otros más (Isaías 3:16-24; Oseas 2:13; Apocalipsis 17:4; 18:16) vinculan las joyas con un tipo especial de mujer.
Este es un asunto que trasciende la cultura, pues esta clase de ves­timenta tiene la misma connotación hasta nuestros días. La próxima vez que usted vea una película donde se presente a una prostituta, observe la forma en que la actriz se viste. La gente que está vacía en su interior necesita adornos externos adicionales, y esto es algo que se repite a través de las edades.
Hay algunos pasajes del Antiguo Testamento que mencionan las joyas en un tono neutral. Pero la posición del Nuevo Testamento res­pecto a la vestimenta, al igual que con relación al divorcio, es aun más conservadora que la manifestada en el Antiguo Testamento. La novia de Cristo se viste de lino fino, limpio y brillante (Apocalipsis 19:8). Esa era la vestimenta utilizada por la comunidad ascética de Qumran, los autores de los manuscritos del Mar Muerto; mientras que la ramera de Babilonia está ataviada de ricas ropas que brillan llenas de oro, piedras preciosas y perlas (Apocalipsis 17:4; 18:16; Lucas 16:19). Dos de los pasajes más importantes respecto al tema, los encontramos a los escritos de Pedro y de Pablo, quienes sufrieron el martirio aproximadamente en la misma fecha a manos de Roma. «Asimismo, que las mujeres se atavíen de ropa decorosa, con pudor y modestia; no con peinado ostentoso, ni oro ni perlas ni vestidos costosos, sino con buenas obras, como corresponde a mujeres que practican la piedad» (1 Timoteo 2:9, 10).
«Vuestro atavío no sea el externo de peinados ostentosos, de ador­nos de oro o de vestidos lujosos, sino el interno, el del corazón, en el incorruptible adorno de un espíritu afable y apacible, que es de grande estima delante de Dios» (1 Pedro 3:3, 4).
Esta expresión «no X, sino Y», la encontramos docenas de veces en el Nuevo Testamento. La X es algo que debe ser rechazado, mientras que la Y es aceptable. En otras palabras, «no X, sino Y» no significa «no únicamente X, sino también Y», pues cuando Pablo deseaba hacer esa salvedad incluía los términos «únicamente» y «también» en el tex­to griego. Algunos ejemplos de «no X, sino Y», son: «Pues el reino de Dios no consiste en palabras, sino en poder» (1 Corintios 4:20). «Pues Dios no es Dios de confusión, sino de paz» (1 Corintios 14:33). «Las ancianas asimismo sean reverentes en su porte. Que no sean calumniadoras ni esclavas del vino, sino maestras del bien» (Tito 2:3). «Que no roben, sino que se muestren fieles en todo, para que en todo adornen la doc­trina de Dios, nuestro Salvador» (Tito 2:10). «Nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia» (Tito 3:5). «Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio» (2 Timoteo 1:7). Las declaraciones de Pablo y Pedro respecto a las joyas son ejemplos de prácticas alter­nativas excluyentes. Los peinados elaborados, que en el caso de los romanos implicaba pasar la mayor parte del día en una peluquería; las ropas lujosas y los adornos de oro, no son prácticas o elementos apropiados para los cristianos.
Pedro y Pablo se mantienen de esta forma en el ámbito de una co­rriente judía conservadora. Otros escritores judíos, así como griegos y romanos, hacen señalamientos parecidos. Por ejemplo, Filón fue un fi­lósofo judío que vivió en Alejandría en los tiempos de Jesús. En uno de sus libros, Sobre el nacimiento de Abel (5.21), menciona a una mujer que llega «lujosamente ataviada como una ramera y prostituta, con sensua­les movimientos [...], su cabello arreglado con extremo cuidado, sus ojos pintados [...], adornada con pulseras, brazaletes y collares, así como con otros adornos de oro, piedras preciosas y todo tipo de adornos femeninos [,..], desprovista de una belleza real, en busca de una elegancia espúrea».
Otra obra que los apóstoles pueden haber leído es el Testamento de los doce patriarcas. Un pasaje de este documento dice: «Mis hijos, huyan de la promiscuidad sexual y exíjanle a sus esposas e hijas que no engalanen sus cabezas y sus cuerpos con el fin de confundir el entendimiento de los hombres. Porque toda mujer que actúe de esa forma está encaminada al castigo eterno».
Esa era la actitud prevaleciente antes de que se redactara el Nuevo Testamento. ¿Qué se decía después de ser escrito? ¿Cómo interpreta­ba la iglesia primitiva los textos respecto al uso de joyas? Clemente se desempeñaba como pastor principal de la iglesia en Alejandría alre­dedor del año 200 d.C. Se considera que él escribió la letra del himno más antiguo del cristianismo. También fue el autor de la historia del apóstol Juan y el joven que se convirtió en bandido relatada en un capítulo anterior. Clemente escribió numerosas obras, entre ellas un manual para los candidatos al bautismo. En este último explica por qué las damas cristianas no deben llevar vestidos costosos, peinados extravagantes o «embadurnarse las caras». Respecto a los aretes o zarcillos, dijo: «La Palabra nos prohíbe ejercer violencia en contra de la naturaleza al horadar los lóbulos de nuestras orejas». ¿No inclui­remos también la nariz? El aprobaba el uso de un anillo, no como un adorno, sino para ser usado como un sello.
En otras palabras, cien años después de haber sido cerrado el ca­non del Nuevo Testamento, Clemente entendía los textos relacionados a las joyas en la misma forma que lo hacen los adventistas: únicamen­te una modesta prenda de uso práctico es permitida.
