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La Moralidad y el Sexo.-

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La Moralidad y el Sexo.-

Mensaje por LAURACAROLINA el Dom Oct 16, 2011 2:05 am

La Moralidad y el Sexo.-

La moralidad implica la respuesta total del hombre a la ley de Dios, pero actualmente este tema ha sido enfocado básicamente sobre la respuesta a los deseos sexuales. Esta área tiene profunda influencia sobre el comportamiento de los adolescentes y adultos y quizás, tanto como cualquier otro factor, tiene una influencia decisiva sobre la felicidad y la realización. El deseo sexual del hombre fue claramente parte del plan exclusivo de Dios para la reproducción de la raza humana. El acto sexual no fue planeado como parte del estilo de vida del hombre fuera del matrimonio. Cuando se altera el plan de Dios para el hombre y cuando sus leyes son violadas, el hombre paga un precio inevitable en miseria e infelicidad.
De manera que la presente era permisiva es el resultado del enajenamiento de Dios escogido por el hombre, que también es una raíz causante de mucha de la miseria en el mundo en general y de manera especial en la vida familiar. Hay una inevitabilidad fatal en la búsqueda del hombre por liberación de las restricciones morales de la cual cosecha temibles consecuencias.
“Hay camino que parece derecho al hombre, pero su fin es de muerte”. Proverbios 16:25.
La mera solidaridad del hogar, su coherencia y su perpetuidad, depende del más alto nivel de morali-dad. Además, el estado de la sociedad depende de la calidad de vida en el hogar. Por lo tanto, no es sorprendente que haya temerosas grietas en el tejido de la estructura de la sociedad que son irreparables sin el retorno a una verdadera moralidad establecida sobre los principios restrictivos y emancipadores del amor de Dios.
Todos los excesos sexuales dentro y fuera del matrimonio tienen su raíz en la búsqueda de satisfacción propia. De manera que cuando los padres mismos ejercen el máximo dominio propio al someterse al poder de Cristo en sus vidas, se encontrarán en una posición para ayudarles a sus hijos a desarrollar el principio más importante de su vida cristiana—el dominio propio. Al aprender cada niño a vencer los excesos de la complacencia propia, abrirá así el camino para esa amante preocupación por otros que lo preservará de cualquier actividad que de alguna manera robe a otro del gozo de una vida pura.
La moralidad de la Biblia está en agudo contraste con la de la moderna sociedad occidental. Mientras que para muchos la “nueva moralidad” es vista como deshacerse de las inhibiciones, el puritanismo, los falsos valores y modestia de un siglo pasado, en realidad ha dado aviso del hecho que el hombre ha re-gresado a la maldad de siglos pasados. Las Escrituras comparan con los días de Noe, y los días de So-doma y Gomorra el período que precede inmediatamente a la segunda venida de Cristo.
“Como fue en los días de Noé, así será la venida del Hijo del Hombre”. Mateo 24:37.
“Asimismo, Sodoma y Gomorra, y las ciudades vecinas, que de la misma manera se entregaron a la fornicación y a los vicios contra la naturaleza, sufrieron el castigo del fuego eterno, y fueron puestas por ejemplo”. Judas 7.
Dios ha prometido que en medio de este siglo él tendrá un pueblo puro, quienes han lavado sus túnicas y las han blanqueado en la sangre del Cordero, y quienes guardan los mandamientos de Dios.
“Y él me dijo: “Estos son los que han venido de la gran tribulación. Han lavado su ropa, y la han em-blanquecido en la sangre del Cordero”. Apocalipsis 7:14.
“¡Dichosos los que guardan sus Mandamientos, para que tengan derecho al árbol de la vida, y entren por las puertas en la ciudad!”. Apocalipsis 22:14. 194
“Entonces el dragón se airó contra la mujer, y fue a combatir al resto de sus hijos, los que guardan los Mandamientos de Dios y tienen el testimonio de Jesús”. Apocalipsis 12:17.
“¡Aquí está la paciencia de los santos, los que guardan los Mandamientos de Dios y la fe de Jesús!”. Apocalipsis 14:12.
