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El Matrimonio y la Familia.-

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El Matrimonio y la Familia.-

Mensaje por LAURACAROLINA el Dom Oct 16, 2011 2:09 am

El Matrimonio y la Familia.-

No hay una relación humana más sagrada que la relación entre esposo y esposa. La primera institución establecida por Dios después de la creación del hombre y la mujer fue la institución del matrimonio.
“Entonces Dios el Señor hizo caer un profundo sueño sobre Adán, y mientras dormía tomó una de sus costillas, y cerró la carne en su lugar. Y de la costilla que Dios el Señor tomó del hombre, formó una mujer, y la trajo al hombre. Entonces Adán exclamó: “¡Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne! Será llamada ‘mujer’, porque del varón fue tomada”. Por eso, el hombre dejará a su padre y a su madre, se unirá a su esposa, y serán una sola carne”. Génesis 2:21-24.
Era el propósito de Dios que un esposo y esposa vivieran juntos eternamente; y después que el pecado separó al hombre de Dios, el propósito seguía siendo que el esposo y esposa vivieran juntos hasta la muerte de uno de los cónyuges. El juramento que se hace para amar, honrar y cuidar “hasta que la muerte nos separe” es el segundo juramento más sagrado que cualquier ser humano puede hacer, se-cundado solamente por el juramento de amar, honrar y servir a Dios. La Palabra de Dios registra muchas evidencias de la santidad de este juramento. Esta orden está dentro de los Diez Mandamientos:
“No cometerás adulterio”. Éxodo 20:14.
Y es el propósito de Dios que ningún hogar se establezca sin una relación dada por Dios que previene cualquier consideración de infidelidad o separación. Cristo mismo en una serie de ocasiones presentó a su audiencia la importancia de la relación matrimonial. En el Sermón del Monte él extendió el manda-miento aun a los pensamientos lujuriosos, y declaró que hay una sola causa para el divorcio, y esa es el adulterio.
“Pero yo os digo, el que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón”. Mateo 5:28.
“También fue dicho: Cualquiera que se divorcia de su esposa, déle carta de divorcio. Pero yo os digo, el que se divorcia de su esposa, a no ser por fornicación, la expone a cometer adulterio. Y el que se casa con la divorciada, comete adulterio”. Mateo 5:31-32.
Gran permisividad había entrado a la sociedad de Israel, y había quienes sostenían que el divorcio podía llevarse a cabo por las razones más triviales, pero Cristo vino para sostener en alto la ley de Dios y la santidad del matrimonio. Mucho se salva si ninguno de los cónyuges abriga el pensamiento que el ma-trimonio fue un error, aun cuando existan problemas. Moisés había indicado que una mujer podía ser divorciada por ciertas faltas de aseo.
“Cuando alguno toma mujer y se casa con ella, si después no le agrada por haber hallado en ella algo indecente, le escribirá carta de divorcio, se la entregará en su mano y la despedirá de su casa. Y una vez que se vaya de su casa, podrá casarse con otro hombre. Si el segundo esposo también la desprecia, le entrega carta de divorcio, y la despide de su casa, o si muere su segundo esposo, el que fue su primer esposo, no podrá volver a tomarla por esposa, después que fue envilecida, porque es abominación ante el Señor: y tú no debes pervertir la tierra que Jehová tu Dios te da como heredad”. Deuteronomio 24:1-4.
El liderazgo de los judíos había permitido el divorcio inclusive por quemarle la comida al esposo. Cristo manifestó que tales respuestas triviales al matrimonio nunca estuvieron en el plan de Dios para el hombre.
“Entonces se le acercaron algunos fariseos a tentarlo. Le preguntaron: ¿Es lícito al hombre divorciarse de su esposa por cualquier causa? Él respondió: ¿No habéis leído que al principio el Creador los hizo hombre y mujer, por eso, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su esposa, y los dos serán una sola carne? Así, ya no son dos, sino una sola carne. Por tanto, lo que Dios unió, no lo separe el hombre. Le dijeron: Entonces, ¿por qué Moisés mandó dar carta de divorcio, y despedirla? Dijo: Por la dureza de vuestro corazón Moisés os permitió divorciaros de vuestras esposas. Pero al principio no fue así. Por eso os digo: El que se divorcia de su esposa, a no ser por fornicación, y se casa con otra, comete adulterio; y el que se casa con la repudiada adultera”. Mateo 19:3-9.
