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La Homosexualidad.-

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La Homosexualidad.-

Mensaje por LAURACAROLINA el Dom Oct 16, 2011 2:06 am

La Homosexualidad.-

Recientemente la homosexualidad ha llegado a ser un tema de algún significado dentro de la iglesia cristiana. Los cristianos siempre han aceptado que la práctica de la homosexualidad es un pecado. En años recientes, sin embargo, muchos están enfatizando el concepto de que la Escritura condena sola-mente la prostitución homosexual y la violación y el abuso de menores, mientras permanece silencioso sobre el tema de las relaciones homosexuales entre adultos en mutuo acuerdo. Los tales alegan que “Lo que empezó a ser claro era que una lectura simplista del inglés de las pocas referencias bíblicas a los actos homosexuales no sería suficiente para determinar la voluntad del Señor para los homosexuales hoy en día”. En el mismo articulo se aseveró “que el Antiguo Testamento por sí mismo (sin el consejo del Nuevo Testamento y una teología contemporánea de sexualidad basada en todo el testimonio de la Escritura) no es suficiente para definir la cuestión de moralidad de las relaciones homosexuales en el mundo actual (Ibíd.). Sin embargo, cuando el Nuevo Testamento fue analizado en este articulo, se con-cluyó que había “clara desaprobación Neo Testamentaria de algunos actos sexuales, tanto homosexual como heterosexual, si bien fue difícil determinar exactamente cuales eran esos actos” (Ibíd., p. 36).
En vista de que estas declaraciones fueron hechas a un grupo de homosexuales practicantes, solo podían ser juzgadas como estimulo para ellos a seguir en su práctica sexual. La complacencia en actos homosexuales ha causado amplia ansiedad y dolor entre aquellos que desean seguir las enseñanzas de Cristo. En vista de este dolor, es imperativo que la Palabra de Dios sea escudriñada para conocer su vo-luntad en este asunto. El pueblo Judío quedó sin duda alguna sobre este tema:
“No te acostarás con varón como con mujer. Es abominación”. Levítico 18:22.
“Si alguno se acuesta con varón como con mujer, cometen abominación. Ambos han de ser muertos, sobre ellos caerá su sangre”. Levítico 20:13.
Aun estas claras palabras son diluidas por el punto de vista que “los teólogos, discutiendo que algunas de las reglas del código de santidad son morales y otras solo ceremoniales, han justificado estas divi-siones de las admoniciones Levíticas, las cuales un erudito cuidadoso no las dividiría de esta manera. Si pueden ser ignoradas, quizás ninguna debería considerarse obligante”.
El Nuevo Testamento, sin embargo, confirma la Palabra de Dios en Levítico: “¿No sabéis que los injus-tos no heredarán el reino de Dios? No erréis, que ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios”. 1 Corintios 6:9-10.
“Sabemos que la Ley no es puesta para castigar al justo, sino a los injustos y desobedientes, a los impíos y pecadores, a los irreverentes y profanos, a los parricidas, matricidas y homicidas, a los fornicarios, a los sodomitas, a los traficantes de hombres, a los mentirosos y perjuros, y a todo el que se opone a la sana doctrina”. 1 Timoteo 1:9-10.
Otras traducciones confirman los significados obvios de estos textos. Algunos ejemplos se citan abajo:
Aquellos que participan en homosexualidad (1 Corintios 6:9 — la Biblia Amplificada)
Homosexuales (1 Corintios 6:9 — El Nuevo Testamento Viviente)
Perversión homosexual (1 Corintios 6:9 — RSV)
Ofensivos homosexuales (1 Corintios 6:9 — NIV)
Partícipes en homosexualidad (1 Corintios 6:9 — Berkeley)
Abusadores de sí mismos con hombres (1 Timoteo 1:10 — Versión Americana Standard) 206
Homosexuales (1 Timoteo 1:10 — Nuevo Testamento Viviente)
Homosexuales (1 Timoteo 1:10 — El Nuevo Standard Americano)
Aquellos que abusan de sí mismos con hombres (1 Timoteo 1:10 — La Biblia Amplificada)
Quienes pecan sexualmente... con otros hombres (1 Timoteo 1:10 — Beck)
Sodomitas (1 Timoteo 1:10 — RSV)
Indiscutiblemente, Dios condena el pecado de la homosexualidad, y ninguna cantidad de explicación teológica puede alterar ese hecho. Es esencial que este asunto sea entendido, porque seguir compla-ciendo el deseo homosexual no solo causa serias perturbaciones de personalidad, sino que aun más se-riamente, excluye al individuo del reino de Dios.
