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La Naturaleza del Hombre.-

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La Naturaleza del Hombre.-

Mensaje por LAURACAROLINA el Dom Oct 16, 2011 2:11 am

La Naturaleza del Hombre.-

Tan tarde como a principios del siglo veinte, predecían confiadamente muchos filósofos y educadores que la educación universal podía solucionar los mayores problemas sociales del mundo, tales como la pobreza, el crimen y la locura. Se había observado que estos males sociales parecían encontrar mucha más expresión entre las clases pobremente educadas que entre la clase media y alta. Quizás nada hizo más para estimular la búsqueda de una educación universal que la esperanza que estos males fueran eliminados mientras el hombre continuaba su ascenso “evolucionario”. Pero una sobria evaluación del mundo durante la última parte del siglo veinte indica que en el mundo occidental, donde ahora hay vir-tualmente una educación universal, ha habido un aumento de cada uno de estos problemas sociales.
La solución de la educación universal en realidad tiene su origen en la filosofía griega. Sócrates esta-bleció sus técnicas de interrogación sobre la creencia fundamental de que a través de la educación el hombre podía lograr aquello que es bueno. Esta suposición estaba basada sobre la premisa de un alma inmortal que existía antes que el cuerpo, un alma que es buena. De manera que el hombre solo podía corromperse mediante un ambiente desfavorable. Él veía un hombre tan fundamentalmente bueno, y por lo tanto, todo cuanto se necesitaba era proteger a la buena persona interna de los males de la sociedad, para que él pueda percatarse de esa nobleza.
Sócrates interrogó a la juventud Griega sobre la suposición que “saber es hacer”. Él creía que si la ju-ventud descubría mediante su interrogatorio lo que era bueno en realidad y lo que era verdad, ellos au-tomáticamente vivirían la “buena vida”.
Inconscientemente, no pocos cristianos han aceptado esta filosofía pagana. Algunos han sentido que sus hijos harían mejores decisiones si ellos mismos no ejercieran una influencia a una edad tan temprana sobre sus decisiones. Creyendo eso, dándoles “libertad de expresión”, los niños usualmente tomarían decisiones correctas debido a su bien interno, estos padres han adoptado ese curso. En nuestra expe-riencia, los resultados han sido desastrosos. Este resultado no es sorprendente, ya que indudablemente Satanás no espera a que los niños crezcan para presentar sus arteras tentaciones en la vida de éstos. Los hábitos que median contra la toma de decisiones para comprometerse con Cristo son fácilmente esta-blecidos en estos años de formación crítica.
Platón el discípulo de Sócrates básicamente sostuvo este punto de vista, y mucha de su energía filosófi-ca estuvo orientada hacia el establecimiento de la sociedad perfecta donde podía desarrollarse el “buen hombre” universal.
Con el redescubrimiento de la cultura helenística en el periodo del renacimiento, se produjo el resurgi-miento de este concepto del hombre, y aun entre algunos teólogos cristianos había la tendencia a aceptar esta filosofía. Quizás el proponente más sobresaliente de esta teoría durante el siglo dieciocho fue Jean Jacques Rousseau. El concepto de la bondad del hombre está muy puesto en evidencia en su obra clásica, Emile. El libro es la historia de un niño criado en un buen ambiente, para preservar su bondad innata. Si bien uno no puede discutir con Rousseau sobre el deseo por un buen ambiente, sin embargo, uno no puede ser un estudioso de las Escrituras sin cuestionar enérgicamente el concepto de que el hombre es innatamente bueno.
El siglo veinte ha visto un giro de los acercamientos nativistas de Sócrates, Platón y Rousseau al empi-ricista, o punto de vista tabla rasa (el hombre es totalmente el producto de sus influencias ambientales). Si bien este concepto no es nuevo para el siglo veinte, habiendo sido pregonado en los siglos diecisiete y dieciocho por los empiricistas británicos tales como John Locke, el obispo George Berkeley, David Hume y David Hartley, sin embargo, se ha escapado de sus orígenes filosóficos para introducirse en las viabilidades de técnicas psicológicas y prácticas del siglo veinte. El movimiento empiricista ha recibido gran impulso de la teoría evolucionista, con su énfasis sobre la habilidad a adaptarse al ambiente y su fracaso en reconocer a Dios como la Primera Causa.
Estrechamente asociado con el impacto evolucionista, ha sido el impacto científico. Cuando hacia fina-les del siglo diecinueve la ciencia estaba adquiriendo una respetabilidad predominante en los círculos académicos, las viejas bases filosóficas para la mayoría de las disciplinas fueron ansiosamente des-echadas para permitir la adopción de los acercamientos científicos más prestigiosos. De manera que cuando Wilhelm Wundt estableció lo que fue quizás el primer laboratorio psicológico en Leipzig en 1879, el fundamento de la psicología científica moderna había sido colocado. Para este entonces los principios determinísticos de la ciencia natural habían sido firmemente establecidos y estos por su-puesto eran compatibles con el punto de vista empírico del hombre—que el hombre es simplemente el peón de su ambiente; no nace con predisposición moral alguna. Por lo tanto, el hombre resultante es la suma total de las influencias ambientales que él ha experimentado desde la concepción.