El tratado de Tertuliano El adorno de las mujeres, es un incisivo ataque a las modas romanas de su tiempo. Tertuliano exhortó a las mujeres cristianas a rechazar toda forma exagerada de vestimentas, joyas, peinados y cosméticos.
Un compendio de leyes eclesiásticas redactado a finales del siglo IV, La constitución apostólica, prohíbe el uso de anillos: «No coloquen un anillo de oro en sus dedos, porque todos esos adornos son una muestra de lascivia».
La tradición adventista respecto al uso de joyas concuerda con las enseñanzas pre-cristianas, cristianas y postapostólicas.
Abstenerse del uso de joyas es sin duda uno de los temas de menor importancia entre los mencionados en la Biblia, sin embargo, Jesús dijo algo relevante en Lucas 11:42: «¡Ay de vosotros fariseos!, que diezmáis la menta, la ruda y toda hortaliza, y pasáis por alto la justi­cia y el amor de Dios. Esto os era necesario hacer, sin dejar de hacer aquello». En otras palabras, hay asuntos de mayor importancia y de menor importancia (como las joyas). Pero todo tiene su lugar.
Algunas veces las cosas pequeñas son importantes porque revelan el objeto de nuestra lealtad. Quienes piensan que no vale la pena dis­cutir el tema del adorno personal, probablemente piensan en la estre­chez de mente de algunos creyentes entusiastas que preferirían poner en riesgo sus vidas en vez de postrarse a amarrarse el cordón de sus zapatos convenientemente ante la estatua de oro de Nabucodonosor, o colocar un grano de incienso en el altar del César. En una época en la que millones mueren de hambre, ¿cómo podrían algunas trivialidades rituales ser consideradas como una elevadísima prueba de fe?
Sin embargo, en su momento lo fueron. Grandes pruebas de fe a menudo se resumen o ciñen a temas rituales, como por ejemplo: cuál es el verdadero día de reposo. De la misma forma que una bandera es algo más que un pedazo de tela con colores, y que el incienso es más que una sustancia química, igualmente hay todo un simbolismo en el uso de las joyas que trasciende el asunto de su valor material.
El canto del alma que se entrega a Cristo es: «Yo me rindo a ti. Todo rindo a ti». Al llegar a ese punto, el sacrificio se convierte en un gozo. Pero el cambio debe surgir del interior, antes de ser algo meramente externo. Hacer un esfuerzo para despojarnos de las joyas que aún amamos, únicamente nos hará sentir mal. Solo cuando el corazón hace una entrega total y estamos dispuesto a permitir que Dios arroje nuestra gloria al polvo, brillará nuestro gozo y las joyas caerán por sí solas.
Pablo afirma en Filipenses 2:5-7: «Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús: El, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomó la forma de siervo y se hizo semejante a los hombres». Jesús pudo despojarse de su corona y de su rique­za para vivir como un pobre carpintero, y luego morir como un cri­minal. El propósito era que nosotros pudiéramos tener sus riquezas. Reconociendo lo anterior, no habrá nada que nosotros no podamos dejar por él.
Debemos estar en todo momento «comprobando lo que es agradable al Señor». (Efesios 5:10). Cuando abandonamos algo por seguir a Dios, no estamos perdiendo, sino transitando en la senda correcta.
Leí una vez un viejo libro que relataba las vidas de hombres y mu­jeres que fueron una bendición para miles de personas. Me asombró el hecho de que muchos de ellos atravesaron por períodos oscuros en sus vidas en los que se sintieron alejados del Señor durante semanas, meses y aun años.
Uno de esos destacados personajes fue Francés Ridley Havergal (1836-1879). Ella era la hija menor de un pastor anglicano. Comenzó a escribir poesías cuando tenía siete años. Aprendió varios idiomas, era una destacada pianista y cantaba maravillosamente. Cuando tenía ca­torce años, se entregó al Señor. A los 22, había memorizado todos los Evangelios, las Epístolas, el Apocalipsis, los Salmos y el libro de Isaías.
Havergal fue conocida como una destacada escritora religiosa y poetisa. Ella buscó al Señor con todo su corazón. Su mente rebosaba de textos bíblicos y sus himnos reflejaban ese hecho. «Escribir es para mí lo mismo que orar».
Sin embargo, atravesó por un período de quince años en el que sin­tió poca paz espiritual. Vivía en un gran desconsuelo y se preguntaba cómo los demás podían disfrutar de las bendiciones que ella no tenía. Finalmente, superó aquella condición después de leer un libro inspi­rador que un amigo le envió. El sol brilló de nuevo en su vida. Poco después, escribió un himno. Ella se inspiró en una visita que hizo a una casa donde había varias personas que no se habían entregado a Cristo.
Ella había orado a favor de los inconversos que estaban en aquella casa y la noche antes de su partida vio con gozo como las dos últi­mas personas de aquel grupo se entregaban al Señor. Las palabras del poema fueron surgiendo aquella misma noche.
El himno que apareció en forma impresa cuatro años después, ha­blaba de entregarle todo al Señor incluyendo nuestro oro y nuestra plata.
Francis tenía una hermosa colección de joyas. Las palabras del him­no que había compuesto la llevaron a tomar todas sus prendas y colo­carlas a disposición de una sociedad misionera. Al venderlas, podrían utilizar los fondos para la obra en el extranjero.
Más tarde dijo: «¡Jamás me había producido tanto gozo preparar una caja!».

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