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Habituación.-

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Habituación.-

Mensaje por LAURACAROLINA el Dom Oct 16, 2011 12:54 am

Habituación.-

Mientras que los cristianos rechazan la posición conductivista que el hombre es la suma total de todas sus influencias ambientales, no obstante es cierto que la conducta presente al igual que las actitudes y creencias han sido desarrolladas y fortalecidas por el proceso de habituación. La comprensión cristiana de habituación, sin embargo, no es independiente de la alternativa y toma de decisión. El estableci-miento de patrones de hábito y formas características de comportamiento están sujetas a la influencia modificadora y controladora de los procesos mentales superiores que, si son bien desarrollados y em-pleados apropiadamente, se reflejarán crecientemente en pensamientos, palabras y acciones.
Durante el desarrollo prenatal, la infancia y niñez, los patrones de hábito son básicamente desarrollados de acuerdo con la influencia hereditaria, patrones de madurez e influencias de los padres. La interacción de estos factores establece un fuerte fundamento sobre el cual se establecerán los futuros hábitos y comportamientos. Al llegar el niño a los años de creciente independencia, mucho dependerá sobre los recursos de las experiencias anteriores, lo que determinará el grado al cual es capaz de comportarse de acuerdo a los principios y propósitos establecidos por los poderes superiores de la razón.
Sin embargo, si bien se sostiene que las experiencias tempranas tienen un profundo efecto sobre deci-siones posteriores, no se puede aceptar que este único factor constituye la única base de la conducta. Se ha acordado, sin embargo, que la repetición de los actos fortalece los hábitos de comportamiento, pero los humanos si tienen el poder para modificar, reemplazar o borrar aun los patrones de hábito largamente establecidos. La conversión de cualquier ser humano a Cristo involucra no solo la escogencia de liderazgo en la vida, sino también un cambio en el estilo de vida que en muchos casos es bastante radi-cal.
Si el hombre no tuviera el poder de escogencia, no habría tenido forma alguna de aceptar el poder de Cristo en su vida.
Entonces no habría esperanza que esos rasgos de carácter que definen la vida no convertida serían puestos a un lado a cambio de una vida modelada sobre la vida de Jesucristo. Si se aceptara un punto de vista de vida sencillo de estímulo-respuesta, ofrecería en el mejor de los casos una esperanza lenta e in-segura de cambio de vida y ofrecería especialmente poca, si acaso alguna, esperanza para los de edad media y madura de aceptar las exigencias de Cristo sobre sus vidas.
Sin embargo, la Biblia está repleta de ejemplos de cambios repentinos causados por conversiones. Za-queo, el ladrón en la cruz, y Pablo son ejemplos.
Las leyes de primacía y recientes—especialmente el primero—desempeña un papel en la formación de hábitos. La ley de primacía dice que las experiencias tempranas son más fuertes que las experiencias posteriores en la formación de los hábitos. Por tanto aquellos hábitos iniciados en la vida prenatal y comienzos de la postnatal del niño son más probables a dominar que los hábitos establecidos poste-riormente. Por esta razón se requiere mucho cuidado de parte de los padres durante estos meses de for-mación. Hábitos pobres establecidos tempranamente, militan contra la obra del Espíritu Santo en la vida posterior. Por otra parte, unos sabios esfuerzos de parte de los padres le ayudará al infante a des-arrollar patrones de vida que facilitará su futura respuesta al llamado del Espíritu Santo.
La ley de recientes dice que la mayoría de los hábitos recientes tienden a ser fuertes. Esta ley es también significativa para los cristianos, porque si la última respuesta es coherente con el compromiso cristiano, entonces hay mayor probabilidad que la respuesta se repetirá subsecuentemente en circunstancias similares. Pero ceder a la tentación aumenta la probabilidad de ceder de nuevo.
