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Emociones Negativas

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Emociones Negativas

Mensaje por LAURACAROLINA el Dom Oct 16, 2011 12:24 am

Emociones Negativas

Las emociones y los sentimientos, las dimensiones afectivas del hombre, desempeñan un papel central en la vida humana, revelando y a menudo dominando las fuerzas intelectuales y cognitivas. Mientras que no es lo deseable que las emociones se sobrepongan a la razón en la toma de decisiones, tampoco es benéfico cuando las decisiones son hechas del frío y calculado intelectualismo. Las emociones ofrecen fundamentalmente una respuesta única al estímulo ambiental mientras que a su vez son en gran manera el resultado de influencias ambientales pasadas. La razón por lo tanto debe estar consciente de, y responder a, reacciones emocionales, mientras que nunca debe permitir ser sub-siervo de las emociones.
Las emociones pueden ser educadas. Pueden ser dirigidas bien sea para promover una realización cre-ciente en la vida o para producir fuertes sombras de reacciones negativas sobre la vida. Las emociones en sí mismas no son ni buenas ni malas.
Aun las emociones positivas tales como la alegría pueden tener consecuencias negativas, mientras que a veces algunas emociones negativas, tales como la tristeza, pueden tener resultados benéficos. No es físicamente ventajoso estar en un estado emocional excitable durante largos periodos de tiempo, porque tanto las emociones positivas como negativas agotan los recursos del cuerpo. Por otra parte, la tristeza y el dolor, especialmente cuando surgen por las malas acciones de uno mismo o de relaciones personales abusivas, tienen un papel útil en asegurar el arrepentimiento y la restauración.
Generalmente un estado de alegría y serenidad no produce una fuerte exhibición de respuesta emotiva. La persona bien equilibrada no experimenta frecuentes o prolongados estados de excitación emocional, sea negativa o positiva. La agitación emocional constante tiene fuertes resultados negativos que afectan tanto la dimensión física como espiritual del hombre.
Está muy bien establecida la relación entre la enfermedad cardiovascular y una fuerte excitación emo-cional. Muchos estados hiper-emotivos resultan en reacciones del sistema nervioso simpático, inclu-yendo la secreción de adrenalina, aumento de la frecuencia cardiaca, aumento de la frecuencia respira-toria, sudoración y la inhibición de procesos digestivos.
Tales reacciones constantes de estrés son altamente productivas de enfermedades degenerativas. Los efectos de la vida urbana moderna tienden a producir estrés emocional, militando contra la forma de vida sencilla, protectora de la salud humana. Hay mucha terapia en la vida rural descomplicada, libre de muchas de las características productoras de excitación de la vida moderna. Los medios de entrete-nimiento deben asumir gran responsabilidad por iniciar y conservar excesivos niveles de excitación emocional. Pasar horas del día en el ambiente excitado del drama de la televisión inevitablemente tiene un efecto acumulativo sobre los recursos emocionales.
Adicionalmente, el desarrollo de una sociedad altamente competitiva ha resultado en serias tensiones emocionales, competitividad, y apelación al orgullo, ira, ambición egoísta, amargura y rivalidad. La competitividad domina un amplio rango de vida desde la escuela a los deportes y las empresas comer-ciales, imponiendo un peligro ambiental para la mayor parte de la vida. Mucho se puede lograr mediante el desarrollo del atributo cristiano de la cooperación, buscando aquellos logros que no conducen a la perdida de otros, o a su disminución. Cada uno tiene una influencia sobre el otro. Las actitudes y acti-vidades cooperativas son de ayuda a todas las partes cooperantes. Se generan pensamientos y senti-mientos apropiados. Cuando vemos a los demás seres humanos como socios, no como rivales o enemi-gos. Tal vez hay más que un poquito de verdad en el dialogo atribuido al dramaturgo británico, A. A. Milne—un reconocido pacifista. Cuando se le preguntó que si no estaba de acuerdo en que las guerras de Inglaterra fueron ganadas sobre los campos deportivos de Eton y Harrow (dos famosos centros edu-cativos de Inglaterra), se dice que él respondió: “No solo fueron ganadas allí; se iniciaron allí”.
