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La Ley y el Amor

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La Ley y el Amor

Mensaje por LAURACAROLINA el Dom Oct 16, 2011 12:15 am

La Ley y el Amor

En los métodos de Dios, la ley y el amor son gemelos siameses inseparables. Separar el uno del otro inevitablemente destruye a ambos. Los legalistas han tratado de separarlos, pero al hacerlo han destrui-do la esencia misma de la ley, la cual es el amor. Los antinomianos han tratado de separarlos, pero el amor fuera del contexto de la ley es insignificante. El amor sin ley es como un barco sin timón, así como la ley sin amor es como un timón sin barco.
No hay manera en que podamos amar a nuestros padres y persistentemente serles desobedientes, así como no podemos amar nuestro país sin observar sus leyes. Tampoco podemos amar a Dios sin guardar sus mandamientos. “Si me amáis, guardaréis mis Mandamientos”. Juan 14:15.
Al justificar sus indiferencias a los requerimientos de los mandamientos de Dios, muchos alegan que ellos guardan el espíritu de la ley sin la letra misma. Pero no hay forma en que se pueda guardar el espí-ritu de la ley sin observar la letra de la ley, aunque por supuesto es muy posible guardar la letra de la ley sin el espíritu de la ley, como quiso decir Pablo cuando dijo: “Él nos capacitó para ser ministros de un nuevo pacto, no de la letra, sino del Espíritu. Porque la letra mata, pero el Espíritu da vida”. 2 Corintios 3:6.
Sin embargo, pretender guardar el espíritu de la ley mientras se quebranta la ley es, en efecto, invalidar la ley. En 1951, a los estudiantes que asistíamos al Colegio Avondale se nos permitió salir del campo estudiantil en ciertos días para ir al pueblo que estaba a una milla de distancia. El propósito de esta norma era asegurarse que los hombres jóvenes y las damas jóvenes no pudieran encontrarse fuera del campo estudiantil, ya que la salida para los unos y los otros eran en días diferentes. En una ocasión los autores tomaron la libertad de ir al pueblo para realizar algunas transacciones comerciales en el día de salida de las damas. Cuando fuimos llamados ante el comité de disciplina por quebrantar esta norma de la institución, débilmente intentamos defendernos sobre la base que habíamos observado el espíritu de la ley (ya que no nos habíamos encontrado con ninguna dama joven durante nuestra salida) aunque quebrantamos la letra. El comité de disciplina rechazó resueltamente nuestra “defensa”, como era apro-piado. ¿Es posible desobedecer a nuestros padres y aún guardar el espíritu del quinto mandamiento? ¿Matar y guardar el espíritu del sexto mandamiento? ¿Cometer adulterio y guardar el espíritu del séptimo mandamiento? ¿O robar y guardar el espíritu del octavo mandamiento? ¿Quebrantar el sábado y sin embargo, conservar el espíritu del cuarto mandamiento, o blasfemar el nombre de Dios y conservar el espíritu del tercer mandamiento? Es imperativo observar la santa ley de Dios al pie de la letra. La conservación del espíritu de la ley automáticamente asegura que la ley es observada con precisión.
Fue en el contexto de una ley quebrantada que Dios demostró su amor por el hombre: “Y donde abundó el pecado, tanto más sobreabundó la gracia”. Romanos 5:20.
El amor infinito de Dios el Padre y la condescendencia de su Hijo, que condujo a la encarnación; la vida y ministerio de Jesús, el gran sacrificio de Cristo, y su redención por la humanidad, demostró a todos los seres a través de los siglos que de hecho la ley no es sólo una expresión del carácter de Dios, sino que su carácter está también ejemplificado en el amor.
Por lo tanto, no resulta sorprendente que todos los mandamientos estén basados sobre dos grandes prin-cipios: amor hacia Dios, y amor hacia el hombre.
“Jesús respondió: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y toda tu mente. Este es el primero y el mayor Mandamiento. Y el segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos Mandamientos penden toda la Ley y los Profetas”. Mateo 22:37-40.