Una ley de máxima importancia es la ley del ejercicio. La frecuencia con la que se repite un comporta-miento determina en gran medida la fuerza de un hábito. Aquellos hábitos motivados por propósitos egocéntricos son más fácilmente fortalecidos por el ejercicio que aquellos motivados altruistamente. Por tanto se requieren mayores esfuerzos y decisiones más específicas para establecer buenos hábitos. De parte de los padres, se requiere paciencia, un esfuerzo coherente, y posteriormente esto se necesita de la persona misma cuando está desarrollando sus propias respuestas independientes en la vida. El mayor fundamento para la formación de buenos hábitos es el dominio propio, y esta cualidad es fortalecida mediante el ejercicio.
La participación de la voluntad es esencial para el rompimiento de los malos hábitos y su erradicación, así como para el establecimiento de hábitos valederos. Si bien el hombre es incapaz de romper los hábi-tos pecaminosos sin el poder de Cristo, tampoco pueden ser rotos sin el reconocimiento de que son ma-los, un deseo de romper la esclavitud del pecado, y un sincero esfuerzo para eliminar el mal. Una vida victoriosa resulta solamente cuando el esfuerzo humano inadecuado se entrega por fe al poder de Cristo quien es el único que efectúa la transformación que cambia los hábitos voluntariosos en patrones de conducta semejantes a los de Cristo. Este cambio es lo que Cristo quiso decir en su dialogo con el fari-seo, Nicodemo. “El que no nace de nuevo, no puede ver el reino de Dios”. Juan 3:3.
Debe haber una intervención divina en la vida antes que el esfuerzo humano pueda efectuar una trans-formación del egocentrismo al patrón de vida centrado en Dios. Pablo endosa completamente esta ver-dad cuando declara: “Por lo tanto, si alguno está en Cristo, es una nueva creación. Las cosas viejas pa-saron, todo es nuevo”. 2 Corintios 5:17.
La importancia de la habituación es vista en la respuesta a la tentación. Si cedemos a la tentación, el poder de resistencia se debilita y la conciencia se embota. Cada repetición aumenta el debilitamiento, y si se practica durante suficiente tiempo, la reversión del hábito puede ser casi imposible. Sin embargo, si la tentación es resistida, y mediante el poder de Cristo se vence, la fibra moral del hombre es fortalecida en vez de debilitarse.
La Biblia enfatiza la relación entre los eventos causativos y sus consecuencias. Pablo dice: “No os en-gañéis, nadie puede burlarse de Dios. Todo lo que el hombre siembre, eso también segará. El que siem-bra para su carne, de la carne segará corrupción. Pero el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna. No nos cansemos, pues, de hacer el bien, que a su tiempo segaremos, si no desfallecemos”. Gálatas 6:7-9.
Las decisiones tomadas, con frecuencia conducen a consecuencias mucho más allá de los asuntos ini-ciales, y la sabiduría dictamina que aun las pequeñas decisiones de la vida deben realizarse con cuida-do. Salomón en lenguaje metafórico indicó esta verdad cuando manifestó: “Las zorras pequeñas,... echan a perder las viñas”. Cantares 2:15.
Quiere decir que son los pequeños pecados los que arruinan la vida.
La aceptación de Cristo puede ser instantánea, y la transformación de la vida de alianza a Satanás hacia Cristo es instantánea. Este compromiso inevitablemente conduce a un cambio de conducta inmediata, con frecuencia de naturaleza dramática. No obstante, mientras que el cambio de dirección de la vida es instantáneo, el crecimiento y desarrollo del verdadero cristiano es continuo y para toda la vida. Es por eso que frecuentemente la vida cristiana es considerada como un crecimiento (1 Pedro 2:2), y como una experiencia de aprendizaje (Deuteronomio 4:10). Por lo tanto, aunque la transferencia de alianza es instantánea, hay la necesidad de un crecimiento diario que resulta del estudio de la Palabra de Dios, de las invitaciones del Espíritu Santo y de una vida rica en oración, facilitando de esta manera nuevas dimensiones de vivencia cristiana por ser comprendidas y practicadas.