Los autores están muy conscientes de las intensas emociones que estos “campos de juego” pueden en-gendrar. Ambos fueron ávidos y exitosos deportistas en su juventud. Ambos capitanearon el equipo de tenis de mesa de la Universidad de Sydney en encuentros contra otras universidades australianas y, de hecho, después de haber ganado el campeonato combinado de universidades australianas, Colin capita-neó el equipo de tenis de mesa de las universidades australianas en su primer encuentro internacional contra el equipo combinado de las universidades de Nueva Zelanda. Sabemos muy bien que en vez de ser ejercicios benéficos, estos encuentros llegaron a ser asuntos de gran tensión. Recordamos nuestro amargo desengaño cuando perdimos por escaso margen los dobles del campeonato final de la universi-dad de Sydney, y nuestra elevada alegría cuando en ocasiones siguientes logramos ganar este evento y muchos otros. Pero una evaluación más madura de aquel periodo nos lleva a admitir que dichas activi-dades no nos condujeron más cerca de Cristo y de nuestro prójimo. Nos alegramos de que esos días estén ya muy atrás en nuestro pasado.
Mientras que las emociones positivas constantes pueden a veces tener efectos adversos a largo plazo, tales efectos inevitablemente resultan cuando persisten las emociones negativas. La mayoría de las emociones positivas tales como el valor, la esperanza, la fe, el amor, la simpatía y el gozo tienden a for-talecer las fuerzas de la vida, pero usualmente son disipados por las emociones negativas del dolor, an-siedad, temor, depresión, odio, celos, amargura, enemistad, y sentimientos de culpa. Las emociones ne-gativas, por sus consecuencias debilitantes, afectan la fuerza y reducen la efectividad de la vida. Estos resultados son más notorios en la edad media y posterior de la vida.
Sin embargo muchas emociones negativas tienen connotaciones positivas en un sentido limitado. Pablo advierte: “Si os enojáis, no pequéis. No se ponga el sol mientras estáis enojados”. Efesios 4:26.
Salomón dice que hay “Tiempo de aborrecer” Eclesiastés 3:8.
Santiago indica que deberíamos estar en enemistad con el mundo: “¿No sabéis que la amistad del mun-do es enemistad con Dios? El que quiere ser amigo del mundo, se constituye en enemigo de Dios”. Santiago 4:4.
Y Pablo aconseja que deberíamos “Procurad los mejores dones”. 1 Corintios 12:31.
Sin embargo, solo podemos entender estas emociones negativas en un sentido positivo cuando recono-cemos que cada una de estas admoniciones trata con la expresión de dicha emoción fuera del contexto del egocentrismo. El enojo al que se refiere Pablo debe representar una indignación justificada como cuando el nombre de Dios o sus instituciones están siendo profanadas. Jesús expresó tal enojo cuando limpió el templo.
“Entonces Jesús entró en el templo de Dios, y echó a todos los que vendían y compraban en el templo. Volcó las mesas de los cambistas, y las sillas de los que vendían palomas. Y les dijo: ‘Escrito está: Mi casa, será llamada casa de oración. Pero vosotros la habéis convertido en cueva de ladrones’”. Mateo
21:12-13.
Cuando Moisés presenció la adoración del becerro de oro por parte de los hijos de Israel, él expresó ira:
“Cuando Moisés llegó al campamento, y vio el becerro y las danzas, se enardeció de ira. Arrojó las ta-blas de sus manos, y las quebró al pie del monte”. Éxodo 32:19
La ira generada cuando se comete injusticia y crueldad sobre otros seres humanos o animales también puede constituirse en una expresión propia de dicha emoción.
El odio y enemistad a los que se refieren Salomón y Santiago no puede ser odio por otros seres huma-nos, porque se nos dice que debemos amar aun a nuestros enemigos.
“Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os maltratan y persiguen”. Mateo 5:44.
Hay un odio que el cristiano debe desarrollar por la transgresión de la Ley de Dios. Pedro escribe en es-te sentido cuando él indica: “Apártese del mal, y haga el bien. Busque la paz, y sígala”. 1 Pedro 3:11.
En el contexto en el que escribió Pablo, ‘codiciando los mejores dones’ se refiere a dones espirituales a ser poseídos de manera que la mayor obra posible pueda ser ejecutada en la divulgación del evangelio de Jesús. En tal sentido la codicia no tiene nada que ver con posesiones personales o prosperidad, sino con el deseo de cumplir mejor los propósitos de Dios en la vida.