En el Huerto del Edén un mandamiento quebrantado causó temor a la pareja caída. Su débil intento por esconderse de Dios indicaba que ya no tenían una relación de confianza y fe con Él. Quebrantar el mandamiento de Dios equivale a romper la relación de amor con Él. Juan lo declara de esta manera: “En el amor no hay temor. Antes el amor perfecto elimina el temor, porque el temor mira el castigo. De donde el que teme, aún no está perfecto en el amor”. 1 Juan 4:18.
Pablo también percibió esta relación: “Porque no nos ha dado Dios espíritu de timidez, sino de fortale-za, de amor y de dominio propio”. 2 Timoteo 1:7.
Una falta de amor hacia Dios conlleva a quebrantar sus mandamientos; la omisión a reconocer la pureza del carácter de Dios conlleva al descuido e indiferencia y a la justificación de actos errados. Muy a menudo dicha justificación conduce al pecado continuo lo cual inhibe un desarrollo fructífero de la per-sona y a menudo conserva la situación conflictiva que es destructiva para la salud mental.
En todos aquellos que aman a Dios, hay una fe y confianza sencilla en Él. Así como el pequeño infante expresa su amor por sus padres mediante una fe y confianza continua en ellos, así aquellos que aman a Dios lo expresan constantemente siguiendo su liderazgo. Por lo tanto, no es sorprendente que la ruptura de esta relación de fe inevitablemente conlleva al pecado. Es en esta luz que se comprenden adecuada-mente las definiciones de pecado dadas por Pablo y Juan.
“El pecado es la transgresión de la Ley”. 1 Juan 3:4.
“Todo lo que no procede de la fe, es pecado”. Romanos 14:23.
Si no observamos los mandamientos de Dios es porque no tenemos una relación de fe con Él, y, si no tenemos una relación de fe con Él, resulta imposible para el hombre guardar los mandamientos de Dios. El propio Jesús siempre enseñó el amor en asociación con la observancia de la letra de la ley. Al con-denar a los fariseos como hipócritas dijo: “Porque dais el diezmo de la menta, del eneldo y el comino; y dejáis lo más importante de la Ley, a saber, la justicia, la misericordia y la fidelidad. Esto es necesario hacer, sin dejar lo otro”. Mateo 23:23.
En vista de que la ley es el fundamento del gobierno de Dios, la felicidad de la humanidad depende del acuerdo perfecto con ella. Muchos ven la ley de Dios como restrictiva, pero el reconocimiento de que estas leyes emanan de un Dios de amor infinito llevará al reconocimiento que sólo mediante la obser-vancia de estas leyes puede el hombre disfrutar de verdadera libertad emocional. De ahí que la com-prensión de la relación de la inmutable ley de Dios con el verdadero amor de Dios es, quizás, el funda-mento de la comprensión de los principios de la salud mental cristiana.
Cada desecración de los mandamientos de Dios tiene su base en el egoísmo que es destructivo de la sa-lud emocional. El falso testimonio contra otro ser humano es motivado por la avaricia, el deseo de aprobación, la ambición personal, la auto-justificación, u otra motivación egocéntrica. La codicia cla-ramente es egocéntrica, así como el robo. También es la complacencia propia y la pasión desenfrenada la que conlleva al adulterio; y el asesinato es incitado por motivos tales como el odio, la avaricia y la ambición de poder. Los padres son deshonrados por hijos voluntariosos; y el sábado es secularizado por aquellos que disponen de poco tiempo para Dios. Quizás no haya otro acto más egocéntrico que usar el nombre de Dios blasfemamente. También es egocentrismo lo que conlleva a colocar otros “dioses” de-lante del Dios del cielo o “crear” dioses para ocupar el lugar del gran Creador del universo.
Es imposible estar contento y satisfecho y lograr plena realización mientras reine en forma suprema el amor por el yo.
La sociedad actual se enfrenta a este gran problema psicológico. Por ende no es sorprendente que hom-bres eminentes hayan reconocido esta distorsión. En su libro, ¿Qué Pasó Con el Pecado? El renom-brado psiquiatra, Karl Menninger, cita al famoso historiador británico ya fallecido, Arnold Toynbee: “La ciencia nunca se ha sobrepuesto a la religión... La ciencia (también) ha empezado a descubrir cómo curar las enfermedades psíquicas. Hasta ahora, sin embargo, la ciencia no ha mostrado señales de que será capaz de mantenerse al tanto de los problemas más serios del hombre. No ha sido capaz de hacer cosa alguna para curar su pecaminosidad y su sentido de inseguridad, o para eliminar el dolor del fraca-so y el temor a la muerte. Sobre todo, no le ha ayudado a salir de la prisión de su egocentrismo congé-nito a una comunión o unión con alguna realidad que es mayor, más importante, más valiosa, y más perdurable que el individuo mismo... Estoy convencido, personalmente, que el problema fundamental del hombre es su egocentricidad. Él sueña con hacer del universo un lugar deseable para sí mismo, con mucho tiempo libre, relajamiento, seguridad, y buena salud y sin hambruna o pobreza”.
