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Los Peligros de la Consejería

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Los Peligros de la Consejería

Mensaje por LAURACAROLINA el Dom Oct 16, 2011 12:36 am

Los Peligros de la Consejería

Durante las últimas décadas pasadas, la consejería se ha expandido como un mamut, una industria mul-timillonaria, con un cada vez más creciente número de personas asumiendo el papel de consejeros a las incontables multitudes de hombres, mujeres y niños quienes están sufriendo de una u otra manera las variadas formas de problemas emocionales.
La iglesia cristiana rápidamente ha asumido el papel, especialmente como ha sido visto que más y más personas están buscando consejo de los psicólogos y psiquiatras y alejándose del clero que tradicional-mente ha desempeñado este papel. Esta tendencia ha llevado a muchos pastores de iglesia a buscar ma-yor preparación en consejería y a desarrollar técnicas de consejería efectivas en su trabajo pastoral. La consejería no es un nuevo arte, porque hay muchos ejemplos en el Antiguo y el Nuevo Testamento donde se brindó consejo. Por ejemplo, en el ministerio de Cristo, hombres como Nicodemo y el joven rico lo buscaron para un aconsejamiento directo que guiaría sus vidas personales. Sin lugar a dudas hay valor en el mutuo aconsejamiento entre hombres y mujeres para fortalecer el uno al otro y conducir por sendas de justicia. Hay, no obstante, serios peligros en la consejería, especialmente hoy en día cuando muchos ministros han tendido a colocar la fortaleza de su obra en el ministerio de la consejería. Es importante analizar algunos de los peligros relacionados con esta obra, tanto para el aconsejado como para el consejero.
Un papel esencial de cada cristiano es aprender completa dependencia de Cristo y no del hombre. Dios es al que debemos mirar para una comprensión del deber individual. Es correcto que la hermandad se aconseje mutuamente, pero cuando un hombre organiza justamente lo que otro debería hacer, que éste responda que ha escogido al Señor por su consejero.
Hay el peligro en que los hombres reciban el consejo de otros hombres, y al hacer esto desechen el con-sejo de Dios.
Este peligro es el primer peligro de la consejería. A sabiendas o inconscientemente el consejero puede animar a su aconsejado a depender solamente de él en vez de confiar en Dios. Aún el consejero más dedicado nunca puede tomar el lugar de Dios, y hay una creciente tendencia para que los hombres mi-ren a los hombres en vez de a Dios. En muchos casos tal dependencia se ha vuelto debilitante a la esta-bilidad espiritual y emocional del aconsejado, porque siente tal dependencia del consejero que frecuen-temente, cuando está separado del consejero, experimenta una pérdida, un vacío y un temor que sobre-viene como resultado de su total dependencia del hombre. Este peligro puede evitarse cuando el conse-jero enfatiza que, mientras es incapaz de solucionar cualquiera de los asuntos que surjan, él puede dirigir al aconsejado al verdadero Consejero y a su palabra escrita. Sobre todo lo demás, la meta del consejero en su consejería debería ser desviar al aconsejado del hombre y dirigirlo a Dios, ayudándole a contarle sus problemas al Señor en vez de al hombre. Cualquier indicio de que está desarrollando una de-pendencia humana debe ser rápidamente, aunque con cariño, tratada por el consejero de una manera que ayudará al que está buscando consejo a acercarse más a Dios como su verdadera fortaleza y confianza.
Todo consejo debería ser dado en el temor y conocimiento de Dios. Cada esfuerzo debería realizarse para ayudar a la persona a ver a Cristo como Aquel en quien puede depositar sus problemas. Infortuna-damente, algunos hombres en la actualidad pasándose por consejeros cristianos están brindando consejo en oposición directa a las más explícitas palabras de la Escritura. De ahí que algunos hayan aconsejado a los esposos a divorciarse de sus esposas con el fin de lograr la felicidad.
Tal consejo a quebrantar votos solemnes hechos delante de Dios no provienen de nuestro Creador. Las consecuencias de la aceptación de tal consejo es mayor miseria e inestabilidad emocional y, aún peor, alejamiento de Dios.
Se puede experimentar algunas dificultades cuando alguno que está buscando consejo no está orientado hacia el cristianismo e inclusive puede ser antagónico ante la sugerencia de que Cristo tiene alguna res-puesta viable a sus necesidades. En dicha situación, la sabiduría dictamina que el consejero no destruya su aceptación por parte del paciente refiriéndose a las respuestas del cristianismo. Sin embargo, esta táctica en ninguna manera le impide al consejero a referirse a aquellos principios que están basados en la Biblia. Estos principios siguen siendo los mejores para la salud mental. Más adelante, cuando el aconsejado haya visto su valor en su recuperación, el consejero podrá mostrarle que son principios de Dios. A partir de ahí el aconsejado puede ser ayudado a ver la seguridad de depositar sus inquietudes ante Cristo.
