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Motivación.-

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Motivación.-

Mensaje por LAURACAROLINA el Dom Oct 16, 2011 12:52 am

Motivación.-

Generalmente se sostiene que ningún comportamiento resulta a menos que haya una motivación, porque la motivación incita la acción. La motivación puede ser ampliamente igualada con el dinamismo, incentivos, apetitos, aversiones y necesidades.
Es el motivo lo que determina la verdadera naturaleza de los actos del hombre. Cristo enfatizó este hecho al alabar la viuda que dio todo lo que tenía—dos blancas—para la tesorería del templo. En reali-dad ella había dado mucho más que los ricos quienes habían dado grandes donativos de sus abundan-cias.
Dios tiene en alta estima todo acto iniciado por un interés altruista hacia otros, mientras que los regalos más ostentosos iniciados por motivos egoístas, son inaceptables y fallan en bendecir al donante. Por lo tanto el acto de dar debe iniciarse por una motivación generosa.
“Cada uno dé como propuso en su corazón, no con tristeza, ni por necesidad; porque Dios ama al que da con alegría”. 2 Corintios 9:7.
Mientras que frecuentemente resulta fácil determinar las bases de comportamientos particulares, éste no es siempre el caso. Por ejemplo, usualmente es razonable asumir que alguien que esté comiendo está saciando el hambre. Sin embargo, con el conocimiento actual, es obvio que esta conclusión necesaria-mente no es así, y la motivación puede estar relacionada con un amplio espectro de motivos sociales, ansiedades o inclusive presiones de grupo; de manera que meramente por el comportamiento en sí nunca podemos estar seguros de la motivación precisa que ha incitado tal conducta.
No obstante, es posible asumir que la mayoría de las malas conductas son incitadas por motivos errados. Por ejemplo, el robo casi inevitablemente habrá sido incitado por alguna forma de autoindulgencia; la conducta adúltera por motivos lujuriosos.
Por otra parte, es mucho más difícil asumir que “una buena conducta” ha resultado automáticamente de buenos motivos.
Frecuentemente, muy “buenos” actos han resultado de motivaciones impuras y auto-centradas, motiva-ciones relacionadas con la obtención de auto-aprobación, autoaclamación, aceptación y prestigio social. Sin embargo, el cristiano no puede pasar por alto el hecho que los motivos constituyen la base sobre la cual su relación con Dios está asegurada. Dios ha declarado: “Porque tal como piensa en su corazón, así es él”. Proverbios 23:7.
Los verdaderos determinantes del carácter de un hombre no están en las acciones en sí mismas, sino en la relación del corazón con Cristo. Por tanto si es verdad que la acción de compasión y altruismo será el fruto de aquel cuya vida Cristo ha transformado, acciones similares pueden, en muchos casos, ser reali-zadas por aquellos cuyos corazones carecen por completo de compromiso con Cristo.
Generalmente, los impulsos están divididos en dos grupos, aquellos que son de origen biológico, usualmente referidas como impulsos universales, y aquellos que se adquieren durante la vida, referidas a menudo como tendencias sociales. Es convencional designar los impulsos biológicos como básicos y las tendencias sociales como secundarias. Sin embargo, esta designación no debería considerarse como indicio que los impulsos biológicos necesariamente son más fuertes que los motivos sociales. Es verdad que al nacer los impulsos dominantes son biológicos, tales como la respiración, el hambre, la sed, el evitar el dolor, el descanso y la excreción. Sin embargo, durante el proceso de aculturación, frecuente-mente las tendencias sociales se desarrollarán en gran medida, y en muchos casos dominará inclusive a los impulsos biológicos.
Por ejemplo, el tacaño que acumula su dinero puede sufrir o inclusive morir por mala nutrición. Un es-tudiante altamente motivado por el éxito académico puede privarse a sí mismo de mucho descanso; y el impulso sexual puede llegar a estar mayor o totalmente subsirviente a una amplia gama de metas sociales o motivos. Por lo tanto, los impulsos básicos solo son primarios en el sentido que son innatos, y los impulsos secundarios solamente clasificados de esta manera porque son desarrollados después de los impulsos básicos.