Sin embargo, siempre se debe admitir que la expresión de la mayoría de las emociones negativas emana de motivos egoístas, y aquí es donde radica el peligro tanto físico como espiritual.
Aquellos que son puros de corazón están libres de la ira, celos y odio hacia sus congéneres, y también son libres de inquietudes, descontento, incertidumbre y aburrimiento. Es casi inevitable que las emo-ciones negativas egocéntricas conlleven eventualmente a la depresión y el desanimo. A menudo las de-cisiones vitales y de largo alcance son hechas en este estado de desaliento. Tales decisiones inevitable-mente deben ser opciones pobres, porque Satanás es el autor del desánimo y toda decisión tomada en desánimo será su decisión. Debido a que el desánimo tiene su fuente en las emociones egocéntricas, es aconsejable demorar la toma de decisiones hasta que se haya asegurado un andar más estrecho con Cristo, y sea eliminado el desánimo.
La ira y el odio en sus varias manifestaciones son quizás las emociones más destructivas. La indulgencia de la ira le abre la mente a Satanás, permitiéndonos ser participes de pecado. Tan seria es esta emoción que Juan la iguala con el homicidio.
“Todo el que aborrece a su hermano es homicida. Y sabéis que ningún homicida tiene vida eterna per-manente en él”. 1 Juan 3:15.
“Jesús expresó serias consecuencias eternas para aquellos que manifiestan ira: “Pero yo os digo, cual-quiera que se enoje con su hermano, será culpado del juicio. Cualquiera que diga a su hermano: ‘Imbé-cil’, será culpado ante el sanedrín. Y cualquiera que le diga: ‘Fatuo’, estará en peligro del fuego del in-fierno”. Mateo 5:22.
Salomón aconseja sabiamente que “La blanda respuesta calma la ira”. Proverbio 15:1.
El odio y la venganza se iniciaron con Satanás, y fueron tan fuertes que no se detuvo ni ante la vida del Hijo de Dios.
“Entonces Satanás entró en Judas, llamado Iscariote, uno de los doce. Este fue y trató con los principa-les sacerdotes y con los magistrados, cómo les entregaría a Jesús”. Lucas 22:3-4.
Fue enemistad nacida del orgullo lo que llevó a Caín a matar a su hermano Abel, y condujo al rey Saúl a tratar de quitarle la vida a David. La malicia frecuentemente produce frutos de muerte. No importa lo que haya estimulado el odio, la expresión o aun el acariciamiento del odio coloca al que odia bajo severa condena de culpa. A menudo el odio y la ira tienen su fuente en acusaciones falsas o maliciosas, y el odio es establecido como auto-defensa. ¡Cuánto más fácil, inteligente y fructífero sería dejarle nuestra reputación a Dios! El refutamiento no elimina las falsas acusaciones y más bien puede darle alas. Es mucho más inteligente permanecer silencioso cuando haya sido falsamente acusado que sufrir las consecuencias negativas que se experimentan por las represalias. Al seguir el ejemplo de nuestro Modelo, Jesús, podemos adquirir gran beneficio espiritual y emocional permaneciendo en silencio.
“Angustiado y afligido, no abrió su boca. Como cordero fue llevado al matadero. Como oveja ante sus trasquiladores, enmudeció y no abrió su boca”. Isaías 53:7.
El temor y la duda también son armas exitosas usadas por Satanás para destruir al hombre. Al igual que todas las emociones, el temor puede ser expresado en pensamientos, palabras y acciones. El temor tiene muchas causas potenciales, pero hay pocas causas más probables que la incredulidad y el pecado. La duda y el escepticismo normalmente resultan del amor y práctica del pecado. Aquellos que expresan dudas concernientes a la existencia de Dios, el amor de Dios, o la gracia salvadora de Dios con respecto a sus propias vidas, son casi siempre prisioneros del pecado. La insatisfacción y desánimo de una vida pecaminosa inevitablemente conducen al temor. El temor dominó a Adán y Eva cuando trataron de es-conderse de Dios después de su pecado.
“Pero Dios el Señor, llamó al hombre y le dijo: ‘¿Dónde estás?’ Y Adán respondió: ‘Oí tu andar por el jardín, y tuve miedo, porque estaba desnudo. Y me escondí’”. Génesis 3:9-10.
La incredulidad era el fundamento del temor de los discípulos durante la tormenta en el mar de Gali-lea. Fue por eso que Pablo declaró: “Todo lo que no procede de la fe, es pecado”. Romanos 14:23.