El segundo peligro al que se enfrenta el consejero es el del egoísmo. Es fácil desarrollar egoísmo en tanto que más y más personas buscan consejo y guía de él. Este peligro representa una profunda ame-naza para el alma del consejero, porque el egoísmo, nacido del yo incontrolable, impide su propio desa-rrollo cristiano. Cualquier hombre que asuma para sí mismo un papel que Dios nunca le ha confiado está en grave peligro.
Podemos estar ciertamente de acuerdo que Dios es profundamente deshonrado cuando los hombres han sido colocados en la posición donde Dios debería estar. Solamente Dios puede dar consejo inequívoco.
El egoísmo del consejero lo llevará a promocionar una relación de dependencia, y cuanto más enfatizan aquellos que buscan su consejo cuánto es capaz él de ayudarles tanto mayor será el riesgo que tal lisonja conduzca a senderos peligrosamente improductivos.
El ministro-consejero se enfrenta a un tercer dilema. Cuánto más tiempo permanece en este tipo de tra-bajo, tanto menos tendrá para una presentación activa de la comisión del evangelio.
El ministro no puede apartarse del mandato directo de Cristo – “Predicad el evangelio”. Marcos 16:15.
Es verdad que actualmente ha habido una ampliación de los términos del evangelio y lo que éste repre-senta. Pero aun aquí quizás encontremos una necesidad imperativa a redefinir, de manera que el verda-dero significado de esa comisión evangélica se enfatice. Muchos ministros están tan involucrados en el trabajo de administración y consejería de modo que tienen muy poco tiempo para la proclamación dire-cta del evangelio y la expansión de las fronteras del reino de Dios. Es esencial que todo hombre que sea llamado al ministerio del evangelio reconozca su obra básica, la obra de decirle a los hombres y mujeres acerca del amor de Jesús y ampliar las fronteras del reino de Dios. Demasiado a menudo un pastor se encuentra tan inundado con el trabajo de consejería que le resulta imposible hacer la obra para la cual ha sido básicamente ordenado. También es importante el llamado que hace Karl Menninger para que los ministros redescubran su función en el pulpito como la más importante avenida de sanidad emocional.
Desafortunadamente, algunos ministros del evangelio se han convencido que la consejería es su trabajo primordial y han dejado el trabajo del ministerio por la consejería de tiempo completo. ¿Es posible que en muchos casos la motivación por este cambio sea la avaricia, ya que está reconocido que ingresos su-periores al del ministro están disponibles para el consejero popular? Corresponde al consejero pastoral investigar plenamente sus motivos. Otros ministros se involucran en la consejería, no por beneficio económico, sino porque perciben que es su papel principal en un determinado nombramiento.
Una de esas áreas de trabajo es el nombramiento como capellán de un hospital. La teoría de la capellanía moderna parece más preocupada con preparar a los pacientes y sus familiares para que se sientan más cómodos con la muerte inminente, que lo que es la preparación vital para que la gente se encuentre con su Dios. Consolar al enfermo y moribundo es en realidad una actividad importante, pero el capellán nunca debe perder de vista su responsabilidad para señalar al paciente y los entristecidos amados al gran Consolador.
El Hospital Austin en Melbourne inició el primer programa de entrenamiento de capellanía hospitalaria en Australia. Al llegar cada nueva clase, uno de los autores de este libro tomó parte en las presentacio-nes de orientación, se descubrió casi sin excepción alguna que estos pastores, de todas las denomina-ciones cristianas mayores, se vieron a sí mismos en un papel diferente cuando entraban a la clase. Sin-tieron que tenían que asumir el papel pertinente a trabajadores sociales. Ya que el Hospital Austin tenía un Departamento de Trabajo Social de primera categoría, este papel fue completamente innecesario. En esta presentación de orientación cada pastor fue desafiado a reconocer las apremiantes necesidades es-pirituales de muchos de los pacientes, un gran número de los cuales fueron hospitalizados como conse-cuencia directa de seguir sendas alejadas de Dios. Todos nuestros pacientes necesitan a Jesús. Necesitan saber no solamente acerca de él, sino que necesitan también conocerlo. La tarea predominante del capellán de hospital debe ser expandir un conocimiento salvador de Jesús.
De este conocimiento fluye consuelo y verdadera fortaleza en tiempos de adversidad. Todo intento para enfrentarse a las crisis humanas fuera del amor de Jesús está condenado a un fracaso total.
La cuarta preocupación para el consejero se relaciona con las necesidades de su propia alma. Si bien a veces omitimos reconocerlo, el consejero mismo necesita salvaguardar las avenidas del alma tan cuida-dosamente como cualquiera de sus aconsejados; o quizás aun más. En el tipo de consejería a menudo empleado hoy en día, muy frecuentemente el consejero es confrontado con personas que derramarán los más vívidos detalles de sus vidas de pecado e inmoralidad. Es en sí mismo debilitante para el cre-cimiento espiritual del consejero escuchar diariamente tales pláticas de yerro espiritual, y su propio destino eterno puede estar en peligro como resultado de ello. Es muy fácil llegar a ser un confesor para otros seres humanos. Dios nunca le ha asignado esta responsabilidad al hombre. Se debería evitar esto a toda costa señalándole a los pacientes la Fuente del verdadero perdón. Aun si la consejería no involucra una discusión de transgresión directa, la charla de desaliento y desánimo, de pruebas y dificultades, ra-ramente puede ser estimulante para el aconsejado o consejero, y raramente los problemas existentes pueden ser solucionados por dicha discusión.
