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El Amor y la Salud Mental

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El Amor y la Salud Mental

Mensaje por LAURACAROLINA el Dom Oct 16, 2011 12:07 am

El Amor y la Salud Mental

El amor entra casi en cada faceta de la vida humana. Todos quieren ser amados, pero pocos parecen es-tar seguros de que son amados. Generalmente cuanto más frustrado ha sido uno en el pasado, tanto más frustrado será en el presente. ¿Tienen todos el derecho a ser amados? Y si es así, ¿Cómo puede estar realmente seguro si el amor es genuino?
Estas y muchas más preguntas están circulando por la mente de un gran segmento de la sociedad. Al-gunas de las mejores respuestas son dadas en los siguientes hechos básicos:
1. Todos nacen con una tendencia al pecado. “En pecado me concibió mi madre”. Salmo 51:5. Por lo tanto, todos tienen una disposición básica a caminar por senderos que los alejan de Dios. La tendencia natural no convertida de toda la humanidad es desarrollar un patrón de vida incoherente con la vida eterna.
2. Esta enajenación se debe a la egocentricidad, o egoísmo y está ejemplificado en los actos auto-centrados de un infante, quien, tan pronto sea capaz de coordinar sus actos, trata de echarle mano a to-do para sí mismo, a menudo fallando en percibir aquellas cosas que pueden ser dañinas.
3. Debido a que el egoísmo está en la base de todas las motivaciones humanas, predomina el amor pro-pio, y el amor verdadero por los demás es relativamente raro. Para muchos este descubrimiento es des-concertante.
4. El egoísmo provee el fundamento para la mayoría de los problemas emocionales, y es la raíz del quebranto mental funcional, o sea, el quebrantamiento mental que no es causado por una causa física. Por ejemplo, muchos esquizofrénicos, que no están dispuestos o son incapaces de relacionarse con el mundo real, miran hacia adentro, y viven en un mundo de su propia creación. El paranoico está intere-sado en que la gente está buscando “cazarlo”. Este es el clásico complejo de persecución. El megaló-mano tiene un ansia loca por poder. El masoquista se hace daño a sí mismo, a menudo de manera que atrae la atención y posiblemente simpatía hacia sí. El hipocondríaco se vuelve físicamente enfermo de-bido a su distorsión interna. Aun aquellos que están sufriendo de depresión a menudo están muy pre-ocupados con lo que otros, especialmente miembros de su propia familia les han hecho. Quizás no haya un acto de mayor egocentrismo que el suicidio, donde una persona, creyendo que su vida ha sido sin significado, o que ha sido maltratado o rechazado, decide poner fin a su propia vida.
Raramente parece haber algún pensamiento de parte del suicida de que él ha sido creado para atender las necesidades de otros.
Típico de la situación es el paciente que fue tratado por uno de los autores en el Hospital Príncipe de Gales en Sydney.
Fue introducido, luchando y gritando, por dos robustos agentes de policía. Tenía profundas heridas en ambas muñecas y era el deber del autor suturar éstas mientras que los dos agentes de policía parcial-mente podían restringir sus violentos movimientos. Este paciente continuamente exclamaba: “¡Ella no me ama!” Su énfasis estaba continuamente sobre la penúltima palabra de la oración.
5. Nadie puede obligar a otro a amarle. Muchos intentan lograr el amor por la fuerza, pero a menudo cuanto más grande sea el intento para obligar el amor de otro, tanto menor es correspondido.
6. En ninguna parte de la Biblia se sugiere que los hombres deberían esperar ser los receptores del amor de otros.
7. Muchas veces en la Palabra de Dios se exhorta a amar a otros; ocurre al menos doce veces en el Nuevo Testamento. Ejemplos incluyen: Mateo 22:39; Romanos 13:9; Gálatas 5:14; Santiago 2:8.
8. Este amor por otros involucra tanto el amor por Dios como a los demás seres humanos.
Quizás aquí está el primer principio de ser amado. Para ser amado por otros debemos nosotros demos-trar amor. Querer ser amado es natural. Querer amar no es natural. De allí que muchos encuentran difícil amar a otros. Sin embargo, el verdadero amor cristiano es la mejor prevención contra la enfermedad mental, frustración y desaliento. La persona que está preocupada acerca de si otros lo aman es egocén-trica y por lo tanto infeliz. Es verdad que esta pasión por ser amado a menudo tiene algo que ver con las experiencias de la temprana niñez, pues aquellos que proceden de hogares donde el amor no ha sido demostrado o experimentado tienden a anhelar el amor mucho más en su vida de adolescente o en años posteriores. A menudo este anhelo es como un abismo—no hay manera de saciarlo.
