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La Salud Mental y el Carácter

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La Salud Mental y el Carácter

Mensaje por LAURACAROLINA el Sáb Oct 15, 2011 11:59 pm

La Salud Mental y el Carácter

Cuando el hombre fue creado, fue creado perfecto, sin embargo, todas sus facultades eran capaces de ser desarrolladas.
El hombre fue creado para compartir la mente Divina, y esta meta sigue siendo el propósito de Cristo para el hombre. “Haya en vosotros el mismo sentir que hubo en Cristo Jesús”. Filipenses 2:5.
Por lo tanto, los mismos reclamos se hacen sobre la mente del hombre actual como los que fueron hechos en el Huerto del Edén. No es difícil comprender este hecho cuando uno reconoce que las mis-mas metas y principios del crecimiento total del hombre son idénticos con aquellas antes de su caída. El único cambio está en las condiciones—las capacidades limitadas del hombre, sus fracasos, y el deterioro de su ambiente. A pesar de las limitaciones del hombre, Dios provee fortaleza emocional y salud para aquellos que la buscan. Estos se logran en su máxima dimensión solo cuando el poder Divino transforma las capacidades limitadas del hombre. Tal poder es necesario para todos aquellos que buscan la bendición de Dios.
“Transformaos mediante la renovación de vuestra mente, para que podáis comprobar cuál es la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta”. Romanos 12:2.
Será notorio que el verdadero crecimiento espiritual y la transformación del carácter empiezan en la mente.
“Transformaos mediante la renovación de vuestra mente”. Un acercamiento común a las necesidades humanas, que afecta la educación, la reforma carcelaria, tratamiento del enfermo mental, y casi todas las facetas de la vida, está basada sobre los principios previamente discutidos de modificación de con-ducta. Aquí todo el fundamento del cambio de conducta está construido alrededor de la reestructura-ción de las respuestas de la persona de acuerdo a los valores que el consejero considera como buena, en oposición a aquellos considerados improductivos o malos.
Sin embargo, este acercamiento parece incoherente con el programa de restauración de Dios. La verda-dera restauración no resulta de una mera reestructuración de conducta, sino que puede ser efectuado so-lamente por el poder transformador del Divino. La Biblia se refiere a esta transformación como el nuevo nacimiento.
“Jesús respondió: Te aseguro: El que no nace de nuevo, no puede ver el reino de Dios. Nicodemo le preguntó: ¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede entrar otra vez en el seno de su madre, y nacer? Respondió Jesús: Te aseguro: El que no nace de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo que nace de la carne, es carne; y lo que nace del Espíritu, es espíritu”. Juan 3:3-6.
Cuando la mente es transformada para hacer la voluntad de Dios, se produce una transformación que compaña los patrones de conducta.
El carácter es más que la reputación. Esta verdad ciertamente se evidencia en la vida de Cristo. La baja reputación de Jesús frente al liderazgo Judío contrastaba con el único carácter sin mancha en la historia del mundo. El carácter determina los pensamientos, los sentimientos y los motivos, así como la conduc-ta del hombre. Solamente Dios puede evaluar verdaderamente el carácter. La reputación es una evalua-ción subjetiva del hombre de la conducta de su prójimo. Los motivos y los pensamientos pueden ser juzgados, pero nunca podrán ser determinados con absoluta precisión.
El desarrollo del carácter es un desafío para toda la vida y puede ser validado y evaluado solamente por la norma perfecta que Dios ha esbozado en su ley moral, y por lo tanto, normalmente es independiente de la reputación. Frecuentemente hay un gran conflicto cuando una buena reputación en vez de un buen carácter llega a ser el motivo para la acción humana.
La búsqueda de aprobación humana resulta inevitablemente en compromisos y acciones erróneas, aun cuando la fuente de la aprobación sean hombres buenos. Aun cuando la conducta sea “buena”, la moti-vación que busca la aprobación humana es egocéntrica y por ende incoherente con los motivos puros de Dios. Cuando uno busca complacer a Dios y al hombre simultáneamente, el conflicto resultante puede ser muy severo.
