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Los Sentidos.-

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Los Sentidos.-

Mensaje por LAURACAROLINA el Dom Oct 16, 2011 12:55 am

Los Sentidos.-

El hombre monitorea su ambiente externo por medio de sus doce a quince modalidades de sentidos, y es a través de estas modalidades que el cerebro y el sistema nervioso central reciben información. En gran medida la información sensorial controla las señales salientes de la mente. La maldad en el am-biente genera mal dentro de la mente.
La salud emocional y mental tiene mucho que ver con los impulsos sensoriales que recibimos, como también las respuestas individuales hacia estas impresiones. Estas respuestas a su vez están integral-mente ligadas con nuestra salud espiritual. Es obvio que no tenemos control total sobre los estímulos monitoreados por los órganos de los sentidos. Sin embargo también es cierto que tenemos considerable control. Se puede razonar que si nuestros mensajes recibidos son consistentemente de naturaleza nega-tiva no podremos cumplir el potencial dinámico que Dios tiene para nosotros. Las Escrituras dicen:
“Porque los que viven según la carne, piensan en los deseos de la carne. Pero los que viven según el Espíritu, piensan en los deseos del Espíritu. Porque la inclinación de la carne es muerte, pero la inclina-ción del Espíritu es vida y paz”. Romanos 8:5-6.
De manera que la vida espiritual establecida sobre la justicia imputada e impartida de Jesucristo no solo es una preparación para la vida eterna, sino que también ofrece una garantía de paz. Una persona emo-cionalmente perturbada carece de paz interior, pero el cristiano posee la fuente máxima de paz. Mucho depende de los mensajes que nuestros sentidos envían a nuestros cerebros. Pablo enfatiza la necesidad de resguardar cuidadosamente nuestra mente: “Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honorable, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en eso pensad”. Filipenses 4:8.
Es imposible para los humanos pensar en cosas que no tienen absolutamente ninguna relevancia con sus experiencias. Por ejemplo, sería imposible para un bebé pensar acerca de física nuclear. Está com-pletamente fuera de su rango de experiencia, y de hecho está fuera de la experiencia de muchos adultos.
Pero sí pensamos y contemplamos aquellas cosas que vienen dentro de nuestra esfera de experiencia perceptiva. Cada uno de los sentidos recibe constantemente información concerniente al ambiente. Esta recepción comienza mucho antes del nacimiento, mientras estamos en el estado prenatal, y por supuesto se expande vastamente poco después del nacimiento.
En el cambiante mundo en el que vivimos, las posibilidades preceptuales son casi ilimitadas. Todo tipo de estímulos están, como si fuera, peleando por cautivar nuestra atención.
La humanidad se ha vuelto más y más conciente de todos los varios aspectos de la atención humana, los varios esfuerzos del publicista, la persona que está tratando de alcanzarnos mediante los medios masivos de comunicación, aquellos que están tratando de vender sus productos. Aquellos que procuran atraer nuestra atención dirigen sus esfuerzos hacia el más amplio rango de audiencia humana. Algunas de estas cosas son buenas, algunos son provechosos; pero un vasto número están dirigidos hacia la destrucción del alma. No es sabio desear participar en todas las experiencias disponibles, y muchas veces somos grandemente beneficiados al evitar aquellas experiencias que probablemente obrarían contra nuestra salud mental y crecimiento espiritual.
No todo conocimiento es poder. Adán y Eva aprendieron esta lección tristemente en el Huerto del Edén. La percepción humana está nublada por el orgullo, el egoísmo, y otras emociones negativas. El pecado continuo disminuye la agudeza perceptiva. Es mediante la contemplación que el hombre es cambiado sea para bien o para mal. Pablo señala que al contemplar la gloria del Señor “Vamos siendo transformados de gloria en gloria, a la misma imagen, por el Señor que es el Espíritu”. 2 Corintios 3:18.
Algunos jóvenes ven un misticismo atractivo en aquello que es contrario al estilo de vida al que han es-tado acostumbrados.