El amor matrimonial recibe su fuerza del amor de Cristo. Es importante que este amor sea expresado a cada miembro de la familia. No debería ser buscado, sino que debería ser dado libremente. Las relacio-nes placenteras, el amor verdadero y la cortesía sobrepasan la calidad de cualquier edificio en el esta-blecimiento de duraderas relaciones hogareñas. Al contemplar diariamente el amor de Jesús, los esposos y esposas fortalecerán los lazos y estarán seguros. Juan expresa el secreto del amor cuando declara:
“Dios es amor, y el que permanece en el amor, permanece en Dios, y Dios en él”. 1 Juan 4:16.
Cada cónyuge en la relación matrimonial puede compartir el gozo de ministrar constantemente al otro cónyuge el amor que Dios proveyó.
No hay duda que en el fondo de cada separación matrimonial está el declive espiritual. Este declive ne-cesariamente no involucra a ambos cónyuges. Es demasiado simplista decir que hay faltas en ambos la-dos. Si es cierto que ninguna relación humana es perfecta, es aun muy posible que un matrimonio falle por la conducta auto-complaciente y egocéntrica de un miembro de la sociedad marital. A menudo, es-pecialmente cuando uno ha perdido su relación con Dios, se vuelve aun más probable que buscará compañerismo y relación fuera de su matrimonio que si los dos cónyuges llegaran a perder su relación a la vez. La vida del cónyuge convertido es con frecuencia una llamada de atención al cónyuge infiel.
Frecuentemente existe la tendencia a molestar al cónyuge que está buscando vivir una vida de confor-midad con Dios, y a establecer sentimientos de culpa por el fracaso y la insuficiencia.
De manera que muchos extraños pueden no reconocer que el cónyuge fiel con frecuencia ha ido a ex-tremos para hacer todo lo posible con el fin de retener la viabilidad del matrimonio. En realidad en tales circunstancias, el único que puede reestablecer la relación marital es el cónyuge extraviado.
El matrimonio es un triangulo eterno—no el triangulo eterno de la novela clásica donde una tercera persona se entromete en la relación matrimonial, sino un eterno triangulo que comprende a Dios, al es-poso y a la esposa. Si ambos cónyuges están unidos a Cristo por lazos indestructibles de amor, entonces el matrimonio es invencible. Si, por otra parte, un cónyuge permite que la relación con Dios fracase, entonces siempre habrá la posibilidad de contienda matrimonial, falta de armonía e inclusive fracaso. Esta posibilidad no significa que la falta de armonía siempre será el resultado, pero el único matrimonio que está completamente seguro es aquel donde ambos cónyuges tienen un estrecho compañerismo con Cristo. Por supuesto, no todo cristiano comprometido puede ser un compañero apropiado para otro cristiano. Pero aquellos que están comprometidos con Cristo tomarán en cuenta los más altos valores cristianos y no contraerán la relación matrimonial impulsiva o irresponsablemente. Al buscar la dirección de Dios habrán establecido una base sobre la cual un matrimonio feliz y santo puede descansar. Tal matrimonio nunca será deshonrado por la crueldad, aspereza, tosquedad, indiferencia o lenguaje sensual o blasfemo. Dios ha ordenado que el esposo sea la cabeza de la familia. Él debe asumir sus res-ponsabilidades de liderazgo seriamente, a la vez que se resguardaría de ser despótico y dictatorial.
La esposa y la familia nunca deberían ser negados debido a otras responsabilidades. Es su responsabili-dad, cuando sea posible, guiar en los ejercicios espirituales de la familia. Mientras sea el líder de la casa, preservará la individualidad de su esposa al unirse las dos vidas en una dirección única. Al ser cabeza de la casa, el esposo en su liderazgo debe estar motivado por amor hacia su esposa y la familia.