La manera más productiva de acercamiento hacia el “no amado” es ayudarle a aprender como amar a otros. No es fácil, porque, como se indicó previamente, las inclinaciones naturales del hombre están en contra de ello. Para el “no amado” a menudo ha habido muchos años de habituación en una dirección de voluntad propia hacia la gratificación personal y el amor propio.
Muy a menudo asociado con el amor propio está la autocompasión. Este sentimiento es una de las ex-presiones más peligrosas del amor propio, porque ofrece una excusa y base para conductas erradas. Inevitablemente es auto-destructiva.
Como se explicará más adelante, la Palabra de Dios ve el temor como opuesto al amor. El temor pro-viene de sentimientos de inadecuación, sentimientos de no ser querido, y sentimientos de inseguridad. Pero aquel que se mueve por amor a otros, aligerando sus cargas, compartiendo sus preocupaciones, menos y menos permanecerá en la modorra de sus propios problemas introspectivos. Es virtualmente imposible extenderse en amor sin que este sea correspondido por al menos algunos de los recipientes de dicho amor.
Quizás las dos formas menos efectivas para tratar con el desánimo y el desaliento consisten en meditar sobre los problemas en un sitio aislado, o narrarle los problemas a otros. La primera “solución” solo acentúa el aislamiento, la soledad y auto-compasión experimentado por la persona deprimida, sin ofre-cer una solución constructiva para el problema. Esta introspección conlleva a debilidad física, mental y espiritual. El segundo tiende a reforzar los sentimientos de frustración, a menudo validándolos y exa-gerándolos con cada audición donde se le brinda simpatía por sus problemas. Al centrarnos en el yo nos sentimos peor de lo que realmente estamos.
Las dos formas más efectivas para tratar con el desaliento y desánimo involucran alabar a Dios, y salir al encuentro de otros, evitando los resultados del aislamiento introspectivo por un lado y los efectos de re-fuerzo al contar constantemente nuestros problemas.
El primero involucra una relación con Dios. Al rememorar las bendiciones de Dios, al alzar literalmente la voz de uno en alabanza hacía él, un poder desconocido para el hombre está a su disposición. De esta manera, al reconocer el amor y preocupación insondable de Dios por nosotros, nuestros propios problemas parecen disminuir en vez de aumentar. El segundo involucra llegar a alguien que está en mayor necesidad que nosotros, empezando a extendernos hacia esa persona de tal manera que él o ella sea ayudada. Pronto el desaliento o desánimo se desvanecerá. A menudo no es fácil cambiar a este patrón, porque la persona desalentada encuentra supremamente difícil salirse del yo. Requerirá perseve-rancia, pero los resultados serán tremendamente satisfactorios.
El amor en el sentido más verdadero está también en la raíz de la auto-imagen. En la sociedad altamente competitiva donde vivimos resulta muy difícil buscar ese alcance altruista hacia otros.
Hemos sido educados para competir con la gente, sobresalir sobre otros, regocijarnos por nuestras vir-tudes y éxitos. Pero la Biblia dice: “Es más dichoso dar que recibir”. Hechos 20:35.
Si la auto-imagen dependiera de la fortaleza, velocidad, habilidades, logros académicos, éxito profesio-nal, y valores similares, la gran mayoría sería perdedora; y en este mundo nadie quiere ser perdedor. El amor por otra parte, nos vuelve sordos a la crítica y los insultos, y ciegos ante las debilidades de los demás, así como también comprensivos de nuestras propias limitaciones.
Los psicólogos y psiquíatras pasan mucho tiempo tratando de establecer la auto-imagen, especialmente del adolescente, pero también de muchos de aquellos de mayor edad. A menudo esto se hace tratando de establecer en la mente del aconsejado sus áreas de éxito y logros valederos. Pero tal intento está abocado al fracaso, porque el ego humano es insaciable. La Palabra de Dios tiene el único remedio efectivo; muerte al yo.
Al principio este pensamiento parece contrario a todo el tema de la auto-imagen. ¿Cómo puede un yo muerto producir autoestima? Pablo lo dice de esta manera: “Cada día me expongo a la muerte”. 1 Co-rintios 15:31.
Pero al investigar más profundamente se verá que es la única manera posible de adquirir auto-imagen.