Se han realizado muchas discusiones para determinar la naturaleza de impulsos emotivos tales como el amor, el gozo, la simpatía, y la seguridad, junto con las emociones aversivas de sentimientos de culpa, tristeza, ansiedad, temor, depresión, dolor, ira, celo y odio. La mayoría de los psicólogos consideran que la mayoría de las emociones son aprendidas y ciertamente las expresiones específicas de emociones son aprendidas. Sin embargo, muchos psicólogos están de acuerdo en que probablemente la emoción del temor y la necesidad de seguridad son inherentes, y la última probablemente forma la base para el desarrollo del amor. En la vida adulta las emociones forman algunos de los estímulos más fuertes para la acción. Mientras puede parecer que algunas emociones son positivas y otras negativas, un análisis cuidadoso de parte del cristiano indicará que toda emoción puede expresarse de manera positiva, centrada en Dios, o de forma negativa centrada en sí mismo. La forma en la que algunos impulsos bio-lógicos como respirar, sed y hambre han sido desviados y el impulso sexual ha sido pervertido, se ana-liza en otra parte de este libro. Por otra parte, las emociones mismas también ofrecen expresiones po-sitivas y negativas. Aun los mejores motivos, como el amor, ofrecen connotaciones negativas y el peor, como el odio, connotaciones positivas.
Para el tiempo, en la vida de los seres humanos, en que se reconoce y experimenta a Cristo, muchos de los motivos, tanto biológicos como adquiridos, ya tienen fuertes tendencias hacia la maldad. En muchos casos puede parecer casi imposible cambiar estos motivos negativos ya desarrollados, pero Dios tiene el poder absoluto, mediante la victoria de su Hijo, para que todos los que desean puedan ganar victoria sobre toda tendencia al mal de los impulsos biológicos y adquiridos.
Frecuentemente nuestras mentes se han contaminado debido a la masa de estímulos improductivos que han impregnado los sentidos desde la más temprana edad. Pero hay una respuesta a esta contaminación mental. Lenta pero ciertamente esta acumulación de corrupción mental puede ser eliminada de la mente mediante el estudio y meditación de la Palabra de Dios.
El análisis de David es pertinente aquí: “En mi corazón he guardado tus dichos, para no pecar contra ti”. Salmo 119:11.
La pureza de la verdad elimina la corrupción de las experiencias pasadas. Pero es en el compromiso total de la vida hacia Cristo, a la sombra de la experiencia del nuevo nacimiento, que los hombres y mujeres desarrollan un patrón de motivación completamente nuevo. Pablo nos asegura que cuando el hombre nace de nuevo es una nueva creación.
“Por lo tanto, si alguno está en Cristo, es una nueva creación. Las cosas viejas pasaron, todo es nuevo”. 2 Corintios 5:17.
Únicamente esta experiencia del nuevo nacimiento puede potenciar a una transformación total de los motivos del hombre.
En muchos pasajes de las Escrituras el estado natural del hombre está claramente definido. Pablo decla-ra que la posesión de una mente carnal (o sea, los intentos y motivaciones naturales del hombre) es contraria a la posesión de motivaciones justas.
“Porque la inclinación de la carne es contraria a Dios, y no se sujeta a la Ley de Dios, ni tampoco puede. Así, los que viven según la carne no pueden agradar a Dios”. Romanos 8:7-8.
Jeremías lo dijo gráficamente: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso, ¿quién lo conocerá?”. Jeremías 17:9.
Salomón declara: “Abominación para el Señor son los pensamientos del malo, pero le agradan las ex-presiones de los limpios”. Proverbios 15:26.
Jesús manifestó: “Porque del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los robos, los falsos testimonios y las calumnias”. Mateo 15:19.
Aunque el hombre puede normalmente cambiar algunos de los patrones de conducta que surgen de tales procesos de pensamiento, es totalmente incapaz, por sí mismo, de cambiar el estado de su corazón.
Solo cuando el hombre admite su incapacidad total para cambiar sus pensamientos y motivos, acudirá a Cristo en busca de respuestas. La lucha está vívidamente descrita por Pablo en Romanos 7, donde pre-senta a un hombre que es carnal, un esclavo del pecado, quien en su propia fuerza trata de encontrar la correcta relación con Dios mediante su propio esfuerzo humano. Él descubre que todo lo que quiere hacer fracasa, y aquellos patrones de vida que sinceramente quiere evitar son precisamente los patrones que está siguiendo, hasta que en desesperación exclama: “¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?”. Romanos 7:24.
Inmediatamente le llega la respuesta: “¡Gracias doy a Dios, por nuestro Señor Jesucristo!”. Romanos 7:25.
Aquí Pablo muestra la respuesta sencilla pero perfecta al dilema motivacional del hombre. Sin el poder de Cristo permaneciendo dentro, en el mejor de los casos tendremos motivos ambiguos. Es en el reco-nocimiento de esta verdad que Pablo en Romanos 8 continúa: “Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús habita en vosotros, el que levantó a Cristo Jesús de entre los muertos, vivificará también vuestro cuerpo mortal, por medio de su Espíritu que habita en vosotros”. Romanos 8:11.
