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El Santuario y el Sábado

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El Santuario y el Sábado

Mensaje por LUZ HELENA el Jue Oct 06, 2011 5:17 am

El Santuario y el Sábado

De acuerdo con la mensajera inspirada de Dios, el santuario y el Sábado serán blancos especiales del ataque de Satanás a medida que nos movemos en los eventos finales de la historia de este mundo.
Históricamente, teológicamente y experimentalmente, el santuario y el Sábado están firmemente ligados entre sí. Ellos permanecerán juntos, o caerán juntos. Aquel que rechaza cualquiera de estas dos verdades muy luego rechazará la otra.
En apoyo a esta declaración, observe la siguiente evidencia:
1.- En Éxodo 31 encontramos los versos 1-11 dando instrucción sobre los detalles de la construcción del santuario, seguido de los versos 12-18 en los cuales una cuidadosa observancia del Sábado es fir-memente amonestada. Ellen White escribe que estas instrucciones fueron dadas debido a que algunos de los líderes de Israel habían propuesto apresurar la construcción del santuario trabajando los Sábados, pero que Dios había prohibido esa auto-contradictoria acción.
2.- El 2 de Abril de 1847, en Topsham, Maine, a Ellen White se le mostró en visión que la ley de Dios está en el arca dentro del Lugar Santísimo del santuario celestial. Ella vio un halo de gloria rodeando el mandamiento del Sábado. Ella escribió:
“Vi que el santo sábado es, y será, el muro separador entre el verdadero Israel de Dios y los incrédulos, así como la institución más adecuada para unir los corazones de los queridos y esperanzados santos de Dios”.
3.- El 24 de Marzo de 1849, se le mostró a ella que el Sábado no había sido una prueba antes que la verdad del santuario fuese conocida, pero que sería una prueba después de eso.
4.- En el Conflicto de los Siglos, ella escribió que:
“Nadie podía dejar de ver que si el santuario terrenal era una figura o modelo del celestial, la ley depo-sitada en el arca en la tierra era exacto trasunto de la ley encerrada en el arca del cielo; y que aceptar la verdad relativa al santuario celestial envolvía el reconocimiento de las exigencias de la ley de Dios y la obligación de guardar el sábado del cuarto mandamiento. En esto estribaba el secreto de la oposición violenta y resuelta que se le hizo a la exposición armoniosa de las Escrituras que revelaban el servicio desempeñado por Cristo en el santuario celestial”.
No era que los oponentes odiasen el santuario tanto como odiaban el Sábado, el cual no puede ser sepa-rado del santuario. Como punto final a la evidencia, podemos presentar la propia admisión de Satanás, la cual es citada en TM dirigida a sus ángeles:
“La misma luz que revela al verdadero Sábado revela también la ministración de Cristo en el santuario celestial”.
No debemos sorprendernos, por lo tanto, cuando, recordando que el Sábado y el santuario están ambos listados como pilares de nuestra fe. Leemos en el CBA la siguiente predicción asombrosa:
“Después que la verdad ha sido proclamada como testimonio a todas las naciones… habrá una remoción de los hitos, y un intento para derribar los pilares de nuestra fe. Un esfuerzo más decidido será hecho para exaltar el falso Sábado”.

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Re: El Santuario y el Sábado