Muchos ministros cristianos actuales creen que están ayudándole a los hombres y mujeres al excusar este pecado en particular, y asegurándoles que no serán excluidos del cielo debido a sus actos. Pero el pecado nunca produce paz mental ni verdadera salud mental. Los hombres que han sido ordenados al Ministerio del Evangelio nunca deben ignorar su comisión dada por Dios: “A ti, hijo de Adán, te he puesto por centinela en la casa de Israel. Oirás la palabra de mi boca, y los advertirás de mi parte. Cuando yo diga al impío: ‘Impío, de cierto morirás’, y tú no le hablas para que se guarde de su camino, el impío morirá por su pecado, pero demandaré su sangre de tu mano. ‘Pero si tú avisas al impío de su camino para que de él se aparte, y él no se aparta, por su pecado morirá él, y tú habrás librado tu vida’. Tú, pues, hijo de Adán, di a la casa de Israel: Vosotros habéis dicho: ‘Nuestras rebeliones y pecados están sobre nosotros, y a causa de ellos somos consumidos. ¿Cómo, pues, viviremos?’ Diles: Así dice el Señor, el Eterno: Vivo yo que no me complazco en la muerte del impío, sino en que se vuelva el impío de su camino, y que viva. ¡Volveos, volveos de vuestros malos caminos! ¿Por qué moriréis, oh casa de Israel?”. Ezequiel 33:7-11.
¿No hay esperanza para el homosexual a menos que el o ella se reoriente sexualmente? Hay abundante esperanza.
Muchos de los esfuerzos para presentar las prácticas homosexuales como coherentes con las normas cristianas surgen de una falsa visión de la naturaleza del hombre y el fracaso en delinear debidamente la diferencia entre pecado y tentación. Muchos consideran hoy que la naturaleza carnal no se cambia en el momento de la conversión. De manera que se cree que aquellos que tengan una orientación homo-sexual no solo siguen en este deseo, sino que tienen poco poder para resistir su práctica. Pero Pedro re-sume muchas promesas bíblicas similares cuando él nos asegura: “Puesto que Cristo ha padecido por nosotros en la carne, vosotros también armaos del mismo pensamiento, que quien padeció en la carne, ha roto con el pecado, para que el resto de su vida terrenal, no viva según los malos deseos de los hombres. Sino conforme a la voluntad de Dios”. 1 Pedro 4:1-2.
Se han realizado muchas discusiones concernientes a si las tendencias homosexuales son hereditarias o adquiridas. Ya que Dios ofrece poder para victoria sobre toda tendencia al mal hereditaria y cultivada, tales discusiones sirven de poco en nuestra comprensión de las promesas de victoria de Dios.
Algunos finalmente han aceptado que Dios puede conceder victoria, pero lo han interpretado para sig-nificar que ellos recibirán una “sanación” milagrosa, que les permitirá dejar de tener sus tendencias an-tiguas y se volverán orientados hacia la heterosexualidad. Es verdad que esto parece ser la experiencia de un pequeño grupo, pero es un escaso consuelo para la vasta mayoría. Los autores de este volumen han pasado mucho tiempo con homosexuales frustrados quienes han esperado y orado, aparentemente sin efecto, por esta “sanación”. A menudo sus esperanzas se han levantado al leer acerca de aquellos que han triunfado, pero su propia experiencia prueba ser tan diferente que se deprimen más por su fracaso.
Debe ser reconocido que la homosexualidad no es la única tendencia poderosa hacia el pecado que la humanidad experimenta. Cada uno de nosotros tiene una gran predisposición al pecado. A veces ten-demos a separar la homosexualidad, como si fuera alguna forma única de tendencia pecaminosa. No es así. Muchas personas tienen la tendencia a un temperamento alterado. No les ayudamos al prometerles la vida eterna mientras siguen en esta práctica pecaminosa. No le ayudamos a tal persona asegurándole que es su orientación emocional, y que sin lugar a dudas Dios comprenderá. Sería una decisión equivo-cada celebrar una reunión especial para los miembros de iglesia con mal temperamento para asegurarles que su pecado no está específicamente condenado por la Escritura. No debemos pasar por alto el hecho de que, aun para un cristiano victorioso Satanás seguirá lanzando sus ataques sobre nuestras de-bilidades.
De manera que aquellos, que mediante el poder de Dios vencen la tentación a seguir los estilos de vida homosexuales, seguirán sin embargo siendo sujetos a los dispositivos de Satanás. Pero nunca se debe asumir que ceder a las tentaciones es inevitable. Cada uno tiene la decisión y el poder a su disposición para vivir una vida de rectitud.
Muchos todavía se sienten contaminados debido a las tentaciones recurrentes. Sin embargo, si mediante el Espíritu Santo que permanece en uno, no acarician la tentación ni actúan sobre ella, no están que-brantando la ley de Dios más que Jesús cuando fue tentado a inclinarse delante de Satanás.
De manera que Santiago podía animarnos con la promesa: “Feliz el hombre que soporta la tentación; porque al superar la prueba, recibirá la corona de la vida, que Dios ha prometido a los que le aman”. Santiago 1:12.