Quizás la situación más crítica en cualquier matrimonio ocurre cuando uno de los cónyuges ha violado sus votos matrimoniales por la infidelidad sexual. Este acto es una base divina para que el cónyuge fiel se divorcie del infiel. Sin embargo aun aquí, si el cónyuge caído busca perdón y reconciliación, en amor y perdón ciertamente es la responsabilidad dada por Dios al cónyuge fiel tomar de nuevo al errante, así como Cristo ha extendido su amor inigualable a todos aquellos que se han separado de él. Sin embargo, después que los mejores esfuerzos e intenciones no han logrado una reconciliación, la parte inocente queda en libertad para divorciarse. Bajo ninguna circunstancia concede las Escrituras licencia al cónyuge infiel a casarse de nuevo, y aquellos que entran a una nueva relación matrimonial, han entrado a una relación adúltera prohibida por el séptimo mandamiento. Algunos cónyuges, especialmente esposas, tienen que enfrentarse a situaciones muy difíciles, que involucra crueldad intensa e inclusive amenaza a la vida. Estos problemas también pueden involucrar a los hijos del matrimonio. Solo cuando todo lo demás falla y el peligro se vuelve demasiado intenso debería una esposa considerar apropiado abandonar a su esposo, pero la Escritura no concede permiso para divorciarse a menos que el esposo haya cometido adulterio. Cuando un cristiano está casado con un no cristiano, el cónyuge cristiano tiene la gran responsabilidad de hacer todo lo posible para convivir en amor cristiano. Pablo manifiesta que en sí mismo la falta de compromiso cristiano no es una base válida para separación o divorcio.
“A los demás digo yo, no el Señor: Si algún hermano tiene esposa no creyente, y ella consiente en vivir con él, no la abandone. Y si una mujer tiene esposo infiel, y él consiente en habitar con ella, no lo deje. Porque el esposo incrédulo es santificado en la esposa, y la mujer incrédula en el esposo. De otra manera vuestros hijos serían impuros, pero ahora son santos. Pero si el incrédulo se aparta, que se aparte; que el hermano o la hermana no están sujetos a servidumbre en ese caso, antes a paz nos llamó Dios. Porque, ¿cómo sabes, oh mujer, si no salvarás a tu esposo? ¿O cómo sabes, oh esposo, si no salvarás a tu esposa?”. 1 Corintios 7:12-16.
Una de las más solemnes responsabilidades a las que se enfrenta una pareja casada es la paternidad. Las responsabilidades de traer una nueva vida al mundo deben ser consideradas cuidadosamente y en ora-ción. Es irresponsabilidad total decidir traer niños al mundo cuando el matrimonio mismo no es estable. Algunos creen que al hacerlo estabilizarán el matrimonio, pero es injusto traer un pequeño bebé al mundo bajo tales circunstancias. ¿Qué puede hacer él para enmendar la falta de armonía emocional en el hogar? De hecho, el nacimiento de un niño agrega tensiones adicionales a tal relación matrimonial. El niño a su vez es muy probable que se vuelva la victima de la inestabilidad de los padres.
Los padres deberían evaluar cuidadosamente el número de hijos que ellos pueden mantener satisfacto-riamente, reconociendo que el costo de educación y otros compromisos con los niños son bien altos. Una inteligente planificación cristiana no permitirá que la familia crezca más allá de la que los padres puedan proveer cuidado responsable.
Así como la vida espiritual es importante en la preparación para el matrimonio, así mismo es central para el éxito de la relación matrimonial en sí misma. Como se ha mencionado previamente, casi inevi-tablemente en cualquier ruptura matrimonial primero hubo un desmoronamiento en la vida espiritual del hogar, al menos de parte de uno de los cónyuges, sino de ambos. Es importante para el verdadero matrimonio cristiano que el altar familiar sea establecido dentro del marco de una amorosa relación es-piritual; un periodo sin afanes por la mañana y la noche cuando la familia adora junta. Esta meta a me-nudo significará una evaluación de prioridades. Pero manejada apropiadamente, con una fijación de tiempo que no obliga, apresura u ofrece mero cumplimiento, el culto familiar puede ser un periodo para unir toda la familia en amor cristiano.
También, al trabajar la familia unida para Dios, se puede desarrollar una gran cohesión. Esta cercanía debería involucrar no solo al esposo y esposa sino también a los hijos, especialmente al ir avanzando en edad. Es una oportunidad interesante para los jóvenes formar parte de una familia misionera que ayude a los hombres y mujeres a conocer a Cristo y seguir sus pisadas. Ellos también, a su propia manera, lle-gan a ser parte espiritual del hogar.