En la psicología moderna, los dos puntos de vista—la del hombre como innatamente bueno, una filo-sofía nativista; y la del hombre nacido sin predisposición moral, una filosofía empírica—apunta a la vasta mayoría de teorías psicológicas y técnicas de consejería. Quizás estos están mejor ejemplificados en la obra de Carl Rogers y B. F. Skinner, respectivamente. Ese residente dentro del hombre es un co-nocimiento de cómo manejar sus propios problemas, está implícito dentro de la terapia no-directiva de Rogers. No se puede negar que hay veces cuando, mediante un cuidadoso interrogatorio como en el ca-so de Sócrates de la antigüedad, o de Rogers de los tiempos modernos, los hombres y mujeres pueden ser llevados a expresar y actuar en base a soluciones que no habían reconocido previamente. Sin em-bargo, asumir que inherente dentro del hombre están todas las mejores respuestas a todos los problemas, es asumir que el hombre mismo es capaz de manejar cada asunto y cada necesidad. Tal punto de vista del hombre conduce a la creencia que él es el amo total de su destino; y la confianza en Dios, su única verdadera fuente de fortaleza, es perdida. Que Rogers durante la última década haya abrazado en-tusiastamente la psicología del grupo de Encuentro, de nuevo evidencia su punto de vista que el hombre, en el ambiente de Encuentro, puede de hecho ser capaz de verse a sí mismo en una forma que le permitirá las correctas y mejores decisiones como también un comportamiento apropiado.
Por otra parte, la mayoría de los conductivistas desde Watson y Thorndike, hasta Hull y Spence, y B. F. Skinner, han reconocido que el conocimiento necesariamente no resulta en buen comportamiento. Por lo tanto, el concepto Socrático, “saber es hacer”, no podía seguir considerándose sostenible, a la luz de la abrumadora evidencia que muy frecuentemente el conocimiento correcto no conduce a buen compor-tamiento. Por lo tanto, dentro del marco del empiricismo, fue fácil establecer un concepto donde había un intento directo para cambiar el comportamiento mismo. Era posible, por el proceso de condiciona-miento, para habituar los patrones de comportamiento, y de esta manera se esperaba desarrollar el “buen hombre”. De manera que la técnica de modificación de comportamiento, como fue empleada por B. F. Skinner y otros, ha recibido amplia aclamación como la técnica más efectiva para cambiar el comportamiento de los niños, de los retardados mentales, y de delincuentes, a aquel comportamiento que es aceptable y deseable en la sociedad.
Implícito por la teoría de modificación de comportamiento hay un punto de vista acerca del hombre, sosteniendo que una buena conducta puede igualarse con la bondad del hombre. A pesar del hecho que el acercamiento Rogeriano es nativista en dirección y Skinner es empiricista en origen, tienen mucho en común en términos de su predicción por educación y entrenamiento de niños. El nativista, asumiendo que el hombre es innatamente bueno, postula la necesidad de un “buen ambiente” como el único prerrequisito necesario para re-entrenar o conservar esa bondad. De igual manera el empiricista, asu-miendo que el hombre es peón de su ambiente, que es lo que es por la suma total de estímulo ambiental sobre su vida, hipnotiza que si un “buen” ambiente puede ser conservado, entonces el niño crecerá para ser un buen hombre.
Por lo tanto, ambas teorías son totalmente dependientes sobre la calidad del ambiente para el desarrollo del “buen” hombre y finalmente el desarrollo de la “buena” sociedad. Pero ninguno de los puntos de vista es coherente con el acercamiento biblio-céntrico del cristiano.
Contrario a la filosofía de la bondad innata, está el punto de vista nativista alternativo bíblico que el hombre es nacido para pecar: “En cambio, en maldad nací yo, y en pecado me concibió mi madre”. Salmo 51:5.
La Biblia enseña que las tendencias morales innatas del hombre conducen al establecimiento de un carácter y comportamiento que es auto-centrado y pecaminoso. Tal punto de vista del hombre no niega la ventaja de un buen ambiente, pero no puede asumir que un buen ambiente es todo lo que se necesita para conservar la “buena” vida, porque entonces no habría habido ninguna posibilidad para la caída de Adán y Eva, puesto que habían sido colocados en un ambiente perfecto. Ni Lucifer y una tercera parte de los ángeles podían haberse rebelado contra Dios.
“¡Cómo caíste del cielo, oh Lucero, hijo del alba! Fuiste echado por tierra, tú que abatías a las naciones. Tú que decías en tu corazón: Subiré al cielo, en lo alto, por encima de las estrellas de Dios levantaré mí trono, en el Monte de la Reunión, al lado norte me sentaré. Sobre las altas nubes subiré, y seré semejante al Altísimo”. Isaías 14:12-14.
El punto de vista empiricista según se ejemplifica en la modificación de la conducta es insostenible, porque asume, como se indicó previamente, que el comportamiento correcto significa moralidad co-rrecta; que de alguna manera por nosotros mismos podemos llegar a ser buenos. Las Escrituras indican que esta esperanza es falsa.