Cuando la duda y el temor son resistidos, el desaliento es eliminado y se fortalece la fe. No hay mayor antídoto para el desaliento que la fe implícita y la confianza en Dios. Aun para el vacilante y dudoso, una fe débil puede ser fortalecida. Este hecho está bellamente ilustrado en la respuesta a Cristo por par-te del padre del hijo mudo.
Cristo le dijo que todas las cosas eran posibles para todos aquellos que creían. Con lágrimas en los ojos el padre exclamó: “¡Creo! ¡Ayuda mi poca fe!” Marcos 9:24.
Cristo fue capaz de tomar esta débil fe y sanar al hijo. La fe se fortalece al hablar a menudo de la bon-dad y el poder de Dios, especialmente relatando sus bendiciones a nosotros en forma individual. Es par-ticularmente importante nunca hablar acerca de duda y lobreguez a otros. Al margen de los sentimientos de vacilación debemos formar el hábito de pensar y actuar como si nuestra fe no pudiese fallar. Fue exactamente tal clase de fe la que motivó a Pablo y Silas a orar y cantarle alabanzas a Dios en prisión a media noche después de haber sido severamente flagelados. La preocupación y ansiedad resultan de la falta de fe, y ambos son destructores emocionales y físicos. Tener fe en Cristo es aceptar su invitación a depositar nuestras cargas sobre él.
“Echad toda vuestra ansiedad sobre él, porque él cuida de vosotros”. 1 Pedro 5:7.
“Venid a mí todos los que estáis fatigados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso”. Mateo 11:28-29.
La confianza en Dios debe mantenerse independiente de los sentimientos. Dios nunca puede ser culpa-do por la tristeza y la adversidad. De hecho, en respuesta al conflicto y la prueba, la vida espiritual y emocional puede ser fortalecida en la medida en que el principio de fe se vuelve más significativo.
La fe también ofrece la única verdadera fortaleza contra el pecado, porque acepta la Palabra de Dios tal como es y la sigue implícitamente. Esta fe está en contraste con la presunción que, conociendo las mismas promesas, ignora los planes y senderos de Dios, y trata de realizarlos con los métodos del hombre. En la vida de Abraham se ilustra claramente la fe y la presunción.
Abraham demostró completa confianza en Dios cuando Dios lo llamó a dejar la seguridad de la fluente sociedad de la ciudad de Ur para viajar a una tierra desconocida. Por otra parte, Abraham trató de cumplir la promesa de Dios de un hijo y heredero al tomar como segunda esposa a su sierva Agar para que le procreara ese hijo. Este curso de acción fue presunción.
La verdadera fe cree que la palabra de Dios no puede fallar, y aunque esta sea examinada y probada to-dos pueden abrigarse en la seguridad del amor de Dios y la certeza de “Que todas las cosas obran para el bien de los que aman a Dios”. Romanos 8:28.
Pueda que el hombre no siempre perciba la forma de obrar de Dios, pero una fe inquebrantable en la bondad de Dios y en su preocupación personal puede sostenernos en nuestras horas de mayor dificul-tad. Cuanto más hablamos del amor de Dios y cuanto menos nos centramos en nuestras pruebas tanto mayor será nuestra fortaleza. Cada día estamos rodeados por las bonanzas del amor de Dios, y un reco-nocimiento de este cuidado amoroso debería eliminar todas las dudas y temores. En vez de tratar de eliminar todas las dificultades, al recurrir a Jesús somos asegurados de la fortaleza para vencerlas. A menudo aquellos que han pasado por las más fieras dificultades son capaces de llevar la mayor conso-lación a aquellos en necesidad, y a ofrecer 66 la más completa seguridad del amor de Dios. Y al hacerlo de esta manera el consolador elimina cualquier desánimo que él pueda tener.
Aquellos que han rendido sus vidas al dominio del amor de Dios estarán libres de la esclavitud de las emociones autocentradas, con todos sus efectos colaterales destructivos. En forma creciente la emoción dominante será el amor generado por un corazón puro. Las sombras se disiparán y el espíritu será ilu-minado. La seguridad del perenne liderazgo de Dios será la base total para la confianza a enfrentar los desafíos diarios, sin importar lo que sus dificultades puedan aparentar ser.

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