Al comentar sobre este análisis, Menninger dice: “El egocentrismo es un nombre para ello. El egoísmo, el narcisismo, el orgullo, y otros términos también han sido usados. Pero ni el clero ni los científicos conductistas, incluyendo los psiquiatras, han hecho de ello un asunto importante. La noción popular es apartarse de las nociones de culpabilidad y moralidad. Algunos políticos, en busca de una palabra, han usado por casualidad el ilógico término de permisividad. Su raciocinio es tan confuso como el lodo, pe-ro su significado es claro. La enfermedad y el tratamiento han sido los santos y señas del día y poco se ha dicho acerca del egoísmo o culpabilidad o la “brecha moral”. Y sin lugar a dudas nadie habla acerca del pecado... Los clérigos tienen una áurea oportunidad para prevenir algunas de las aprehensiones acumuladas, culpabilidad, actos agresivos, y otras raíces de posteriores sufrimientos y enfermedades mentales.
¿Cómo? ¡Predique! Dígalo tal cual es. Dígalo desde el púlpito. Proclámelo desde las azoteas.
¿Qué hemos de proclamar?
Proclame consuelo, proclame arrepentimiento, proclame esperanza. Porque el reconocimiento de nuestra parte en la transgresión del mundo es la única esperanza que queda”.
De muchas maneras este psiquiatra ha resumido el desafío del cristianismo actual. El desafío es reco-nocer cualquier intento por separar la ley y el amor como destructivo para el desarrollo emocional y psicológico del ser humano.
“El propósito de este mandato es el amor nacido de un corazón limpio, de buena conciencia y de una fe no fingida”. 1 Timoteo 1:5.
La condenación de Cristo a los fariseos se produjo porque ellos guardaban la letra de la ley sin el espí-ritu de la ley. El amor que debió demostrarse en justicia, misericordia y fe faltaba en su ministerio, pero Jesús no omitió indicar que ellos hacían bien en pagar cuidadosamente su diezmo. “Esto es necesario hacer”, dijo Él, “sin dejar lo otro”. Por lo tanto es la observancia de la letra de la ley en el espíritu de Cristo lo que es esencial.
Este principio se demuestra más adelante entre Jesús y la adúltera María Magdalena.
“Ni yo te condeno. Vete, y desde ahora no peques más”. Juan 8:11.
Aquí Jesús demuestra su amor y compasión a la vez que mantiene en alto las normas de su ley.
Juan, el gran apóstol del amor, lo declara de esta manera: “Y nosotros tenemos este Mandamiento de Él: El que ama a Dios, ame también a su hermano”. 1 Juan 4:21.
Este versículo, por supuesto, es una paráfrasis de los grandes mandamientos, porque los mandamientos y el amor están inseparablemente unidos. No hay forma alguna en que podamos declarar observar los mandamientos de Dios y no amar a los demás. Vale la pena notar que este versículo está redactado en el sentido positivo. No es suficiente no odiar, pero en lo positivo, en el sentido completo de la palabra, debemos amar a todos los hijos de Dios.
Adán y Eva demostraron la brecha en su amor por la desobediencia. Hay una gran necesidad porque los padres eduquen cuidadosamente a sus hijos en obediencia si están procurando hijos que tengan una re-lación de amor y respeto hacia Dios y el hombre. La falta de amor por los demás es el pecado supremo.
“El que no ama, aún está muerto”. 1 Juan 3:14.
Diciéndolo en otras palabras, el amor propio es el mayor pecado, porque constituye la antítesis del amor ágape. Es la máxima barrera que impide nuestro amor por los demás.
Cuando el amor se convierte en un principio motivador de acción, transforma el carácter, controla la conducta e influye en las relaciones interpersonales. 50

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