Adicionalmente, mientras que la conversión conduce a muchos cambios inmediatos de comportamiento abierto, los hábitos viejos pueden reaparecer cuando inesperadamente surgen circunstancias adversas y repentinas. Por ejemplo, alguien que en el momento de su conversión haya eliminado la blasfemia y la obscenidad de su vocabulario, puede no obstante, para su gran consternación, revertir a ello si repenti-namente se golpea un dedo del pie. Sin embargo, al confesar el pecado y en la medida en que crece y establece el hábito de pureza de Cristo en su vida, menos y menos en situaciones adversas usará un vo-cabulario contrario al estilo de Cristo ni siquiera en actos reflejos. La práctica del cristianismo conduce a una victoria completa, y finalmente llega el día cuando bajo ninguna circunstancia se usa un lenguaje contrario al vocabulario de Cristo.
No es posible ignorar la influencia que los factores hereditarios y de madurez ejercen para determinar la posible dirección de los patrones de hábito, pero no debe ser aceptado que estos son inmodificables o lo mejor para uno. Se debe reconocer que el cristianismo invita a un cambio de las tendencias inherentes, y que el poder de Cristo es capaz de cambiar a los hombres de aquellos patrones heredados o adquiridos, que son autodestructivos y conducen a la separación eterna de Dios. No es aceptable asumir que porque un hombre tiene un patrón característico en la vida que “es él”, y no puede o no necesita ser cambiado. Cualquier cosa que no es semejante a Cristo, Jesús nos ha asegurado que podemos vencer en su fortaleza. Toda forma pecaminosa complacida, fortalece los hábitos del mal y debilita el control. No solo la bondad se destruye por la complacencia propia, sino que también la alegría y la paz mental. En vista de que es más fácil ser educado para el mal, resulta más difícil cambiar fuertes hábitos negativos.
Hay mucha advertencia contra la complacencia voluntaria del pecado. Salomón expresa el peligro ca-tegóricamente: “El camino de los impíos es como la oscuridad, no saben en qué tropiezan”. Proverbios 4:19.
Pedro también vio una relación similar para el impío. “Especialmente a los que siguen los deseos co-rruptos de la carne, y desprecian el señorío divino. Atrevidos, rebeldes, que no temen hablar mal de las potestades superiores, mientras que los ángeles, que son mayores en fuerza y en potencia, no pronuncian juicio de maldición contra ellos ante el Señor. Pero estos hombres hablan mal de las cosas que no entienden. Son como bestias brutas, nacidas para ser cazadas y destruidas. Y como las bestias también perecerán. Serán retribuidos con daño por el daño que cometieron. Se complacen en el libertinaje en pleno día. Son sucios, manchados, y mientras comen con vosotros se recrean en sus errores. Tienen los ojos llenos de adulterio, y no se sacian de pecar. Seducen a los inconstantes, tienen el corazón ejercitado en codicias, y son hijos de maldición. Han dejado el recto camino, se han extraviado, y siguieron el camino de Balaam, hijo de Beor, que amó el premio de la maldad”. 2 Pedro 2:10-15.
La oración de David era que el Señor le conservara el corazón de hacer cualquier cosa pecaminosa.
“No dejes que se incline mi corazón a cosa mala, a obras impías con los malhechores; no coma yo de sus deleites”. Salmo 141:4.
Toda la exhortación y estímulo de amigos cristianos y familiares a revertir o evitar los hábitos pecami-nosos será inútil a menos que la mente carnal esté sometida y se le permita al Espíritu Santo controlar la mente. Es el secreto para la eliminación de hábitos malos y el establecimiento de buenos hábitos.
Los pensamientos puros y santos no surgen en forma natural en la mente del hombre o de la mujer in-conversa. La mente carnal (natural) no es capaz de obedecer la ley de Dios.
“Porque la inclinación de la carne es contraria a Dios, y no se sujeta a la Ley de Dios, ni tampoco pue-de”. Romanos 8:7.
Por lo tanto la mente carnal sigue senderos de pecado. Sin embargo el cristiano no es un autómata. La decisión es suya, si le permitirá al Espíritu Santo transformar su vida, y el también debe ejercer su es-fuerzo e influencia de parte del bien hasta lo sumo.
