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El Problema de la Culpabilidad.-

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El Problema de la Culpabilidad.-

Mensaje por LAURACAROLINA el Dom Oct 16, 2011 12:23 am

El Problema de la Culpabilidad.-

Muchos problemas mentales resultan de la falta de disposición de aceptar como inmutable, los manda-mientos de Dios. Es un gran desafío para la comunidad cristiana reconocer la estrecha relación, sugerida por Menninger , entre los valores espirituales y morales y los valores mentales y emocionales.
Cuando tantos clérigos han empezado a ver su papel como consejeros y a preocuparse por las necesida-des sociales de la comunidad, puede ser que un clamor como el de Menninger sea necesario para re-orientar el ministerio cristiano a su papel más importante, el de cuidar por las necesidades espirituales de la grey en una forma que, a su vez, tendrá implicaciones vitales para la salud mental y emocional de la comunidad.
Una de las áreas más importantes revisadas por los psicólogos ha sido el área de la culpabilidad. Duran-te muchos años los psicólogos se han opuesto fuertemente al punto de vista clásico cristiano que indica que la culpabilidad resulta del pecado y de la transgresión de la ley moral de Dios, lo que a su vez re-sulta en una ruptura de la comunión con Dios. Han habido muchos intentos de ignorar la culpabilidad, de racionalizarla, de estimular un punto de vista hacia la conducta productora de culpabilidad que con-lleve a una reducción, e inclusive eliminación, de la culpabilidad. Pero el hecho permanece que si el hombre no hubiera pecado no habría experimentado la culpabilidad y su temor resultante.
Quizás ninguno ha hecho más que Sigmund Freud para desarrollar una noción de culpabilidad que di-fiere del punto de vista tradicional bíblico. Él aseveró: “El sentimiento de culpa es en el fondo, nada más que una variación topográfica de la ansiedad, y en sus fases posteriores coincide complemente con el temor del súper ego”.
Es por lo tanto refrescante leer la clase de llamado que Menninger ha hecho, donde él redescubre el pa-pel correcto de la iglesia en el manejo de la culpa. La Biblia asevera que la culpabilidad tiene su fuente en el pecado, lo cual es la desobediencia a los mandamientos de Dios. De hecho, dentro de los manda-mientos mismos hay un claro indicio de este hecho, porque en el tercer mandamiento se nos dice cuáles son las consecuencias por la violación de este precepto: “No tomarás el nombre del Señor tu Dios en vano. Porque el Señor no dará por inocente al que tome su nombre en vano”. Éxodo 20:7.
Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento confirman adicionalmente que el pecado y la transgresión de la ley de Dios producen culpabilidad en el infractor de la ley.
“Entonces el que ha pecado y ofendido, restituirá lo que robó o el daño que causó con su calumnia, o el depósito que se le encomendó, o lo perdido que halló”. Levítico 6:4.
“Porque el que guarda toda a Ley, y ofende en un solo punto, es culpable de todos”. Santiago 2:10.
La base fundamental de la culpabilidad es la carga del pecado con su desasosiego y deseos insatisfe-chos. Esta carga nunca puede disminuirse excusando el pecado. Mientras el hombre continúa en pecado, es imposible que él salga de la condenación y el desespero. Sólo cuando confiese y abandone el pecado logrará tener verdadera paz y felicidad.
Ninguna cantidad de esfuerzo por ignorar o racionalizar puede de alguna manera erradicar la experien-cia de la culpabilidad. Por esta razón han fracasado muchos que han procurado justamente hacer eso. De hecho, es cierto que el cristiano tiene la única forma valedera para eliminar la culpabilidad, mediante el sometimiento de su vida al amor de Jesús. La Palabra de Dios nos asegura: “Si confesamos nuestros pecados, Dios es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de todo mal”. 1 Juan 1:9.
Aquí está la verdadera respuesta para eliminar la culpabilidad de la vida. Este hecho es reafirmado en el Antiguo Testamento, donde se nos asegura que nuestros pecados serán lanzados a lo profundo del mar, y se promete que así como el oriente es distante del occidente, de esa manera él ha eliminado las trans-gresiones de nosotros. Llegar a Jesús conduce a una nueva relación en la cual la culpabilidad ya no puede tener más dominio en la vida. Pablo confirma que la victoria en Cristo resulta en la eliminación de la culpabilidad.
“Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús; los que no andan según la carne, sino según el Espíritu”. Romanos 8:1.
Parece que el científico conductivista cristiano tiene un papel vital que desempeñar en prestar su in-fluencia hacia el reconocimiento de que la única manera en que el sentimiento de culpa y sus efectos pueden ser erradicados es por medio de la aceptación de los meritos salvadores de la gracia de Jesús.