Quinto, el deseo por tanta consejería especialmente entre los profesos cristianos puede ser sintomático de la falta de fe de este siglo. Hombres y mujeres, desgarrados por las exigencias de la vida, carentes de esa paz que puede producir alegría, buscan la ayuda y dirección del hombre para la orientación de sus vidas. La Biblia tiene el más seguro remedio para una falta de fe, pero este remedio es decrecientemente parte de la vida de los creyentes cristianos.
“Así, la fe viene por el oír, y el oír por medio de la Palabra de Cristo”. Romanos 10:17.
Se necesitan hacer los mayores esfuerzos por parte del ministerio para llevar las congregaciones a un estudio coherente de la Palabra de Dios mediante la cual se puede establecer la verdadera base de la vi-da y desarrollo cristiano. Sí hay una falta, es la falta de fe, lo que a su vez conduce a desengaño y a un estilo de vida independiente de Cristo, y a un declive espiritual. Cuanto más fe y confianza se habla y practica, tanto más realzan la vida.
El papel de la consejería a menudo entra en conflicto con la necesidad esencial de presentar el testimo-nio directo de la Palabra de Dios. El consejero es confrontado con el dilema de una preparación bíblica que lo lleva a buscar el amor por el pecador pero señalando el pecado, mientras que por otra parte al te-ner una preparación de consejería para aceptar tanto al aconsejado y su conducta, busca ayudar al acon-sejado para sentirse cómodo con su comportamiento. Desafortunadamente a menudo, el conflicto es re-suelto del lado de este último. Esta solución con demasiada frecuencia conduce a una pérdida de los ministerios más esenciales, el ministerio de la exhortación.
La feligresía sufre por un ministerio que fracasa en definir claramente entre “La vida y la felicidad, la muerte y la desgracia”. Deuteronomio 30:15.
Para aquellos de nosotros que somos ministros ordenados necesitamos recordar el solemne juramento que nos fue presentado el día de la ordenación: “A ti, hijo de Adán, te he puesto por centinela en la casa de Israel. Oirás la palabra de mi boca, y los advertirás de mi parte. Cuando yo diga al impío: Impío, de cierto morirás, y tú no le hablas para que se guarde de su camino, el impío morirá por su pecado, pero demandaré su sangre de tu mano. Pero si tú avisas al impío de su camino para que de él se aparte, y él no se aparta, por su pecado morirá él, y tú habrás librado tu vida. Tú, pues, hijo de Adán, di a la casa de Israel: Vosotros habéis dicho: Nuestras rebeliones y pecados están sobre nosotros, y a causa de ellos somos consumidos. ¿Cómo, pues, viviremos? Diles: Así dice el Señor, el Eterno: Vivo yo que no me complazco en la muerte del impío, sino en que se vuelva el impío de su camino, y que viva. ¡Volveos, volveos de vuestros malos caminos! ¿Por qué moriréis, oh casa de Israel?” Ezequiel 33:7-11
Otro verdadero peligro ocurre cuando los consejeros acuerdan dar consejo, particularmente sobre asun-tos matrimoniales, a miembros del sexo opuesto. Numerosos son aquellos que se han encontrado a sí mismos en circunstancias comprometedoras durante tales sesiones de consejería. Tales situaciones de consejería le han costado a muchos pastores sus credenciales ministeriales. Tan peligrosas son dichas circunstancias que los pastores mismos deberían ser aconsejados para evitarlas totalmente. Si se requiere consejo marital, entonces se debería brindar en el temor del Señor con ambos cónyuges presentes. Si este arreglo no es posible, entonces el cónyuge del consejero debería estar presente.
La verdadera respuesta a los problemas sociales, emocionales y espirituales, no pueden ser encontradas dentro del hombre mismo, ni dentro de su congénere, sino dentro de Cristo. Pero frecuentemente en la consejería, se hacen intentos para encontrar respuesta dentro de la persona misma. Hay una verdadera necesidad de reevaluar el papel del consejero, su efectividad, y sus limitaciones, de manera que la con-sejería que es auténticamente centrada en Cristo pueda adquirir su máximo valor en la vida de los hom-bres y mujeres necesitados.
Quizás los esfuerzos más productivos del consejero son animar al aconsejado a pensar y hablar positi-vamente, evitando la vocalización de desaliento y desánimo, y evitar magnificar las pruebas y los pro-blemas que solo sirven para aumentar y reforzar las emociones negativas. Cuanto más pueda el consejero guiar al aconsejado a ejercitar fe y confianza en Dios, tanto más cabal será la solución a sus problemas y tanto mayor será su habilidad para moverse en canales productivos.

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