¿Causa alguna sorpresa que haya tanta baja autoestima cuando la sociedad moderna está enseñando la constante defensa de la auto-imagen? Es fácil ser amargamente herido por cada crítica, por todos aque-llos que se desempeñan mejor que nosotros o hacen un trabajo mejor que nosotros, por aquellos que no gustan de nuestras ideas, por aquellos que son más populares que nosotros, o por aquellos que son as-cendidos por encima de nosotros. De manera que nuestro amor y seguridad emocional puede volverse invencible solo cuando crucificamos el yo y seguimos el humilde ejemplo de Jesús. Entonces, y solo entonces, será imposible ser lastimado. Compartir el amor de Jesús, saber que él nos ama y que somos hijos de Dios y coherederos con Cristo, establece la única auto-imagen firme y segura que un ser humano puede tener.
“El mismo Espíritu testifica a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo; si es que padecemos junto con él, para que junto con él seamos glorificados”. Romanos 8:16-17.
Es imposible ser lastimados emocionalmente cuando estamos muertos al yo. La muerte del yo raramente es una alternativa atractiva; pero es el fundamento de la paz y la alegría. Es la base del consejo de Pablo de estimar a otros mejor que a nosotros mismos:
“Nada hagáis por rivalidad o vanagloria; antes bien en humildad, considerando a los demás como supe-riores a vosotros; no mirando cada uno sólo a lo suyo propio, sino también a lo de los otros”. Filipenses 2:3-4.
Pero el hombre no es dejado para batallar solo contra el yo. Cristo es el permanente Ayudador del hombre, y su vida altruista, cuando se contempla diariamente, es una base firme para desviar la mente de la auto-gratificación. Al desarrollarse la fe en Cristo, trabaja por amor para purificar el alma de todo egoísmo.
“Porque en Cristo Jesús ni la circuncisión vale algo, ni la incircuncisión. Lo que vale es la fe que obra por el amor”. Gálatas 5:6.
El orgullo, el egoísmo y la codicia no son solo autodestructivos; también son una ofensa ante Dios. Con la ayuda de Cristo el hombre puede ser guiado paso a paso para apartar la vista del yo y reflejar las leyes del amor que contienen los principios del reino de Dios. Aquellos que menos piensan en el yo son los más cercanos al reino de Dios. Esta auto-renunciación ciertamente realza el consejo de Cristo: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz, y sígame”. Mateo 16:24.
Es a la luz de estos principios que muchos sindicatos y movimientos de derechos civiles son destructi-vos. Tales movimientos tienden a centrarse sobre la auto-satisfacción, y aunque dirigidos a considerar los males sociales e injusticias, a menudo generan odio, desconfianza y violencia física.
A menudo es mejor sufrir físicamente que sufrir las pérdidas espirituales generadas por las emociones negativas.
Sin embargo, el verdadero cristiano no será insensible a la opresión de los menos privilegiados de la sociedad. Es su responsabilidad hacer todo lo que está en su poder para aliviar al oprimido y buscar ali-viar los males sociales. Pero la motivación para ayudar a otros es producto del crecimiento cristiano, mientras que la auto-gratificación es contra productiva. El amor por los demás elimina la contienda y la división.
El amor no puede existir por mucho tiempo sin expresión mientras que el temor retiene la expresión. El amor es manifestado por palabras y acciones bondadosas, mientras que el temor tiene miedo al rechazo y por lo tanto, se retrae de extenderse positivamente hacia otros. Las recompensas de amar a otros son reforzadas, beneficiando no solo al receptor sino también al dador. La verdadera felicidad viene de hacer el bien y ser bueno.
El amor humano es siempre un reflejo del amor de Dios. Juan lo expresa en relación con el hombre: “¡Mirad qué gran amor nos ha dado el Padre, que seamos llamados hijos de Dios!”. 1 Juan 3:1.
“En esto consiste el amor: No en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a noso-tros, y envió a su Hijo como víctima por nuestros pecados”. 1 Juan 4:10.
Jesús vino para esclarecer de una vez y para siempre el infinito amor de Dios y negar más allá de cual-quier duda la falsedad del reclamo de Satanás de que Dios es egoísta. Al hacerlo, proveyó para nosotros un ejemplo de amor desinteresado por otros.

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Re: El Amor y la Salud Mental

Mensaje por LAURACAROLINA el Dom Oct 16, 2011 12:12 am

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