Pero los jóvenes con una orientación cristiana necesitan darse cuenta con gran gratitud, de aquello de lo cual han sido preservados, en vez de permitir que su curiosidad los involucre en una forma de vida que es autodestructiva. Si bien el cristiano no se suscribe al rígido punto de vista determinístico de que so-mos simplemente la totalidad de nuestras experiencias perceptivas, no podemos negar que la Palabra de Dios señala que lo que vemos y escuchamos, lo que degustamos, olemos y sentimos ejerce una profunda influencia sobre la forma en que funcionan nuestros cerebros.
Si bien es casi imposible que nos escapemos de por lo menos algunas de las influencias corruptoras de nuestro ambiente si vamos a vivir una vida normal, no obstante no necesitamos entrar completamente en un banquete de nuestros sentidos sobre las cosas que son moralmente destructivas. Por lo tanto David clamó al Señor para evitar que sus ojos contemplaran lo falso y vano.
“Aparta mis ojos de la vanidad, vivifícame en tu camino”. Salmo 119:37.
Es especialmente importante que a los bebés se les provea de un ambiente moral sano. Su apreciación de los valores sencillos de la vida son destruidos al enfocar la mente sobre lo imaginario. En sus años de formación, las actitudes, creencias y sistemas de valor están siendo formados. También, en esta época de la vida resulta difícil discriminar entre lo real y lo irreal. Muchos niños atraviesan un estado de fantasía cuando se convencen que lo aparente es una realidad. Esta fantasía es a menudo asociada con juego aparente con animales que no existen. Muchos padres están profundamente preocupados con esta conducta y la consideran mentira de parte del niño. Pero no es mentira en el sentido normal de elabora-ción deliberada.
No ayudaremos al niño castigándole por el acto, lo cual con frecuencia conduce a represión por parte del niño, ni siguiendo con el juego de fantasía. Pero es importante ayudarle al niño a darse cuenta que nosotros discriminamos entre lo real y lo irreal al decir algo como: “sí, pero no es un mico de verdad, ¿no es así?”.
Un ambiente donde el niño sea capaz de relacionarse de manera constructiva con el mundo real es es-pecialmente importante en esta etapa. El niño es ayudado adicionalmente por el padre al reforzar un ob-jeto real o actividad que ha ocurrido, mediante un comentario apropiado. Con demasiada frecuencia en esta edad los niños son alimentados con las apariencias construidas alrededor de las historias de fantas-ía.
Estos en sí mismos no son de ayuda para el desarrollo del niño y son aún más devastadores cuando se vuelven parte regular de la dieta alimenticia de televisión del niño. Los padres necesitan hacer todo es-fuerzo para ayudarle al niño a discriminar entre lo real y lo irreal.
La televisión es especialmente devastadora para el niño de tierna edad, porque los niños de tierna edad no tienen los antecedentes o la experiencia que los capacite para manejar efectivamente estas experien-cias de fantasía. Por lo tanto tienden a integrarlos dentro de su vida real. De esta manera aquello que podría ser de menor influencia sobre un adulto (y aun esta evaluación es cuestionable) puede constituir-se en una influencia mayor sobre el niño. La televisión ha sido en gran medida responsable por el síndrome de entretenimiento que hace cada vez más difícil para los jóvenes relacionarse con, o disfrutar de los sólidos logros prácticos de la vida. Estudios han demostrado que prolongadas horas de ver tele-visión producen los patrones cerebrales de onda corta alfa que son los del sueño y estado de descanso en vez de las ondas beta más rápidas del patrón cerebral que controlan la normal actividad intelectual. Esta recepción pasiva de lo que es visto subestima los peligros de ver televisión.
Debemos ser conscientes que la mente es una entidad dinámica que no se apaga cuando se apaga el te-levisor. Los jóvenes reciben mucha de su experiencia indirectamente, a menudo un mínimo de cuatro a cinco horas al día, mediante los canales de televisión, y están obteniendo cada vez menos experiencia de la vida real. Esta orientación tiene implicaciones devastadoras, y algunos psicólogos han atribuido el incremento de la esquizofrenia y autismo en los niños y adolescentes a esta fuente específica.