El desarrollo de hábitos benéficos es crítico no solo a la autovalía sino también para la alegría y pureza de la vida. La disponibilidad de tiempo libre no planificado puede ser muy nocivo. El ocio y la pereza proveen la plataforma para un amplio rango de conducta improductiva e indeseable. De manera que desde sus más tempranos años a los niños se les debiera enseñar hábitos de industria. Este entrenamien-to constituye una gran barrera contra el desánimo y desaliento. También el desarrollo de hábitos de re-gularidad y orden colocan el fundamento para actividades provechosas en otras esferas de la vida. La manera en que el joven es educado es vital para futuros patrones de hábito. De manera que Pablo aboga porque los padres críen a sus hijos fomentando y amonestándoles acerca del Señor.
“Y vosotros, padres, no irritéis a vuestros hijos; sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor”. Efesios 6:4.
Salomón da la seguridad que la educación correcta de los hijos será recompensada por una conducta correcta en la edad adulta.
“Adiestra al niño en el camino que debe seguir, aunque sea anciano, no se apartará de él”. Proverbios 22:6.
Sin embargo, debemos reconocer que la decisión final corresponde a cada individuo, y se necesita el esfuerzo personal unido al poder del Espíritu Santo para obtener victoria sobre los hábitos pecaminosos.
“Someteos, pues a Dios. Resistid al diablo, y él huirá de vosotros”. Santiago 4:7.
Mientras que es usual asociar los hábitos con la conducta visible, es necesario reconocer que los hábitos tienen su fuente en la mente. Por lo tanto Salomón dijo: “Porque tal como piensa en su corazón, así es él”. Proverbio 23:7.
Adicionalmente, Salomón advirtió: “Por encima de todo, guarda tu corazón, porque es la fuente de la vida”. Proverbio 4:23.
Y Jesús dijo: “Porque de la abundancia del corazón habla la boca”. Mateo 12:34.
Es indudablemente a la luz de esta relación entre pensamientos, palabras y actos que el salmista escribió: “Sean gratos los dichos de mi boca y la meditación de mi corazón ante ti, Señor, Roca mía y Redentor mío”. Salmo 19:14.
El monitoreo de patrones de pensamiento es esencial para la formación de hábitos de conducta prove-chosos los cuales constituyen el fundamento del carácter y son fundamentales para el crecimiento cris-tiano. El vencimiento de los hábitos pecaminosos requiere de la decisión de servir a Dios, porque es a través de la voluntad que el pecado logra su victoria sobre el hombre hasta que la voluntad queda casi paralizada, al punto que es casi imposible tomar decisiones correctas. Requerirá de esfuerzo y control de la voluntad, para apartarse del mal y dirigirse hacia hábitos provechosos, pero los resultados serán grandemente recompensados. Las Escrituras frecuentemente nos exhortan a practicar el bien y aparta-mos del mal.
“Apártate del mal, haz el bien, busca la paz, y síguela”. Salmo 34:14.
“Apártese del mal, y haga el bien. Busque la paz, y sígala”. 1 Pedro 3:11.
Adicionalmente, la práctica del bien es referida en las Escrituras como un proceso de aprendizaje:
“Aprended a hacer bien. Buscad justicia, restituid al agraviado, defended al huérfano, amparad a la viuda”. Isaías 1:17.
“Con mi corazón te he deseado en la noche, y con todo mi espíritu te busco en la madrugada. Porque cuando hay juicios tuyos en la tierra, los habitantes del mundo aprenden justicia”. Isaías 26:9.
“Y si aprenden bien los caminos de mi pueblo, para jurar en mi Nombre, diciendo, ‘Vive el Señor’, así como enseñaron a mi pueblo a jurar por Baal, serán prosperados en medio de mi pueblo”. Jeremías 12:16.
Pero es más que un proceso de aprendizaje. La voluntad puede ejercitarse coherentemente para el bien solo cuando está unida a una confianza inquebrantable en Dios.
“Confía en el Señor, y haz el bien; habita en la tierra y cultiva la fidelidad”. Salmo 37:3.
Es esta confianza lo que le permite al firme de propósito apartarse del mal.
“Apártate del mal y haz el bien, y vivirás para siempre”. Salmo 37:27.
La confianza en Dios provee poder para vencer tanto los patrones de comportamiento aprendidos como también los inherentes que son incoherentes con la plenitud de la vida. El profeta Jeremías lo establece claramente al decir que el hombre por sí mismo es incapaz de cambiar sus malos hábitos.
