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Desde la Psicología Secular a la Cristiana.-

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Desde la Psicología Secular a la Cristiana.-

Mensaje por LAURACAROLINA el Sáb Oct 15, 2011 11:51 pm

Desde la Psicología Secular a la Cristiana.-

Es tan solo apropiado que los autores que tratan con un campo potencialmente controversial debieran dar alguna explicación de donde vienen, en un intento para orientar al lector sobre las bases filosóficas que están exponiendo. Nuestra intromisión al campo de la salud mental ciertamente fue menos que or-todoxa. Nunca ha habido un tiempo cuando hayamos tenido una súper fascinación por el estudio de la psicología, y nuestra dirección hacia un énfasis psicológico evolucionó lentamente. De hecho sería justo decir que nuestra propia herencia fue tal que no habríamos anticipado introducirnos en ella como programa universitario.
Nacimos en la ciudad australiana de Newcastle, la cual en esa época no tenía una universidad. Nuestros padres fueron cristianos profundamente comprometidos, pero ningún miembro de nuestras familias había terminado la secundaria. Sin embargo, fue el profundo compromiso cristiano de nuestros padres lo que primero nos dio un interés en el comportamiento humano y su relación con la conversión y sal-vación.
Después de terminar un curso preparatorio de maestro de dos años en el colegio Avondale en Australia, y enseñado en la escuela primaria durante tres años, proseguimos a la Universidad de Sydney. En aquel entonces nuestro gran interés estaba centrado en la historia. Nuestro principal deseo era obtener una li-cenciatura en historia para enseñar historia en la escuela secundaria. Debido a las limitaciones financie-ras realizamos nuestros estudios por las noches y descubrimos que la única manera que podíamos tomar tres materias para obtener la licenciatura era estudiando historia, ingles, y bien sea psicología o filosofía.
En vista de que habíamos recibido conocimientos superficiales de psicología durante nuestra prepara-ción como maestros en el Colegio de Avondale, escogimos psicología como nuestra tercera materia. Irónicamente, ambos nos desempeñamos mejor en psicología que en historia. Este éxito, creemos, no se debió a ninguna aptitud especial en psicología, sino más bien al sistema adoptado por la Universidad de Sydney, donde se requería más trabajo de clase para psicología que para historia.
Por lo tanto, al ser estudiantes nocturnos, la historia tuvo que ser apartada para cumplir con los requisi-tos más exigentes de la psicología. Ambos fuimos invitados a unirnos a la clase de honor en psicología. Dentro de las provisiones de la Universidad de Sydney, solo aquellos invitados por su desempeño del primer año en una materia determinada podían formar parte de la clase de honor en esa materia. Significaba un giro bastante diferente para los dos, porque en la educación superior Australiana solo aquellos que estaban completando un curso especial de honor eran elegibles a graduarse con honor.
Este requisito exigía un gran aumento de trabajo académico por encima del requerido para una clase normal- en el segundo año probablemente 50% más, y quizás 75% en el tercer año, y un año final adi-cional dedicado a la licenciatura (en el caso de psicología este año incluía dos tesis principales: una empírica y la otra teórica).
Aunque logramos completar nuestra licenciatura en historia, la dirección de Colin se orientó hacia el campo de la psicología por el hecho de que, en la Universidad de Sydney, es requerido ser un graduan-do de honor o tener una equivalencia de honores 9 antes de proceder a un programa doctoral. Ahora, con una visión en torno a aspiraciones doctorales, él siguió en la dirección de la psicología, eventual-mente completando su Ph.D. en 1964.
Russell desarrollo un interés a través del estudio de la psicología y siguió la carrera médica, graduándo-se también en 1964.
Sin embargo, se debe enfatizar que el doctorado de Colin no fue en el campo de la psicología clínica, sino en el campo de la psicología experimental. Ya que él fue entrenado en la tradición fuerte y precisa de hombres como Clark Hall y Kenneth Spence, el énfasis nunca estuvo sobre aplicaciones prácticas, sino más bien sobre la contribución al desarrollo teórico. Era obvio que el énfasis estímulo-respuesta con su énfasis determinístico estuvo en gran conflicto con nuestra herencia cristiana desarrollada sobre el libre albedrío. Este conflicto fue grandemente resuelto del lado del libre albedrío en vez del determi-nismo.
Durante los seis años en que Colin realizo trabajo de postgrado en la Universidad de Sydney, él enseñó en el Departamento de Psicología, pero subsiguientemente su enseñanza de psicología ha sido un poco escasa. Al aceptar un nombramiento en su antiguo alma máter, Colegio de Avondale, y ser nombrado director del departamento de educación allí, él ejerció un programa que involucraba la enseñanza tanto de psicología como de educación.
Cuando en 1970 él se trasladó a Jamaica, Indias Occidentales, enseñó muy poca psicología, llegando a ser presidente de West Indies College por tres años antes de trasladarse a Estados Unidos en 1973 don-de había sido nombrado director del departamento de psicología del Columbia Union College en Was-hington, DC.