“Porque la inclinación de la carne es contraria a Dios, y no se sujeta a la Ley de Dios, ni tampoco pue-de”. Romanos 8:7.
El punto de vista bíblico es que el hombre, después de su caída, es atrapado en las luchas del pecado y es incapaz de escapar por su propia fuerza. Las buenas nuevas es que Jesús ha provisto para nosotros ser perdonados por los pecados pasados; recibir nuevos corazones (voluntades) escoger el buen camino; y colocar el Espíritu Santo dentro de nosotros para que nos brinde la fuerza cuando sea necesario resistir recaer en nuestro estado anterior.
Hay una aparente distinción entre la modificación de comportamiento y el concepto cristiano de cambio de comportamiento. Aceptando que las predisposiciones naturales del hombre son contrarias a la perfecta naturaleza de Dios, el asunto no es modificación de comportamiento sino transformación de carácter, como lo expresó Jesús bellamente en su confrontación con Nicodemo. El verdadero asunto fue definido como la necesidad por la experiencia del nuevo nacimiento. La modificación de compor-tamiento no dice nada acerca de los motivos e intentos del corazón, y como tal tiene inherente dentro lo peor del legalismo. El comportamiento correcto por sí solo no es una base sobre la cual se puede esperar o lograr la salvación, está claramente demostrada en las palabras de Jesús:
“En aquel día muchos me dirán: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Entonces les diré: ¡Nunca os conocí! ¡Apartaos de mí, obradores de maldad!”. Mateo 7:22-23.
Aquí el asunto no es comportamiento correcto, porque estos obreros de iniquidad han desempeñado buenos actos, de acuerdo a la definición humana. El problema ha sido en los motivos, en los intentos del corazón. Su comportamiento puede ser coherente con las prácticas cristianas, pero sus corazones no han sido transformados por el poder de Cristo. Cristo enfatizó más adelante esta verdad en su confrontación con los fariseos.
“Porque dais el diezmo de la menta, del eneldo y el comino; y dejáis lo más importante de la Ley, a sa-ber, la justicia, la misericordia y la fidelidad. Esto es necesario hacer, sin dejar lo otro”. Mateo 23:23.
Jesús enfatizó que el pago de un diezmo fiel es un comportamiento correcto, pero no tiene significado a menos que sea el resultado del amor que fluye de un corazón transformado.
Es lógico esperar que las hipótesis del hombre construidas sobre falsas premisas también conducirán a conclusiones, teorías y prácticas erróneas. Existen ciertamente peligros tanto en la terapia de modifica-ción de comportamiento y la terapia no directiva. El terapista de modificación de comportamiento juega como si fuera Dios, ante su aconsejado. Él determina lo que es buen comportamiento, y él administra aquellas técnicas de condicionamiento que probablemente darán como resultado el comportamiento que él mismo determina como deseable. El terapista no directivo, por otra parte, le permite al aconsejado jugar a desempeñar el papel de Dios, creyendo que inherentes dentro de él están las autenticas res-puestas a los problemas que han causado depresión, inestabilidad emocional y neurosis. Pero el terapista cristiano tiene la oportunidad de señalar al Dios en el cielo quien sí tiene la respuesta.
Una evaluación cuidadosa de los tres puntos de vista acerca del hombre es una de esperanza. Nos en-frentamos a la realidad de un mundo donde la vasta mayoría de sus habitantes tiene un pobre ambiente en el cual vivir. Ya que la bondad innata y el punto de vista empiricista del hombre dependen de un buen ambiente para la conservación o desarrollo del buen hombre, la vasta mayoría estaría sin esperanza e indefensa tanto en este mundo como en el mundo por venir. El concepto cristiano, sin embargo, no ve a ninguno como sin esperanza. Mientras reconoce la ventaja de un ambiente favorable, el cristianismo asevera que el poder de Cristo “Por eso puede también salvar eternamente a los que por medio de él se acercan a Dios, ya que está siempre vivo para interceder por ellos”. (Hebreos 7:25).
El poder transformador de Cristo ofrece esperanza a todos, al margen de las limitaciones ambientales.
No hay duda que los psicólogos cristianos necesitan escudriñar profundamente la Palabra de Dios para descubrir cuales son estas respuestas, porque el mismo Dios quien a través de las Escrituras ha demos-trado una profunda preocupación por el bienestar espiritual y físico de su pueblo, está igualmente inte-resado en su estabilidad emocional y mental. Es tan solo razonable asumir que la Palabra de Dios nos provee principios y bases para la salud mental de la misma manera en que provee esas bases para la salud espiritual y física. Porque sin estabilidad emocional y física, hay poca esperanza que un hombre o mujer pueda alcanzar plenamente el potencial que Dios tiene para él o ella, ni para participar tan plenamente como sea posible en el ministerio y misiones de la iglesia de Dios.

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Re: La Naturaleza del Hombre.-

Mensaje por LAURACAROLINA el Dom Oct 16, 2011 2:13 am


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