La relación sexual entre el esposo y la esposa también provee una faceta importante de la relación ma-trimonial. Con demasiada frecuencia el matrimonio es considerado como una licencia para la lujuria, y se practican formas desviadas de conducta sexual.
Tales prácticas ejercen una influencia degradante en el hogar, y la relación que con demasiada frecuen-cia se desarrolla aleja del verdadero cristianismo. La santidad del matrimonio es perdida ante la satis-facción de deseos sensuales. La vida sexual construida sobre el verdadero amor y preocupación del uno por el otro puede ofrecer una gran relación íntima y una base firme para el crecimiento espiritual. Pero lo que es construido sobre deseos carnales resulta en una disminución de la espiritualidad y del verdadero compromiso cristiano. Al igual que en cada faceta de la vida temperante, hay que ejercer control y una toma de decisión racional, y cada acto necesita ser validado por el desafío de la pureza de Cristo nuestro máximo Ejemplo. Sin embargo, algunos erróneamente han sentido que las relaciones sexuales dentro del matrimonio son pecado y han causado terribles presiones que se viven dentro de la relación matrimonial al adoptar esta opinión irracional. La decisión unilateral por parte de uno de los cónyuges para retirarse de la relación conyugal promueve una atmósfera anticristiana entre esposo y esposa. Muchos grandes males se han generado por tal decisión. A menudo esta decisión, al hacerse os-tensiblemente por razones espirituales, en realidad está basada sobre una falta egoísta de amor por el cónyuge.
No hay quizás nada más hermoso en este mundo que un ambiente de verdadero matrimonio y hogar, y es el privilegio de cada cristiano, mediante el poder de Cristo y bajo su guía, establecer tales hogares donde nuestros hijos y jóvenes tendrán la ventaja de ejemplos cristianos y una sólida educación cristia-na.
Los padres necesitan sabiduría al escoger la educación de sus hijos, la responsabilidad que siempre permanece con ellos: “Las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas cuando estés en casa o cuando vayas por el camino, al acostarte y al levantarte”. Deuteronomio 6:7.
Nunca se puede conceder esta responsabilidad completamente a otra persona. Pero cuando se toma una decisión de una escuela y maestro, se debe hacer con la conciencia de que los padres siguen siendo los guardianes del niño, y están delegando a un educador profesional, responsabilidades que ellos aun re-tienen. Es esencial entonces que solo un cristiano comprometido tenga esta responsabilidad, y por lo tanto, la decisión de escuela y maestros se vuelve una responsabilidad sobria concedida por Dios, por-que al combinarse el hogar y la escuela, debería haber armonía y coherencia en el programa de desarrollo para el niño. Hay mucha sabiduría en permitirle al niño permanecer en casa hasta que esté lo sufi-cientemente maduro para adquirir el máximo del ambiente escolar. Una buena familia, donde la esposa no trabaja, usualmente es la mejor agencia educativa hasta que el niño tenga al menos ocho años de edad. En algunos países las consideraciones legales impiden el logro de éste ideal.
En la difícil era en que vivimos es importante que cada factor posible sea dirigido hacia el crecimiento espiritual, desarrollo y compromiso del niño. Esta responsabilidad familiar nunca se pierde. Sería mucho mejor si los niños fueran enviados a una escuela cristiana, aunque pueda costar más, que tener los lujos a menudo considerados esenciales en las casas; tales como alfombras sobre el piso o muebles para el cuarto de descanso.
Una vez más, las prioridades de los padres determinarán hasta qué grado no solo el desarrollo físico e intelectual del niño tomará lugar sino también cuán importante es su destino eterno para los padres. Las sabias decisiones de los padres están en el mismo corazón del desarrollo espiritual, emocional y físico de los ciudadanos del mañana y de los candidatos para el cielo.