Fue durante su estadía en casa en Australia en 1973 que Colin seriamente reevaluó sus propias bases psicológicas. Le pareció que primero debía buscar sus propias respuestas dentro del paradigma de las Escrituras y luego, quizás, hacer algunas comparaciones con los escritos de otros autores.
Mientras estaba en Australia él tuvo la oportunidad de hablar con dos amigos psiquiatras australianos. Uno de ellos estaba en casa procedente de Estados Unidos donde estaba dirigiendo un fuerte programa de salud mental comunitario en la región de Nueva Inglaterra. El otro era un psiquiatra en Sydney. Co-lin, con estos dos amigos, pasaba las mañanas analizando el programa de salud mental comunitario del psiquiatra que estaba en Australia de visita procedente de Estados Unidos. Este hombre estaba ex-plicándoles el programa más bien tradicional que él estaba dirigiendo, elaborado sobre los principios de L.A.W. (siglas en ingles) – Amor, Aceptación, y Valía- y el uso de recursos comunitarios y familiares para ayudar al paciente.
Cuanto más escuchaban, tanto más el psiquiatra residente en Sydney y Colin se convencieron de que había algo dramáticamente errado en el programa, y esta impresión fue al menos parcialmente confir-mada por el indicio de que los resultados logrados en el programa no tenían una relación directa con el esfuerzo y el dinero invertidos.
El programa que será discutido más adelante en este libro, parecía lógicamente construido sobre la su-posición de que la enfermedad mental es el resultado de una falta de amor y seguridad en la niñez e in-fancia. Por lo tanto, hay una necesidad de establecer amor y seguridad en las vidas de estas personas
desadaptadas. Sin embargo, estaban perplejos y muy preocupados por su fracaso en ofrecer fuerte evi-dencia de éxito.
Su amigo procedente de Estados Unidos viajó la misma tarde, y ellos siguieron discutiendo las implica-ciones de lo que habían escuchado.
Relacionado con esta pregunta estaban las conclusiones obtenidas del tiempo pasado en el hospital psi-quiátrico donde el psiquiatra de Sydney había brindando ocho años de servicio.
Después de participar en grupos de terapias grandes y pequeños así como entrevistas individuales, Colin concluyó que los programas, en el mejor de los casos, eran muy poco productivos. En las discusiones subsiguientes, el psiquiatra de Sydney y Colin llegaron a la conclusión que el programa era contra-producente en muchos casos. En vez de ayudar a formular patrones de vida coherentes con sistemas de comportamiento normalmente aceptables, el programa de hecho a veces reforzaba la conducta inacep-table de los pacientes.
A mediados de 1973, al viajar Colin a los Estados Unidos para asumir su nuevo nombramiento, él no estaba preparado para el choque cultural que representaba el ser un psicólogo en los Estados Unidos. El síndrome de dependencia que él ha llegado a reconocer como una parte significativa del estilo de vida en un amplio segmento de la población americana era extraño para alguien criado en la tradición aus-traliana. Parecía que la salud mental de los jóvenes y adultos americanos era trágicamente frágil.
Él reconoció que aun entre sectores de cristianos había una gran dependencia de los seres humanos por apoyo psicológico.
Parecía que muchos estudiantes eran inseguros a pesar de, o quizás debido a, la libertad y acercamientos no inhibitorios hacia la educación infantil y juvenil, y que de alguna manera la presente generación de americanos tenía los más bajos niveles de seguridad y autoestima de cualquier comunidad en el mundo.
Él estaba anonadado por la forma en que era inundado no solo por estudiantes, sino también por miem-bros de la comunidad que buscaban consejería psicológica. Parecía que no tenía importancia para ellos que su educación y experiencia no estaba en el campo clínico o de consejería.
Esta situación lo llevó a evaluar las experiencias de hogar que podían conducir a neurosis a un grupo de escala tan grande.
Aunque ocho meses después de llegar al Columbia Union College él llego a ser presidente de la Uni-versidad, su interés y preocupación en esta área no disminuyeron y como subsiguientemente él ha acep-tado el desafío de ser pionero en los programas académicos del Instituto Weimar y el Instituto de Edu-cación y Salud Hartland, él ha seguido ampliando su comprensión del plan de Dios en la salud mental. Él ha escrito un número de artículos y ha hecho amplías presentaciones en la región. Y su contribución a este libro ha surgido de sus convicciones que se han desarrollado especialmente durante los últimos cinco años.
El segundo autor, Russell, al completar sus estudios de medicina pronto descubrió que un segmento grande de su práctica involucraba tratar con los problemas personales de sus pacientes. Mientras que su preparación médica virtualmente no daba ayuda para tratar con tales asuntos, sin embargo, los pacientes tienen considerable fe en que los médicos que los asisten les pueden ayudar a encontrar soluciones en estos campos. Muchas situaciones encontradas eran muy trágicas en realidad, y se volvió evidente que más que la sabiduría humana era requerida para proveer ayuda. El curso de psiquiatría que tomó durante sus años de estudio médico y la licenciatura en psicología que había completado previo a su estudio de medicina eran de mínima ayuda. Muchos pacientes habían recurrido a grandes consultas psiquiátricas, sin la menor mejoría de sus problemas. Esta experiencia resultó naturalmente en mayor frustración y desespero.