Demasiado a menudo el sentimiento de culpa ha sido visto como contraproducente al sano desarrollo humano. Pero hay un papel vital para el sentimiento de culpa en la experiencia de cada ser humano. La culpabilidad con frecuencia es la reacción internalizada que resulta de hacer aquello que separa de Dios.
Tales sentimientos deberían conducir hacia Dios y a la Fuente del verdadero perdón, y por lo tanto la desaparición de aquellos sentimientos de culpa. Aquí y solamente aquí está la verdadera respuesta a los masivos problemas psicológicos que enfrentan aquellos cuyas vidas están cargadas de sentimiento de culpa.
Los cristianos, más que los demás, tienen la oportunidad de ayudar a todos los hombres y mujeres a comprender la mejor manera de manejar el sentimiento de culpa y a tratar con los resultados emociona-les de las respuestas inapropiadas al sentimiento de culpa. Adicionalmente, al referir sus experiencias
a la base del bien y del mal, les proveerá un fundamento para que puedan discriminar entre el senti-miento de culpa que es el resultado directo del pecado contra la Ley de Dios, y aquellos patrones de conducta inducidos por un sentimiento de culpa cuyo origen no es más que social o de hogar. También tienen la oportunidad para definir con precisión entre tentaciones y pecado de manera que la tentación no se iguala con ceder a la tentación.
Parece probable que en el esfuerzo de Freud por reducir lo que él vio como los efectos indeseables del proceso inhibitorio de la sociedad, y manejar el temor reprimido, él, de hecho ha triunfado en conducir a muchos a acallar la conciencia y reprimir los sentimientos de culpa. Por lo tanto muchos están menos capacitados para manejar su sentimiento de culpa que en alguna época pasada, lo que a su vez está in-cursionando en la salud mental de la comunidad. El fundamento para la verdadera salud mental está in-herente, dentro del mensaje de Cristo. El consejo de Pablo: “Porque no nos ha dado Dios espíritu de ti-midez, sino de fortaleza, de amor y de dominio propio” (2 Timoteo 1:7), es relevante aquí. Es cierto que la religión de Cristo es la primera base para el ajuste emocional, porque sólo en tanto que el hombre entre en una relación significativa con Dios podrá desarrollar sus poderes emocionales y mentales acorde al propósito divino.
El problema del sentimiento de culpa es otra área estrechamente ligada a los problemas de auto-imagen. Muchos sienten una falta de valor, una falta de identidad así como una falta real de su papel específico en la vida, y por lo tanto la tendencia es a sufrir considerablemente de conflictos emocionales. De nuevo Cristo tiene las respuestas básicas a la baja autoestima y bajo valor personal. Mientras que es verídico que la Biblia enfatiza – “Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios”. Romanos 3:23
“Pues está escrito: “No hay justo, ni aun uno”. Romanos 3:10.
“Todos nuestros actos de justicia son como trapo inmundo”. Isaías 64:6.
“Separados de mí, nada podéis hacer”. Juan 15:5.
Sin embargo, todo el propósito del cristianismo es desarrollar el valor propio de la humanidad. Cuando el hombre fue creado, este fue creado a imagen de Dios, pero cuando el pecado cubrió toda la tierra, la imagen de Dios fue borrada casi totalmente. El propósito del ministerio de Cristo y del Espíritu Santo para la humanidad es la restauración de la imagen de Dios en el hombre.
Al venir a Cristo, desarrollamos un nuevo concepto del valor propio. A medida que el creyente peniten-te reconoce que todo el cielo fue pagado en el sacrificio de Cristo, para que él pudiera tener vida eterna, este empieza, al menos en parte, a reconocer el gran valor que Dios le ha colocado. El hecho de que somos llamados hijos e hijas de Dios y coherederos con Cristo no deja lugar en el pensamiento del cris-tiano para una baja autoestima.
Una sensación de valor propio no debería confundirse con el orgullo, porque el orgullo tiene sus raíces en la exaltación propia humana y logros basados en el desempeño personal. Pero el verdadero valor del cristiano es un reconocimiento, no de lo que es la persona, sino de lo que Cristo ha hecho por ella.
Por lo tanto Cristo, no él yo, es el centro. Es esencial enfatizar el gran valor que Dios ha colocado sobre cada alma. El hecho es que en cada ser humano, Cristo vio potenciales ilimitados.
Este reconocimiento no traerá complacencia, sino que presentará un desafío en la medida en que los hombres y mujeres procuran reflejar la plenitud de la belleza de la imagen de Jesús.
Tal hombre o mujer no puede seguir siendo atormentado por sentimientos de falta de valor personal y utilidad, porque dicha persona tiene una visión abarcante de la magnitud de lo que Cristo ha hecho por su vida y lo que puede lograrse mediante él. Él se apropia de la promesa de Jesús: “Mi paz os doy. Os la doy, no como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo”. Juan 14:27.
El cristiano maduro tiene una paz que puede lograrse sólo mediante una relación con Cristo. El Señor ha prometido que: “El Eterno bendice a su pueblo con paz”. Salmo 29:11.