Además, al contrario de un libro, la televisión o radio no permite una evaluación cuidadosa de lo que se escucha o presenta, porque inmediatamente se pasa a otro tema. El lector de un libro tiene la oportuni-dad de leer de nuevo, para contemplar y evaluar mucho más efectivamente. Pero aun aquí el tipo de lectura errónea puede tener efectos similares a los de la televisión, donde el mundo de la ficción está entrelazado en las fantasías de la mente. No se puede pasar por alto el impacto de la música. La música de rock pesada no sólo tiene implicaciones fisiológicas devastadoras, y ciertamente obra contra la tran-quilidad mental que Dios ha provisto para el hombre; sino que muchas otras clases de música tienen consecuencias similares.
En una era amante del placer es fácil, para las mentes tanto de niños como de adultos, enfrascarse en diversiones que no aprovechan y son contra producentes. Las diversiones buscadas simplemente por amor a la excitación y placer en última instancia siempre son insatisfactorias porque en sí son auto-gratificantes, y no son ni útiles ni una bendición para otros. Lo que el cristiano emprende lo acerca más a Dios y lo convierte en una mayor bendición para otros. Cualquier diversión excita la imaginación, bien sea el teatro, eventos deportivos, o lectura de novelas. Por lo tanto las diversiones son destructivas de una vida tranquila y del crecimiento espiritual. Aunque excitantes en el momento, tienden a ser seguidos por depresión que exige aun mayor excitación y de esa manera no contribuyen a una felicidad duradera. El cristiano inteligente controla su ambiente de tal manera que evita hasta donde sea posible, leer, ver o escuchar aquello que es dañino para su crecimiento espiritual. Tampoco debería pasar por alto la in-fluencia de los sentidos del tacto, gusto, y olfato.
Los niños usualmente aprenden a disfrutar el tipo de alimento que se les dio a comer cuando eran muy pequeños. Es por eso que los padres tienen la obligación de dirigir sus gustos de tal manera para que puedan disfrutar alimentos integrales. Si se les brindan alimentos condimentados cuando son jóvenes desearán esos alimentos más tarde en la vida. Similarmente aquellos a quienes se les brindan alimentos diseñados para la salud de la mente y el cuerpo valorarán tal dieta en la edad adulta.
Vale la pena observar aquellas influencias que proveen una atmósfera positiva para monitorear el mundo percibido del infante, el niño y el adolescente. Obviamente un ambiente rural hermoso y relajado, es superior al ambiente agitado y tensionante de las áreas urbanas. Los resultados de una buena lectura, buen compañerismo, de música relajante y edificación espiritual, del estudio de la Biblia, todos tienen un efecto positivo, fortalecedor sobre el desarrollo de la salud mental.
Las cosas espirituales se disciernen mediante las cosas sugeridas por el Espíritu Santo.
“Pero el hombre natural no percibe las cosas del Espíritu de Dios, porque le son necedad; y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente”. 1 Corintios 2:14.
Este discernimiento se logra más efectivamente en la medida en que el estudio sincero de la Palabra de Dios fortalece la mente contra el mal y el engaño de Satanás. El crecimiento espiritual es dependiente sobre una clara percepción que emana de Dios por medio del Espíritu Santo y se logra más prestamente cuando la vida es, hasta donde sea posible, rodeada por aquello que es puro y santo y cuando la mente es alimentada con alimento intelectual y espiritual integral. Con gran cuidado deberían los padres esco-ger los libros y revistas provistos para sus hijos.
Aquellos materiales que estimulan pensamientos de dedicación y de servicio siempre deberían estar disponibles, excluyendo lo imaginario, lo sensacional y ficticio. Los padres también tienen la responsa-bilidad de proveerles actividades recreativas que, de manera no competitiva, atraen a sus hijos hacia la gran obra natural creada por Dios, y la cual provee oportunidad para el crecimiento espiritual y servicio a los demás.

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