Si la decisión hecha es seguir a Dios contrario a las expectativas del hombre, la crítica resultante a me-nudo produce gran angustia mental. Sin embargo, si se lleva a cabo un mal curso de acción para aplacar las demandas humanas, un sentimiento de culpa emocional destructor será el resultado. El cristiano de-be darse cuenta que él será criticado por hacer el bien y por obrar mal.
Si ha comprometido su vida completamente a Cristo, entonces determinará que cualquier crítica que reciba será solo por hacer el bien, reconociendo que tal criticismo vehemente proviene de aquellos que no se han comprometido con principios Divinos.
Un verdadero carácter no puede ser desarrollado independiente de un compromiso total de la vida hacia Dios y su camino, al margen de las consecuencias. No puede lograrse únicamente por el esfuerzo humano, aunque este debe ser ejercitado, pero resulta únicamente del poder que Cristo puede impartir. La seguridad emocional que resulta de tan singular seguimiento del liderazgo de Dios tiene sus bases en una auto-imagen que excede cualquier aprobación humana.
La respuesta a la conciencia es central al desarrollo del carácter. Mientras que la conciencia es la fuerza guiadora para la vida, necesariamente no es una guía infalible. Pablo clarifica este pensamiento cuando se refiere a tener una conciencia libre de ofensa: “Por eso procuro tener siempre una conciencia sin ofensa ante Dios y ante los hombres”. Hechos 24:16.
Así mismo él se refiere a otros tipos de conciencias imparciales: “Pero no todos saben esto. Algunos, habituados todavía a los ídolos, comen la carne pensando que está sacrificada a los ídolos. Y su con-ciencia, siendo débil se contamina”. 1 Corintios 8:7.
“Con hipocresía hablarán mentira, teniendo cauterizada la conciencia”. 1 Timoteo 4:2.
Pablo también reconoce la presencia de una conciencia pura: “El propósito de este mandato es el amor nacido de un corazón limpio, de buena conciencia y de una fe no fingida”. 1 Timoteo 1:5.
“Que mantengan el misterio de la fe con limpia conciencia”. 1 Timoteo 3:9.
Debe ser aceptado que una buena conciencia es educada por la palabra de Dios, bajo la influencia ilu-minadora del Espíritu Santo. Una conciencia tal es una guía fiable, con el Espíritu Santo fielmente mo-nitoreando las influencias ambientales de acuerdo al paradigma de la ley de Dios. Una vez establecida, una conciencia confiable advierte contra el peligro moral inminente y la tentación, juntamente con su amenaza de pérdida espiritual y emocional. Sin embargo, la conciencia de uno nunca debe ser usada como un fundamento para juzgar a otros.
El carácter no es hereditario. Es el resultado de la decisión de aceptar una relación creciente con Cristo. Después de la caída del hombre tal decisión habría sido imposible, si no hubiera sido que el mismo Dios había extendido su gracia al mismo hombre, permitiéndole escoger resistir a Satanás.
“Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu descendencia y su Descendiente. Tú le herirás el talón, pero él te aplastará la cabeza”. Génesis 3:15.
Ya que el carácter involucra la totalidad del ser humano incluyendo acciones, palabras, pensamientos, sentimientos y motivos, no puede ser desarrollado mediante un proceso de condicionamiento ni por imposición de la voluntad ajena. Se requiere la decisión personal para permitirle al poder Divino trans-formar la vida. Si esa decisión no es tomada, la vida permanece en esclavitud a Satanás. El hombre nunca puede entregarse a sí mismo a Dios, pero puede invitar a Dios a tomar control de su vida y hacer por él aquello que no puede hacer por sí mismo.
El hombre, al contrario de los animales, es gobernado por la ley moral de Dios. Dios ha creado la mente del hombre con la capacidad para discriminar entre el bien y el mal, y su ley para definir el bien y el mal. El poder de elección debe ser ejercitado constantemente para el bien, si se quiere desarrollar fuerza emocional. Porque así como hay una conexión inquebrantable entre el pecado y las dificultades emocionales, así mismo hay un eslabón indivisible entre la fuerza emocional y la pureza moral. La humanidad, sobrecargada con el peso del pecado, puede encontrar alivio de la ansiedad solamente cuando los principios positivos del vivir de Cristo activan la vida. El desdén por la ley de Dios es la ba-se fundamental para la miseria humana en el mundo. Una vida irregenerada conlleva a la desconfianza de sí mismo, lo cual se evidencia por la desconfianza en Dios y en otros seres humanos. Tal es la base para mucha angustia hacia sí mismo como hacía los demás.