Es con estas promesas reaseguradoras en mente que los padres cristianos deben buscar educar a sus jóvenes con una mentalidad totalmente distinta de la mentalidad de la sociedad en general.
La Biblia sin vacilación condena toda aberración sexual, porque cada una destruye el alma y degrada al hombre. Aun dentro del matrimonio, la relación sexual entre un esposo y esposa cristianos estará bajo el control de nobles principios y no se desviará a pasiones lujuriosas y excesos sexuales.
Cuando el matrimonio es visto como dando en vez de recibiendo, aquello que es antinatural será evita-do. Muchos de los divorcios, separación y unión libre pueden ser atribuidos a la complacencia sexual egoísta del hombre. El hecho de que estas cosas han sido un problema en la iglesia cristiana es una triste evidencia de la impureza dentro de la iglesia así como un desafío a restablecer el claro testimonio de la iglesia contra dichos excesos.
La moralidad, al igual que la inmoralidad, tiene su origen en la mente. Si bien es cierto que el deseo sexual es biológico por naturaleza, y usualmente logra evidente expresión durante los años de la ado-lescencia, su expresión puede mantenerse bajo control por la influencia de la voluntad. Obviamente es imposible para los niños y jóvenes evitar totalmente la estimulación mental sugiriendo que den rienda suelta a sus deseos sexuales, porque en las propagandas comerciales, la radio, la música, la televisión, y la literatura dichas sugestiones son dominantes. Además, es probable que muchos de sus compañeros de escuela, les comunicarán sus propias ideas y prácticas sexuales pervertidas al joven. De manera que los padres están confrontados con una inmensa responsabilidad para proveerle el más puro ambiente posible mientras reconozcan que el conocimiento de algunas de las perversiones de la sociedad no pueden ser evitados. Es en el área de decisiones morales que se debe brindar el más sabio consejo con comprensión, pero siempre sin compromiso. A los muchachos se les debe enseñar el máximo respeto por las muchachas, y su deber de no hacer nada que de alguna manera pueda comprometerlos en una forma que los conducirá a las destructivas consecuencias del sentimiento de culpa. Por otra parte, las muchachas deben ser enseñadas a conservar sus cuerpos intactos, recordando que sus cuerpos deben ser “Templo del Espíritu Santo, que está en vosotros, que tenéis de Dios, Y que no sois vuestros”. 1 Corintios 6:19.
Las mujeres jóvenes deben controlar la situación y ciertamente deben evitar desempeñar el papel de tentadoras.
La mayoría de las mujeres jóvenes parecen escasamente apercibidas que la entrega de su cuerpo a un hombre joven no aumenta su amor por una mujer, y puede causar que el hombre joven la llegue a odiar. La Biblia presenta un clásico ejemplo en el odio de Amnón, el hijo de David, por su hermana Tamar después que él la hubiera violado.
“Luego dijo Amnón a Tamar: Trae la comida a la alcoba, para que yo coma de tu mano. Y tomando Tamar las hojuelas que había preparado, las llevó a su hermano a la alcoba. Cuando ella se las puso de-lante para que comiera, él trabó de ella, y le dijo: “Ven, hermana mía, acuéstate conmigo. Ella replicó: No, hermano mío, no me fuerces. No se debe hacer así en Israel. No hagas tal vileza. Porque, ¿dónde iría yo con mi deshonra? Y tú serías estimado como uno de los perversos de Israel. Te ruego que hables al rey, que no me negará a ti. Pero él no quiso escucharla. Antes pudiendo más que ella la forzó, y se echó con ella. Enseguida Amnón sintió por ella tan grande aborrecimiento, que éste fue mayor que el amor con que la había amado; tanto que le dijo: Levántate, y vete”. 2 Samuel 13:10-15.
En cualquier caso tales actos desenfrenados de parte de un hombre joven proveen una clara indicación que éste no ha desarrollado dominio propio, que está motivado por el egoísmo, la pasión lujuriosa, y por lo tanto en el mejor de los casos es un prospecto riesgoso como compañero para toda la 196 vida. Los jóvenes de ambos sexos que han aprendido dominio propio a través de Cristo ofrecen un prospecto mucho mejor para un matrimonio feliz que aquellos que han permitido una saciedad desenfrenada de sus impulsos sexuales. La reserva controlada por Dios antes del matrimonio proveerá la mejor garantía para una verdadera y duradera relación de amor después del matrimonio. Y tal control es el producto de pensamientos puros y santos.