Cuando, en 1967, Russell fue asignado a Malasia, él descubrió que las tensiones de la vida moderna allí eran tan severas como en Australia. Ciertamente, algunos de los problemas eran causados por diferentes costumbres sociales, pero sus bases eran idénticas. La experiencia clínica subsiguiente en el Reino Unido y Tailandia, han confirmado la universalidad del descontento y la miseria humana. De hecho fue aparente que una mayor porción de la gente en este mundo vive una existencia totalmente sumergida en la infelicidad. Sin enumerar los millones, esta condición no tiene relación con privaciones físicas.
Enfrentado con las urgentes necesidades de sus pacientes, Russell fue obligado a estudiar de nuevo el plan de Dios en cuanto a la salud mental. Era obvio que su plan se diferenciaba substancialmente de las soluciones seculares que han sido ofrecidas. Russell descubrió que la tasa de suicidio, por ejemplo, ha aumentado desde el descubrimiento de las drogas antidepresivas. Los sedantes y tranquilizantes han desempeñado un papel menor en ayudar a la gente infeliz y en algunos casos han agregado a las cargas de las personas en una manera no muy disimilar al uso del alcohol. Fue tan solo en la palabra de Dios que Russell descubrió la formula para la paz “que supera todo entendimiento”. (Filipenses 4:7).
Toda la premisa de este libro es que Dios está interesado en cada fase de la vida del hombre. Él no solo está interesado en las bases espirituales del hombre, sino también en su salud física y emocional, por lo tanto, dentro de las sagradas Escrituras deben encontrarse aquellos principios que por sobre todo lo demás conducirá a un estado emocional saludable que conlleva a la felicidad. Dios creó la mente y es-tableció sus funciones basadas sobre leyes inmutables que gobiernan el intelecto del hombre, así como el desarrollo emocional y de conducta. Por lo tanto, debe ser confiadamente asumido que en su Palabra están reveladas al hombre aquellas leyes mediante las cuales se logrará la verdadera felicidad, la alegría, y la paz mental.
Adicionalmente está implícito que Satanás tiene una falsificación a los sencillos principios de salud mental de Dios. Esta falsificación está basada sobre premisas que al menos en parte son incompatibles con los principios bíblicos. La Biblia la define “falsamente llamada ciencia”. (1 Timoteo 6:20).
Es evidente que aquellos que sufren de profundas perturbaciones mentales no pueden cumplir adecua-damente sus compromisos espirituales. La confianza sencilla, la paz que proviene de una relación única con Jesucristo no puede ser alcanzada por el temeroso, el ansioso, ni el profundamente perturbado. Pero la Palabra de Dios ofrece esperanza para tales personas. El profeta Malaquías nos asegura que para aquellos que temen el nombre de Dios “nacerá el Sol de Justicia, y en sus alas traerá sanidad”. (Mala-quías 4:2).
Así que este libro se ofrece como una investigación preliminar por un psicólogo, y un internista, a aquellos que están sinceramente buscando las respuestas de Dios a la salud mental.
El estado de incertidumbre en el cuidado psiquiátrico puede ser medido por el hecho que actualmente hay alrededor de doscientas formas identificables de terapia psiquiátrica, todas exigiendo aceptación. Adicionalmente, hay una rápida intrusión de lo oculto, y misticismo oriental, al campo de la sanidad psiquiátrica. Ciertamente ha llegado el momento para que el cristianismo declare lo que tenga que ofre-cer tanto para la prevención como para la cura de las enfermedades emocionales. Que la psiquiatría moderna haya estado sorprendentemente inepta en tratar con el dilema de la salud mental internacional, es claro por el aumento de la enfermedad mental y la alta tasa de re-institucionalización de aquellos su-puestamente curados en hospitales psiquiátricos. En los Estados Unidos, donde actualmente hay unos treinta mil psiquiatras, consejeros pastorales, educadores, clérigos, médicos, y otros que están tratando de confrontar la expansión masiva de psicosis y neurosis, la muda voz del cristianismo necesita escu-charse declarando lo que la Palabra de Dios dice que se requiere para restablecer una sociedad emocio-nalmente equilibrada. Ha desaparecido la opinión, de hace medio siglo atrás, de que el hombre pronto solucionaría el problema de la enfermedad mental. Es tiempo de darle a Dios la oportunidad de demos-trar que la fuerza emocional puede lograrse siguiendo los principios de su Palabra.
El cristiano ciertamente tiene un concepto básico de salud mental, y este volumen sin apenarse busca las respuestas de Dios al margen de mucha teoría actual. No es probable que los psicólogos y psiquiatras no cristianos estén de acuerdo con muchos de los conceptos enunciados aquí, a pesar de esto, se considera que habría avances considerables en el campo de la salud mental si estos principios fueran empleados aun por los secularistas. Sin embargo, una evaluación completa de su éxito vendrá solamente cuando tanto el consejero como el aconsejado busquen sinceramente implementarlos por el poder de Cristo.

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