Como se ha enfatizado anteriormente, la motivación es la verdadera base del carácter. Pablo define los tres motivos básicos del cristiano convertido como fe, esperanza, y amor, con el amor teniendo primacía entre los tres.
“Ahora permanecen estos tres dones: la fe, la esperanza y el amor. Pero el mayor es el amor”. 1 Corin-tios 13:13.
El amor es la motivación que determina el valor celestial para un acto. Este amor es de origen celestial, y puede ser el principio de la motivación humana solamente cuando a Cristo se le ha permitido sembrar ese amor en la vida. Un carácter verdaderamente fructífero es uno en que el amor de Cristo es la base para toda actividad conductivista. Este amor fue definido por Cristo cuando él oró: ”Que os améis unos a otros, así como yo os he amado” Juan 13:34.
En la presentación del sermón del monte, Cristo expuso una faceta adicional de su amor en lo que ahora se conoce como la regla de oro: “Así, todo lo que queráis que los hombres os hagan, hacedlo también vosotros a ellos”. Mateo 7:12.
Al efectuar el Espíritu Santo una nueva vida interna, las motivaciones personales se vuelven menos egocéntricas y responde más a las necesidades de otros. Hay asociado con este crecimiento, un incre-mento del contentamiento y felicidad que no puede resultar por seguir las inclinaciones naturales.
Los verdaderos cristianos son felices por encima de todos los demás en la tierra; y no importa lo que uno profese; la infelicidad, la inquietud y la ansiedad revelan una falta de compromiso y una motivación que no es transformada. La persona convertida ha permitido que su independencia natural sea re-emplazada por un sometimiento de tipo infantil y un espíritu modificable.
La señal de un verdadero sometimiento sin egoísmo está expresada en las palabras de Saulo de Tarso en el momento de su conversión: “Señor, ¿qué quieres que haga?” Hechos 9:6.
Cristo mismo, demostró la misma dependencia sin egoísmo de su Padre cuando exclamó: “No sea como yo quiero, sino como quieras tú”. Mateo 26:39.
Cristo vino a la tierra para demostrar que tal entrega es la base, no solamente de la perfección de carác-ter, sino de la paz y felicidad.
El carácter moral no puede ser desarrollado a su máximo nivel sin una cuidadosa atención a las leyes físicas y mentales.
El descuido en los hábitos físicos resulta en descuido del carácter moral. Sin un monitoreo cuidadoso de las leyes físicas incluyendo la dieta, el ejercicio, y el descanso, las fuerzas morales automáticamente sub-sirven la auto-indulgencia del hombre natural. Los resultados son similares si la mente no es cui-dadosamente monitoreada de reposar sobre aquello que es trivial o moralmente contaminante. La per-sona fuerte es aquella que refrena la pasión y controla cada faceta de su vida. La pasión y el tempera-mento descontrolados son el resultado de falta de disciplina, y son indicio de debilidad de carácter.
El desarrollo del carácter equivale al principio bíblico de santificación. Se centra alrededor de la con-quista del yo. Este crecimiento en santidad es una batalla de toda la vida. Descansa sobre el someti-miento diario de la voluntad a Cristo. En ningún momento puede el hombre continuar en esta santidad sin este compromiso diario. Jesús santifica, para que el hombre pueda levantarse por encima del fracaso de someterse a la tentación.
Él ha prometido: “Os daré un corazón nuevo, y pondré un espíritu nuevo dentro de vosotros. Quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne”. Ezequiel 36:26.
Sin embargo, este nuevo corazón puede ser retenido solo mediante una comunión diaria con Jesús. Cada victoria sobre la tentación fortalece los principios correctos y facilita las futuras decisiones correctas. La satisfacción emocional que resulta de cada tentación resistida es de valor inestimable para la salud mental de la persona. Por lo tanto, el desarrollo del carácter es un pre-requisito necesario no solo para la salvación, sino que también provee la mayor realización en nuestra vida presente.

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