Aun la más destructiva de las normas morales ha sido la creciente incidencia de relaciones extramatri-moniales. Algunos han alegado que si uno es honesto con su pareja, tales relaciones extramatrimoniales son justificables. Otros han razonado que si ambos se involucran en relaciones extramaritales, entonces esta infidelidad es completamente justificable. Algunos inclusive han sugerido que tal conducta le agrega “chispa” al matrimonio y aumenta su realización. Esta sofistería es el fundamento para la ex-pansión de los clubes “de intercambio” donde las parejas casadas intercambian compañeros para com-placer sus deseos pecaminosos y lujuriosos. Pero no importa como se justifique el acto, está fundamen-tado sobre motivaciones hedonísticas y sensuales que simplemente satisfacen las más bajas pasiones humanas — una pasión sobre la cual ninguna sana relación humana puede construirse. Muy a menudo el esposo ha, por varios medios, convencido a su esposa para participar en tales actividades, y la esposa, frenética para complacer a su desviado esposo, ha sucumbido a la presión, con frecuencia con la vana esperanza que esto le ayudará a reparar su frágil matrimonio.
Sin embargo, no importa cuales sean las presiones, la esposa cristiana debe recordar que su cuerpo debe ser conservado santo al Señor, y ningún acto de lujuria puede de alguna manera posible restaurarle el verdadero amor al matrimonio. Las relaciones sexuales con la esposa de otro hombre están expresa-mente prohibidas en las Escrituras.
“Además, no tendrás acto carnal con la esposa de tu prójimo, contaminándote con ella”. Levítico 18:20.
La promiscuidad tiene su raíz en el paganismo, cuando las ciudades-estados tales como Esparta estimu-laban las relaciones extramatrimoniales con la perspectiva de producir una raza superior.
La Palabra de Dios provee amplia advertencia y consejo sobre el libertinaje en los asuntos sexuales. Pablo se enfrentó a muchos problemas de esa naturaleza en su época, aun entre los primeros cristianos. De manera que al escribirle tanto a los creyentes Romanos como a los Corintios estableció claramente que aquellos que se comprometían en tales excesos morales no solo enfrentaban trágicas consecuencias humanas, sino que aquellos que seguían en tales excesos no entrarían en el reino de los cielos. A los creyentes Corintios él les declaró que la fornicación (relación sexual prematrimonial), el adulterio y la homosexualidad están específicamente entre los pecados que mantendrán a los hombres fuera del reino de los cielos.
“¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis, que ni los fornicarios, ni los idó-latras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los bo-rrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios”. 1 Corintios 6:9-10.
Pablo también advirtió a los Romanos contra las prácticas antinaturales de las mujeres, al igual que la homosexualidad de los hombres.
“Por eso Dios los entregó a pasiones vergonzosas. Aun sus mujeres invirtieron las relaciones naturales por las que van contra la naturaleza. De igual modo, también los hombres, dejando la relación natural con la mujer, se encendieron en sus malos deseos los unos con los otros, cometiendo infamias hombres con hombres, y recibieron en sí mismos el merecido pago de su extravío”. Romanos 1:26-27.
Más adelante en su consejo a los Corintios, la prostitución es completamente condenada.
“¿No sabéis que vuestro cuerpo es miembro de Cristo? Entonces, ¿quitaré los miembros de Cristo, y los uniré a una ramera? ¡De ninguna manera!”. 1 Corintios 6:15.
El grito de libertad se escucha hoy en día por doquier pidiendo por la liberación de la “represión” del siglo pasado, pero tales gritos no son por una verdadera libertad que libera al hombre del temor y an-siedad engendrados por el pecado, sino por una permisividad sórdida que esclaviza la mente y las
emociones del hombre. La homosexualidad y el lesbianismo son desfilados como prácticas sexuales normales y saludables, y muchos han sido animados a participar en prácticas bisexuales, agregando de esa manera una “nueva dimensión” a sus ya pervertidas y desenfrenadas vidas sexuales. Aun algunas iglesias cristianas han considerado santificar lo que Dios expresamente condenó.