La paz mental se logra cuando esa relación exclusiva entre el hombre y Dios se obtiene de manera que el yo esté completamente sometido y, a Cristo se le permita reinar supremo en la vida.
“Tú guardas en completa paz al que persevera pensando en ti, porque en ti confía”. Isaías 26:3.
Por lo tanto cuando todo egoísmo y defensa propia son eliminados, el resultado es una paz plena.
Esta relación la logran aquellos que han rendido y sometido su vida y voluntad al Señor. Se da cuando el hombre se percata de la libertad adquirida mediante la obediencia a la ley de Dios.
“Mucha paz gozan los que aman tu Ley, y no hay para ellos tropiezo”. Salmo 119:165.
Esta es la paz que hoy busca toda la humanidad. Todo sentimiento de culpa debería ser puesto al pie de la cruz de Cristo. La persona errante, desalentada, puede encontrar perdón en tanto acepta a aquel que ha prometido: “Salvar eternamente a los que por medio de él se acercan a Dios, ya que está siempre vivo para interceder por ellos”. Hebreos 7:25.
Cristo nunca decepciona a aquel que lo busca. Él concede perdón completo y gratis. Al humillarse el hombre, reconociendo su pecado delante de Dios, se logra un verdadero alivio del sentimiento de culpa. Pero tal confesión del mal requiere de la enmienda de las disputas o injusticias que involucran a otros.
“Por tanto, si al llevar tu ofrenda al altar, te acuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar, y ve a reconciliarte primero con tu hermano. Entonces vuelve, y ofrece tu ofren-da”. Mateo 5:23-24.
El obedecer tal consejo produce una libertad en las relaciones humanas que es muy satisfactoria.
En esta época crítica de la historia, cuando hay un desmoronamiento tanto de la estructura moral como emocional dentro de la comunidad, la iglesia cristiana tiene que reafirmar su papel y la verdadera fun-ción del púlpito, proveyéndole a las masas una comprensión más clara de las bases de la verdadera for-taleza espiritual, mental y emocional, que puede obtenerse sólo mediante el poder de Jesús. Ha habido una fuerte tendencia para que el predicador se traslade al campo de la consejería pastoral. Fundamental a la mayoría de las técnicas de consejería es el evitar cualquier respuesta que pueda imputar condena o juicio moral sobre el individuo que está siendo aconsejado. Esta actitud frecuentemente ha sido trasla-dada a la presentación del predicador en el pulpito. Ya no hay una clara definición del bien y el mal, y las congregaciones son dejadas a la incertidumbre y el pecado. Es la responsabilidad del predicador or-denado por Dios presentar la palabra de verdad tan claramente de manera que nadie tenga duda respec-to al propósito de Dios para su vida. El verdadero arrepentimiento se efectúa solamente cuando se re-conoce el mal. Es el papel del ministro colocar delante de la gente: “La vida y la felicidad, la muerte y la desgracia”. Deuteronomio 30:15.
El consejero cristiano tiene una responsabilidad similar. Sin embargo, mientras se busca el perdón de Dios por los pecados, el objetivo de la vida cristiana es la resistencia a la tentación. Hacer el bien es una maravillosa medicina para una mente perturbada. Positivamente interrelacionados están un corazón puro con mente sana y saludable. Seguir pecando conlleva a la pérdida del respeto propio, y a la perversión de los principios y el juicio. Hay una gran necesidad de desarrollar actividades fructíferas para preservar la pureza de la vida. Andar sin rumbo y en ociosidad destruye el respeto propio y conduce a un fuerte sentimiento de culpabilidad. En la parábola del sumo sacerdote Josué, la eliminación de las vestiduras sucias previa a su reemplazo con el manto puro y blanco simboliza la eliminación del pecado de aquellos que andan en novedad de vida.
“El Señor me mostró al sumo sacerdote Josué que estaba de pie ante el Ángel del Eterno. Y Satanás es-taba a su derecha para acusarlo. Dijo el Eterno a Satanás: “El Señor te reprenda, oh Satanás, el Señor que ha elegido a Jerusalén, te reprenda. ¿No es éste un tizón arrebatado del incendio? Josué estaba ante el Ángel, vestido de ropa sucia. El Ángel mandó a los que estaban ante él: “Quitadle esa ropa sucia”. Entonces dijo a Josué: “Mira que he quitado tu pecado de ti, y te vestí de ropa de gala”. Zacarías 3:1-4.
Por lo tanto la solución al problema del sentimiento de culpa es la confesión honesta del pecado, bus-cando el perdón prometido por Dios y mediante el poder de Cristo, abandonando los senderos del pe-cado.
Algunos argumentan que cuando el cristiano peca este no es eliminado de la familia de Dios. Dios, al igual que un padre humano, no rechaza su hijo cuando este peca. Sin embargo, la verdad es que el pe-cado es un indicio que nos hemos separado nosotros mismos de la familia de Dios.
“Vuestras iniquidades os han separado de vuestro Dios, y vuestros pecados han ocultado su rostro de vosotros para no escuchar”. Isaías 59:2.
Sólo un Dios fiel, mediante las provisiones del sacrificio de su hijo, puede reestablecer esa relación de familia mediante el perdón y el poder para vencer.

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