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Re: El Matrimonio y la Familia.-

Mensaje por LAURACAROLINA el Dom Oct 16, 2011 2:09 am

Conclusión.-

Muchas religiones y culturas enseñan que la vida es amarga, simplemente una lucha por existir entre los dos eventos dominantes de la vida—nacimiento y muerte. Y verdaderamente cuando observamos las vidas de millones de personas, es claro ver la evidencia de esta creencia. Pero Dios nos ofrece alegría, paz, realización y verdadero amor en esta vida: Él nos ofrece salud mental.
Sin embargo, al rechazar o mal interpretar esta oferta, la gran mayoría de los habitantes de la tierra se encuentran a sí mismos negándola, y buscando una vida satisfactoria basada en metas humanas. La ri-queza, el poder, el prestigio, y otros símbolos de éxito mundano han probado consistentemente fracasos en definir dicha vida. No hay solución humana para una existencia desprovista de verdadero significa-do. Sin Dios en la vida, su único propósito sería continuar las especies.
En 1969 murió el gran matemático británico, filósofo y pacifista, Bertrand Russell. Un descendiente di-recto en el linaje de los duques de Bedford, y él mismo un par del reino (un conde), Earl Bertrand Rus-sell era un nieto de Lord John Russell, uno de los más distinguidos primeros ministros de Inglaterra del siglo diecinueve. Lord John Russell, un anglicano devoto, introdujo en la Cámara de los Comunes la primera legislación de reforma de 1832. Este decreto condujo a la eventual provisión del sufragio uni-versal en el Reino Unido (el derecho de todo adulto a votar en elecciones). Pero el hijo de John Russell, el padre de Bertrand Russell, era un ateo.
Para la época en que Bertrand Russell falleció, se presentó un film como tributo a su vida. Este film in-cluía una entrevista 230 realizada tres años antes de su muerte cuando tenía mucho más de noventa años de edad. En esta entrevista, Bertrand Russell rememoró la muerte de su padre hacía setenta años atrás. Su padre había llamado a sus tres hijos ante el lecho de muerte. No había esperanza, ninguna paz, ninguna seguridad, mientras él le decía a sus hijos: “Adiós, adiós para siempre”. Aun el recuerdo de aquel momento, después de siete décadas, produjo un trémulo en la voz de Bertrand Russell y una lágrima en su ojo. Y luego, confirmando sus propias convicciones ateas, Bertrand Russell dijo: “Será igual cuando yo me muera”. Tal es la “esperanza” de aquellos que, no importa cuán distinguidos, pier-den de vista a Jesús y su amor. Este libro ha sido escrito con profunda convicción. No hay nada, fuera de Jesús, que produzca una sana salud mental. Levantamos a nuestro Salvador delante de cada lector, porque es él quien prometió: “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia”. Juan 10:10.

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