“No te acostarás con varón como con mujer. Es abominación”. Levítico 18:22.
De manera que actualmente hay homosexuales declarados ejerciendo como ministros ordenados en iglesias cristianas.
El cristiano debe ser comprensivo de las tentaciones del homosexual y la lesbiana. Es verdad que nues-tra sociedad moderna de un solo padre predispone grandemente a los jóvenes a buscar afecto de su pro-pio sexo. Sin embargo, excepto en los casos más raros, no hay bases biológicas conocidas para la homosexualidad. Aquellos que lo practican han aprendido a estar orientado a ello. Desafortunadamente esta orientación, al igual que muchos otros males, es aprendida a temprana edad de la vida. General-mente se considera que resulta de una crisis de identidad en la que el niño tiende a identificarse con las características del padre del sexo opuesto. De manera que por ejemplo, el hijo se identifica con la ma-dre, modelando su comportamiento más sobre el de ella pero más importante aun, identificándose emo-cionalmente con papeles femeninos. En la adolescencia tales personas descubren que tienen tan solo una relación platónica con un miembro del sexo opuesto mientras que encuentran atracciones emocionales más profundas con miembros del mismo sexo. Los heterosexuales no pueden concebir plenamente el trauma que tal realización le causa a la mayoría de homosexuales, y hay una tendencia de parte de la mayoría de los homosexuales a negar en primer lugar esta orientación. Sin embargo, la inevitabilidad de las tendencias homosexuales durante toda la vida a menudo profesada por homosexuales practicantes, no es valida. La realidad que el homosexualismo es aprendido claramente indica que puede ser des-aprendido, y hay aquellos que manifiestan que han vencido el problema y ahora están disfrutando una vida matrimonial heterosexual normal. Si este progreso puede ser verdadero para todos los homosexua-les es incierto. Pero por medio de Cristo se asegura la victoria completa sobre las prácticas homosexua-les.
El cristiano es consciente que Cristo tiene el poder para darle victoria sobre todas las tendencias al mal sean adquiridas o innatas, y la homosexualidad, aunque es un problema profundamente arraigado, cier-tamente puede ser vencido. El cristiano debe percatarse de su responsabilidad de ayudar comprensiva-mente a todos los homosexuales que están buscando sinceramente una reversión de su orientación. Debe reconocerse que el amor de Dios por los homosexuales es tan profundo como el amor por los hetero-sexuales, y que su perdón es completo para ambos. Pero amor por el homosexual no es lo mismo que aceptación del pecado de homosexualidad. Es imposible para el cristiano creyente en la Biblia ver la práctica de la homosexualidad en otra luz que la más degradante. Es imposible que no se oponga a los esfuerzos ampliamente divulgados para desfilarla como una aceptable y moralmente deseable alternativa al matrimonio heterosexual. La misma esencia de la sociedad establecida por Dios ordenada en el hogar es quebrantada por estas relaciones homosexuales. Los sórdidos excesos de estas relaciones amorosas antinaturales están basados sobre las mismas complacencias egocéntricas que están condenadas en las desviaciones heterosexuales. Dios destruyó la antigua ciudad de Sodoma por sus prácticas homo-sexuales, entre otros pecados.
El hombre, en su anhelo por excitación sexual, ha recurrido a otras formas de expresión sexual. La zoo-filia—relación sexual con animales—es aun otra forma de aberración que las Escrituras condenan.
“Ni con ningún animal tendrás ayuntamiento amancillándote con él. Ni mujer alguna se pondrá delante de animal para ayuntarse con él. Es perversión”. Levítico 18:23.
Está claro que Dios condena todas las formas de expresión sexual que no son nacidas del amor puro expresado dentro de la relación matrimonial. Si bien las Escrituras específicamente no se refieren a la masturbación, los principios de las Escrituras condenarían esta práctica. Primero, es una desviación sexual, y segundo, tiene todas las características de un acto egocéntrico.