“¿Puede el etíope cambiar el color de su piel, o el leopardo sus manchas? Así, tampoco podréis vosotros hacer bien, estando habituados a hacer el mal”. Jeremías 13:23.
De manera que debemos enfrentarnos a cada hábito pecaminoso, y mediante una confianza irrevocable en Cristo cambiar nuestras antiguas maneras de ser. Esta confianza, puede ejercitarse solamente cuando se haya renunciado completamente al yo, porque solo entonces puede la voluntad del hombre reunifi-carse con seguridad con la voluntad de Dios. Cuando Dios controla nuestra voluntad entonces nuestros pensamientos, palabras, emociones y hechos son controlados. Es sólo entonces que podemos cumplir el mandato galardonador:
“Amad, pues, a vuestros enemigos, haced bien y prestad, sin esperar de ello nada. Y vuestro galardón será grande, y seréis hijos del Altísimo; porque él es benigno aun con los ingratos y malos. Sed, pues, misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso. No juzguéis, y no seréis juzgados. No conden-éis, y no seréis condenados. Perdonad, y seréis perdonados. Dad, y se os dará. Os darán una medida buena, apretada, remecida y rebosante. Porque con la medida con que medís, os volverán a medir”. Lu-cas 6:35-38.
Mientras que la búsqueda de recompensa nunca será el motivo para actos buenos, hay inevitablemente un rico galardón que encuentra su expresión en la fortaleza física, emocional y la salud mental. Es el Espíritu de Dios el que educa la mente para buscar valores espirituales, y motiva hacia actos de pureza y santidad.
Los hábitos son el fundamento del carácter. Aun los actos más diminutos constituyen el carácter. Por lo tanto el hacer el bien persistente y coherentemente, es la base para perfeccionar un carácter cristiano. También debe haber un recordatorio constante de la voluntad de Dios y su camino para que se desarro-lle una base comprensiva y bien establecida del bien hacer. Por ejemplo, Dios le instruyó a Israel a en-señar su ley constantemente a sus hijos mientras implantaban sus preceptos en sus propios corazones. Sin embargo cada prueba, tribulación y tentación debe ser vencida una a la vez. Hay quienes han estado entrampados en el pecado durante muchos años. Es la responsabilidad del cristiano demostrarle a estos tentados que Dios ofrece una manera de vida enteramente superior, y que al mismo tiempo provee el poder para vivir esa vida.
Pero las leyes de la habituación son tales que aunque Cristo perdona y restaura, la vida es manchada proporcionalmente por las tentaciones a las que uno cede. Además, nuestros talentos concedidos por Dios son limitados en igual grado. Es una decisión seria continuar en el pecado una vez que el conoci-miento de la verdad es obtenido, porque cada hábito malo debilita el desarrollo físico, emocional y es-piritual. Aquellos que consideran que están en libertad de seguir en la búsqueda de logros mundanos por un tiempo, esperando entregarse a Dios más tarde en la vida, toman una decisión temiblemente pe-ligrosa. No solo están limitando en igual grado el tiempo y la efectividad de su utilidad para Dios, sino que también se enfrentan a las consecuencias de persistir en los malos hábitos que constantemente de-bilitan su resolución hasta poder llegar a no desear siquiera caminar por las sendas de justicia.
Las pruebas y tentaciones son permitidas para que muchos puedan escoger: fortalecer los hábitos del mal al ceder, o fortalecer los hábitos de hacer el bien al resistir. Cada defecto debilita, y cada victoria fortalece la senda de justicia. El poder de Cristo está prestamente disponible a todos aquellos que since-ramente procuran quebrantar los lazos de los malos hábitos establecidos sobre tendencias hereditarias al mal. El deseo y esfuerzo humano es necesario, pero no es una base suficiente para la formación de hábitos de bien y pureza. La victoria continua resulta sólo cuando nuestros deseos y esfuerzos le permi-ten a Cristo eliminar todos los motivos eogocéntricos, para que el poder de su Espíritu pueda hacer la obra de santificación en nuestras vidas.

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