Es mediante el poder del Espíritu Santo morando en uno, que el corazón del hombre es transformado de motivos egoístas a motivos de amor. Es con esta comprensión que reconocemos el significado del con-sejo de Pablo: “Haya en vosotros el mismo sentir que hubo en Cristo Jesús”. Filipenses 2:5.
Es solo en la medida que los motivos de Cristo activan la conducta del hombre que sus acciones pueden fluir de un corazón de amor. Ahora se puede percibir lo que quiso decir Salomón cuando dijo: “Los pensamientos de los justos son rectos”. Proverbios 12:5.
Estos pensamientos pueden ser rectos solamente mientras la mente de Cristo sea el poder controlador de la vida. Por lo tanto, el significado de la entrega total del corazón a Dios no se puede enfatizar de-masiado. El Señor invita al hombre a venir a él de todo corazón.
“Por eso dice el Eterno, convertíos ahora a mí con todo vuestro corazón, con ayuno, llanto y luto”. Joel 2:12.
Pablo nos exhorta a poner en cautiverio “Todo pensamiento en obediencia a Cristo”. 2 Corintios 10:5.
David adicionalmente oró al Señor para que “Sean gratos los dichos de mi boca y la meditación de mi corazón ante ti, oh Eterno, Roca mía y Redentor mío”. Salmo 19:14.
Sin embargo, es imposible para el hombre cambiar su corazón o por sí mismo recibir la mente de Cristo. Aun el cambio de la mente debe ser un acto de Dios. Todos pueden repetir la oración de David:
“Oh Dios, crea en mí un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí”. Salmo 51:10.
Los motivos del hombre solo pueden ser cambiados en la medida en que se le permita a Cristo, eliminar la mente carnal y reemplazarla con su propia mente. Quizás no haya nada mejor como barómetro del crecimiento espiritual que nuestra relación con las posesiones y riqueza. Dios ha designado una décima del ingreso del hombre, el diezmo, como suyo y permite que el hombre sea bendecido al dar ofrendas y cuidar de los necesitados en la medida de sus capacidades.
No podemos dar nuestras mentes a Cristo; no podemos controlar nuestros pensamientos, pero diaria-mente podemos pedirle a Cristo que los tome de manera que aun los motivos que inicien nuestras pala-bras y acciones puedan estar santificados por la vida Divina. La promesa de la mente renovada es clara. El Señor declaró: “Y les daré un corazón para que conozcan que Yo Soy el Eterno”. Jeremías 24:7.
Y aun en un lenguaje más específico él promete: “Os daré un corazón nuevo, y pondré un espíritu nuevo dentro de vosotros. Quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne”. Ezequiel 36:26.
Es dentro de este contexto que la mente del cristiano es hecha de nuevo. Ningún esfuerzo humano, nin-guna lucha o privación puede producirlo, pero el sencillo sometimiento a Cristo de la totalidad de la vi-da lo logrará. Es solo entonces que el hombre podrá guardar la ley de Dios. En su propia fuerza la obe-diencia es imposible, porque sus propios pensamientos son perversos y contaminados. Jesús declaró que los pensamientos adúlteros son una violación del séptimo mandamiento: “Pero yo os digo, el que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón”. Mateo 5:28.
Juan declaró que el odio equivale al homicidio: “Todo el que aborrece a su hermano es homicida. Y sabéis que ningún homicida tiene vida eterna permanente en él”. 1 Juan 3:15.
La ley de Dios es observada cuando la mente es controlada por Cristo, y es en este sentido que Dios ha prometido el cumplimiento de su pacto: “Pondré mi Ley en sus mentes, y la escribiré en sus corazo-nes. Y seré su Dios, y ellos serán mi pueblo”. Jeremías 31:33.
Cuando las acciones son incoherentes con los motivos, el servicio del hombre es inaceptable a Dios.
“¡Hipócritas! Bien profetizó Isaías de vosotros: ‘Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí’”. Mateo 15:7-8.
Cuando las palabras y las acciones son incoherentes con los motivos, el resultado será inevitablemente confusión y conflicto.
Por lo tanto, la purificación de la mente es quizás el aspecto más crítico para determinar la salud mental de los hombres y mujeres.
En su Sermón del Monte, Jesús dijo: “Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios”. Mateo 5:8.
La salud mental es adicionalmente asegurada por Isaías: “Tú guardas en completa paz al que persevera pensando en ti, porque en ti confía”. Isaías 26:3.
Nada podría resumir mejor la motivación de un cristiano que las palabras de despedida de Pablo a Ti-moteo: “El propósito de este mandato es el amor nacido de un corazón limpio, de buena conciencia y de una fe no fingida”. 1 Timoteo 1:5.

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