Si bien la masturbación está ampliamente difundida entre los adolescentes, a menudo relacionándose con experimentos involucrados en el desarrollo del adolescente, su fuerte base egocéntrica, como todas las formas de desviación sexual, lo enlaza con problemas emocionales. Los fuertes alegatos de que la masturbación es normal y sin riesgos para la salud, y de hecho posiblemente benéfico, no puede ser sostenido ni emocional ni espiritualmente. Mientras que el dominio propio será extremadamente difícil para el adolescente y exigirá un compromiso total hacia la vida de Cristo, tal dominio propio será re-compensado con maravillosos dividendos en la futura vida marital.
En la actual sociedad permisiva donde todas las expresiones sexuales han sido condonadas y estimula-das, es supremamente difícil para los cristianos, especialmente los jóvenes, ver los excesos sexuales en su verdadera luz destructiva. Esta verdadera evaluación es hecha mucho más difícil por la forma en que la televisión y otros medios masivos de comunicación rutinariamente han representado gran parte de esta desviación, a menudo en forma glamorosa y aceptable. Además, las vidas de muchos de los “héro-es” de la sociedad - actores, deportistas, y otros entretenedores - han sido establecidos sobre principios de gratificación personal fácilmente emulados porque se avienen a la depravación natural del hombre. En vez de enseñar una moralidad centrada en Dios donde los jóvenes son exhortados y apoyados en sus esfuerzos para crecer en fortaleza moral, el mundo del entretenimiento hace todo para facilitar la inmo-ralidad. Los padres, habiendo fracasado en establecer con sus hijos aquellos principios de vida que los fortalecerán para no ceder a las presiones de la indulgencia sexual premarital, se excusan de manera fácil, simplemente distribuyendo pastillas anticonceptivas a sus hijas. Estos padres están en total con-tradicción al mandato compasivo de Jesús a la mujer encontrada en adulterio: “Vete, y desde ahora no peques más”. Juan 8:11.
La sociedad parece estar diciendo, vete y peca de nuevo. De manera que los padres se enfrentan a una tremenda responsabilidad.
Probablemente existan pocos índices de permisividad de la era moderna mayores que la actitud hacia la vida expresada por la permisividad del aborto. Es aun de mayor preocupación que segmentos substan-ciales de la comunidad cristiana vean apropiado apoyar este asalto desalmado sobre el prenatal.
Usualmente el argumento a favor del aborto está construido sobre el punto de vista que es malo traer al mundo hijos no deseados. Este hecho no puede ser negado, sin embargo, la toma de vida es enteramen-te inaceptable. Con frecuencia se arguye que la vida no es realmente vida hasta que sea autosostenida, esto es, puede seguir independiente del vientre de su madre. Pero esta aseveración levanta interrogantes para las cuales no hay respuesta conocida. La ciencia moderna ha hecho posible que fetos muy jóvenes sobrevivan cuando son retirados de la madre. Ciertamente la única definición válida de vida humana es que ésta comienza después de la concepción. El aborto generalmente se realiza entre el fin del segundo y el fin del tercer mes de embarazo. Es probable que al menos cinco semanas después de la concepción sea cuando el embarazo es tentativamente confirmado. Para cuando se lleva acabo el aborto usualmente, el embrión está desarrollado al grado que muchas características humanas son visibles. Su sistema nervioso está desarrollado al grado que puede responder a estímulo externo.
Destruir un embrión es destruir una vida. Incoherentemente, muchos que amargamente se oponen a la ejecución del más vil homicida alegan a favor del derecho de las mujeres a abortar sus inocentes hijos prenatales a voluntad.
Con frecuencia se alega que las mujeres deberían tener el derecho sobre sus propios cuerpos, pero un principio fundamental de derechos humanos aboga por los derechos individuales solo hasta el grado en que esos derechos no infringen sobre los derechos de otros. El aborto sí lo hace. Es cierto que muchas de las que buscan el aborto están incapacitadas para la maternidad, pero aun este hecho no justifica el aborto permisivo. Muchos hogares maravillosos estarían disponibles para criar a estos niños con la máxima oportunidad para desarrollar sus facultades otorgadas por Dios.
Hay evidencia Bíblica que Dios reconoce la identidad humana del embrión. El profeta Jeremías declara que Dios nos conoce desde el tiempo en que estuvimos en el vientre de nuestra madre.