Claramente, aquellos con inclinaciones homosexuales tienen de hecho toda esperanza. Pero aquellos que persisten en acariciar las tentaciones están perdidos eternamente. Esta situación no difiere en lo más mínimo de las demás inclinaciones pecaminosas. La Palabra de Dios a los homosexuales, al igual que a todos nosotros con nuestras varias debilidades, es a clamarle a él por victoria, porque él ha prometido: “No os ha venido ninguna tentación, sino humana. Pero Dios es fiel, y no os dejará ser tentados más de lo que podáis resistir. 209 Antes, junto con la tentación os dará también la salida, para que podáis soportar”. 1 Corintios 10:13.
Algunos han señalado correctamente que los homosexuales se enfrentan particularmente a una forma severa de tentación, ya que seguir los caminos de Dios los priva de una vida familiar, a menos que se reorienten. Uno puede simpatizar con este problema, que es en realidad una cruz difícil de cargar. Pero debemos preguntarnos: ¿Vale Jesús más que esta carga? Cada cristiano tiene su propia cruz que cargar. Cuando aceptamos a Jesús, él nos dijo: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz, y sígame”. Marcos 8:34.
Nunca debemos pasar por alto que muchos cristianos heterosexuales han sufrido severa privación sexual por su fe.
Muchos han sido encarcelados o exiliados, sin embargo continuaron obedientes a la voluntad de Dios tanto en pensamiento como en hecho. Sin lugar a duda las tentaciones continuamente se presentaban a hombres tales como José, Jeremías, Pablo, Juan y otros. Sin embargo su fidelidad a Dios fue conserva-da. Otros han pasado años lejos de sus cónyuges mientras realizaban el servicio militar u otro similar. Sí bien se presentaron numerosas oportunidades para profanar el séptimo mandamiento, algunos confiaban de tal manera en Dios como para permanecer fiel y leal a él a través de sus pruebas.
Ojala que muchos homosexuales, quizás la mayoría, tengan que renunciar a la esperanza de una relación de familia diferente a la ofrecida por sus hermanos y hermanas en Cristo. Esta prueba de devoción a Jesús es severa pero ofrece recompensas eternas.
Debemos recordar que las relaciones homosexuales nunca producen niños y por lo tanto ese aspecto de la vida familiar siempre estará ausente. Además, las relaciones homosexuales frecuentemente son tem-pestuosas e inconstantes. Este hecho es perfectamente comprensible, ya que no pueden estar basados sobre un verdadero amor desinteresado, porque el pecado nunca es altruista. Las relaciones homo-sexuales siempre son egocéntricas, y por lo tanto no producen alegría ni satisfacción. Los ministros quienes brindan estímulo implícito a esta práctica de pecado condenan a los participantes a una vida de sentimiento de culpa, vergüenza e infelicidad, cuando Dios, al extenderle la victoria a todos los pecado-res, incluyendo los homosexuales, ofrece de esa manera esperanza, gozo y alegría. Aquellos que apoyan la práctica de la homosexualidad necesitan considerar la Palabra de Dios que severamente condena a aquellos que “Fortalecisteis al impío, para que no se aparte de su mal camino, infundiéndole ánimo”. (Ezequiel 13:22). No es amor y preocupación lo que promete vida eterna a aquellos que siguen en el pecado. Este curso erróneo condena a aquel a pérdida eterna al aceptar la falsa seguridad, y destruye cualquier esperanza para una vida de tranquilidad mental sobre esta tierra. El verdadero amor y preocu-pación siempre señala el pecado y conduce a Jesús, quien ofrece poder para obedecer.
Solo podemos sentir una profunda simpatía por aquellos que tienen esta inclinación. En casi cada caso, cada uno ha atravesado una terrible angustia mental y lucha mientras él o ella se ha enfrentado cara a cara con la realidad de su orientación sexual. Los tales necesitan nuestra máxima simpatía y apoyo. Al haberles escuchado a muchos contar sus experiencias, hemos descubierto que casi siempre hay un mal entendido común. Cada uno se ha sentido condenado por Dios debido a su orientación sexual. Casi to-dos han sentido que a menos que se invierta esta orientación están enajenados de Dios. Cada uno ha orado y sufrido sobre este asunto. Pero Dios nunca nos condena por las predisposiciones. Es tan solo en la medida en que acariciamos y/o actuemos sobre estas tendencias erróneas que pecamos. Es cierto que con cada victoria sobre la tentación, se adquiere fortaleza para enfrentarse a la siguiente tentación. Es también cierto que al acercarnos más a Jesús, esas cosas pecaminosas que una vez nos atraían, pierden su poder en nuestras vidas. Aquellos a quienes Dios ha concedido poder para obedecerle en este asunto son redimidos por él al igual que aquellos que, teniendo otras predisposiciones pecaminosas, aman tan plenamente a Jesús que aceptan no solo su perdón del pecado, sino también su poder para obedecer.

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