“Antes de formarte en el seno te conocí, y antes que nacieras te aparté, y te designé por profeta a las naciones”. Jeremías 1:5.
El aborto permisivo es un pecado muy serio habitualmente con consecuencias psicológicas severas y a largo plazo. Muchas muchachas o mujeres jóvenes sufren de sentimientos de culpa para toda la vida después de sus abortos. Aun si este no es el caso, el acto no debe ser condonado por el cristiano, porque es sintomático de un siglo donde la gente alega el derecho de hacer lo que les plazca sin considerar las consecuencias. No obstante hay consecuencias, espirituales y emocionales. Es una triste reflexión sobre nuestro siglo que en algunos centros urbanos de los Estados Unidos hay anualmente más abortos legales que nacimientos vivos. Unido con el amplio uso de todas las formas de dispositivos anticonceptivos, el grado de decadencia moral en la sociedad es alarmante. Los propios fundamentos de la estructura de la sociedad y la alegría y felicidad humanas están seriamente socavados.
Solamente una reversión total de los actuales patrones sociales puede abrigar la esperanza de salvar el futuro de la raza humana, y tal reversión no es posible fuera del contexto del ministerio de Cristo en la vida humana. Extrañamente, cuando el aborto era realizado en oscuros callejones y cuando era un cri-men castigado con severas penas, muchos que ahora apoyan fuertemente el aborto en demanda estaban horrorizados por éste. Pero ninguna legalización gubernamental puede alterar un principio de la ley de Dios, y los cristianos deben pararse enérgicamente contra ésta monstruosidad.
Cuando los puros principios del cristianismo son practicados por jóvenes de ambos sexos, el problema del aborto no es ni siquiera un asunto de discusión. Los médicos y hospitales cristianos tienen una seria responsabilidad de abstenerse de participar en abortos permisivos. Sin embargo, los médicos cristianos y personal médico frecuentemente tienen la oportunidad de atender a jóvenes quienes han estado com-prometidos en sexo premarital y hacerles ver sus obligaciones para el matrimonio. La Biblia establece claramente que las relaciones sexuales conllevan obligaciones, y el requerimiento de Israel era que una pareja comprometida en sexo premarital estaba obligada a casarse.
“Entonces los ancianos de la ciudad tomarán al hombre y lo castigarán. Lo multarán con cien piezas de plata (1 Kg), que darán al padre de la joven, por cuanto difamó a una virgen de Israel. Además, la tendrá por esposa y no podrá despedirla en todos sus días”. Deuteronomio 22:18-19.
“Si alguno engaña a una doncella no desposada, y duerme con ella, deberá dotarla y tomarla por espo-sa”. Éxodo 22:16.
Los verdaderos principios morales se fundamentan en el hogar. Aquí la Escritura estimula modestia que traerá una rica recompensa más adelante en la vida. La tragedia de la libre moralidad del presente siglo es que destruye el respeto propio y la felicidad humana porque está construido sobre el principio de auto-destrucción de la gratificación personal. Y además excluye a todos aquellos que siguen en esta complacencia de participar en el reino de Cristo.
“Honroso es a todos el matrimonio, y el lecho conyugal sea sin mancilla. Pero Dios juzgará a los forni-carios y a los adúlteros”. Hebreos 13:4.
Debido a que los excesos sexuales están entre las expresiones más difundidas de la complacencia per-sonal en la sociedad moderna, la victoria aquí puede constituirse en un gran paso hacia adelante para obtener victoria en otras áreas de la vida.
Sin embargo, se debe reconocer que lejos de Cristo, los seres humanos no son capaces de este control. Para aquellos que se han comprometido en excesos sexuales o aborto, existe la seguridad del perenne amor, Cristo es capaz de salvar hasta lo sumo a todos los que se entregan a él en verdadero arrepenti-miento; listo para permitirle que los separe de sus antiguas formas. Ninguno necesita sentirse sin espe-ranza o sin ayuda. El Dios que condena el pecado envió a su Hijo en la semejanza de carne pecaminosa: “Para que la justicia que quiere la Ley se cumpla en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu”. Romanos 8:4.

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