Mensaje por LUZ HELENA el Jue Oct 06, 2011 5:17 am

La Ciudadela de Nuestra Fortaleza.-

El 5 de Agosto de 1875, Uriah Smith escribió en la Review:
“Como tal vez es natural, el enemigo de la verdad parece más persistente en tratar de perturbar y deses-tabilizar las mentes en relación con el santuario; porque es la ciudadela de nuestra fortaleza”.
La palabra ciudadela combina los conceptos de fortaleza y de un lugar de habitación, tal como un casti-llo o un palacio. Naturalmente sería el blanco hacia el cual un enemigo dirigiría sus más formidables asaltos. Smith sugiere que para los ASD, la ciudadela de nuestra fortaleza teológica es nuestra doctrina del santuario, y que no debiéramos sorprendernos de encontrar esta doctrina grandemente atacada por el enemigo. Ellen White aparentemente concordó. Ella escribió en 1905:
“Satanás está luchando continuamente para sugerir suposiciones fantásticas con respecto al santuario, degradando las maravillosas imágenes de Dios y el ministerio de Cristo por nuestra salvación, a fin de convertirlas en algo que cuadre con la mente carnal. Quita de los corazones de los creyentes el poder director de esas imágenes divinas y lo suple con teorías fantásticas inventadas para anular las verdades de la expiación, y para destruir nuestra confianza en las doctrinas que hemos considerado sagradas des-de que fuera dado por primera vez el mensaje del tercer ángel. Así quisiera él despojarnos de nuestra fe en el mismo mensaje que nos ha convertido en un pueblo separado, y que ha dado carácter y poder a nuestra obra”.
En la década de 1980 vemos un ataque de esos, plasmado alrededor de la desafiante pregunta: “¿Dón-de fue Cristo en el año 31 d.C.?”.
Se alegó que ya que las Escrituras declaran que Él fue a la diestra de Dios , este verso sólo puede sig-nificar que Él fue al Lugar Santísimo en el santuario celestial, y los pioneros de nuestra iglesia eran tan descuidados e ingenuos estudiantes de la Biblia que miraron en menos este hecho obvio.
Un asombroso número de ASD y miembros de iglesia quedaron perplejos, confundidos, y frustrados con este desafío, tanto así que algunos desistieron de su fe y se separaron de nuestra iglesia. Ellos abandonaron la ciudadela y fueron fácilmente tomados por el enemigo.
Esta defección ocurrió en la década de 1980. En la década de 1880 esto no creo que pudiese suceder. Nuestros pioneros, lejos de ser ignorantes de las declaraciones escriturísticas acerca de dónde fue Cristo en el año 31 d.C., hizo uso extensivo de esas Escrituras en defensa de la ciudadela. Ellos no sólo sabían dónde había ido Cristo en el año 31 d.C., sino que ellos también sabían muy bien lo que Él iba a hacer ahí. Este conocimiento era una parte esencial e integral de su doctrina del santuario. Si el ataque de la década de 1980 hubiese sido lanzado en la década de 1880, los ministros y los miembros ASD de esa generación sin lugar a dudas lo habrían rechazado inmediatamente.
Es el propósito de este capítulo colocar un estudio bíblico de un pionero, y proveerle al lector la docu-mentación a través de la cual la profundidad de la percepción de nuestros pioneros ASD en este punto pueda ser fácilmente determinado. El material para este estudio ha sido tomado de las siguientes fuen-tes :
Review and Herald, 15 de Abril de 1858, un artículo de F. M. Braga, “Jesús Reina Sobre Dos Tronos”.
Review and Herald, 12 de Septiembre de 1871, un artículo de J. N. Andrews, el brillante erudito cuyo nombre le fue dado a la Universidad de Andrews.
Review and Herald, 12 de Septiembre de 1871, un artículo de J. H. Waggoner, el padre de E. J. Wag-goner, que fue famoso en 1888.
Review and Herald, 29 de Julio de 1875, un editorial de Uriah Smith, “Preguntas Sobre el Santuario”.
Review and Herald, 5 de Agosto de 1875, un editorial de Uriah Smith, el mismo título anterior.
Signs of the Times, 18 de Septiembre de 1893, un artículo de la Sra. M. E. Steward, “Nuestro Sacerdo-te y Rey”.
Signs of the Times, 10 de Diciembre de 1894, un artículo de M. H. Brown, “El Verdadero Tabernácu-lo”.
Signs of the Times, 18 de Abril de 1895, un artículo de E. J. Waggoner.
Review and Herald, Junio de 1910, una serie de cuatro artículos de J. N. Loughborough, todo bajo el título, “Los Dos Tronos”.
Australian Signs of the Times, 23 de Diciembre de 1929, un artículo de W. W. Prescott, “El Sacerdote Sobre el Trono”.
Y por último, comentarios sobre el asunto de Ellen White en el Conflicto de los Siglos:415-417.

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Re: El Santuario y el Sábado

Mensaje por LUZ HELENA el Jue Oct 06, 2011 5:18 am

Los Dos Tronos.-

Un estudio bíblico pionero:
Tomaremos prestado el título de nuestro estudio bíblico de J. N. Loughborough, y comenzaremos el es-tudio con el uso típico de la cita tan a menudo usada de Apocalipsis 3:21 que dice:
“Al que venciere le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono”.
Así como lo hicieron nuestros pioneros, observaremos que se presentan claramente dos tronos, el del Padre y el del Hijo. También hay dos entronizados en dos tiempos diferentes, uno descrito como pasa-do y uno descrito como futuro:
Pasado: Yo me he sentado con mi Padre en Su trono.
Futuro: Usted se sentará conmigo en Mi trono.
Con estas palabras de Jesús como introducción, comenzaremos inicialmente volviendo al Salmo 110:1, donde leemos una invitación de Dios el Padre hacia Dios el Hijo:
“El Señor le dijo a mi Señor, siéntate a mi diestra”.
Cientos de años después, en el gran día del Pentecostés, el apóstol Pedro aplicó estas palabras al Cristo resurgido. Él obviamente entendió “el Señor” como siendo Dios el Padre y “mi Señor” como siendo Dios el Hijo, Jesucristo. Pero antes de dejar el Salmo 110 haremos dos observaciones más:

1.- La invitación de Dios el Padre a Dios el Hijo tiene un marco de tiempo.
“Siéntate tú a mi diestra hasta que yo ponga a tus enemigos a tus pies”.
2.- La invitación de Dios el padre a Dios el Hijo tiene un propósito.
“Tú eres sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec”.
Recordando que Melquisedec, a diferencia de Aarón y de sus hijos, era tanto un rey como un sacerdote, nosotros ahora tenemos un cuadro completo delante de nosotros. Dios el Padre está representado en la profecía de David como convidando a Dios el Hijo a sentarse con Él en Su (del padre) trono como un rey y un sacerdote por un periodo declarado de tiempo, el cual terminará cuando el Padre finalmente disponga de los enemigos de Su Hijo.
Así como cantó David, así cantó Zacarías, en su linda profecía del Mesías:
“Y le dirás: Así dice el Eterno Todopoderoso: El varón llamado Retoño brotará de su raíz, y edificará el templo del Eterno. Edificará el templo del Eterno, será revestido de majestad real, y se sentará en su trono a gobernar. Será un sacerdote en su consejo de paz entre los dos”.
Aquí vemos al sacerdote en el trono, el Rey-Sacerdote. Como varios de nuestros pioneros lo señalaron, si este no fuese el trono del Padre, sería muy difícil que hubiera un “consejo de paz entre ambos”. No podemos pintar al Hijo aconsejándose consigo mismo, sino que con el Padre. Nos volvemos ahora con nuestros pioneros al Nuevo Testamento para escuchar el testimonio de los diversos testigos.
“Después que el Señor les habló, fue recibido arriba en el cielo, y se sentó a la diestra de Dios”.
“Así, exaltado hasta la diestra de Dios, recibió del Padre la promesa del Espíritu Santo, y ha derramado esto que ahora vosotros veis y oís. Porque David no subió al cielo, pero él dice: 'Dijo el Señor a mi Se-ñor: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies'”.
Observe que Pedro está aquí citando el Salmo 110 y aplicándolo a Cristo. Observe también que la ex-presión “exaltado a la diestra de Dios” también podría ser traducido como “a la diestra del Dios exalta-do”, ya que en el Griego los casos locativo, instrumental y dativo se pronuncian igual. Pedro testifica nuevamente:
“A éste, Dios lo ha exaltado a su diestra por Príncipe y Salvador, para dar a Israel arrepentimiento y perdón de los pecados”.
Nuevamente, observamos que las palabras “con su diestra” podría ser igualmente traducida como “a su diestra”. Ahora escuchamos el testimonio de Esteban:
“Pero Esteban, lleno del Espíritu Santo, puestos los ojos en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús de pie a la diestra de Dios. Y dijo: ‘Veo los cielos abiertos, y al Hijo del Hombre de pie a la diestra de Dios’”.
El testimonio del apóstol Pablo es igualmente claro:
“¿Quién condenará? Cristo es el que murió; más aún, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, e intercede por nosotros”.
¿Qué tipo de persona hace intercesión por nosotros? Obviamente un sacerdote. El concepto de Pablo es claramente aquel de un sacerdote que se sienta en el trono de Dios como sacerdote-rey. Él continua tes-timoniando:
“Ese poder Dios lo ejerció en Cristo, cuando lo resucitó de los muertos, y lo sentó a su diestra en los cielos”.
“Siendo que habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios”.
“El Hijo es el resplandor de su gloria, la misma imagen de su ser real, el que sostiene todas las cosas con su poderosa Palabra. Después de efectuar la purificación de nuestros pecados, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas”.
Vemos que Pablo, así como Pedro, cita el Salmo 110 y lo aplica a Cristo.
“Y, ¿a cuál de los ángeles dijo Dios jamás: ‘Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies’?”.
En Hebreos 7 Pablo nuevamente invoca el Salmo 110 y hace dos usos de su referencia de Melquisedec:
“Pues se afirma de él: ‘Tú eres sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec’”.
Su declaración resumen en Hebreos 8 no admite ningún malentendido:
“Lo principal de lo que venimos diciendo es que tenemos un Sumo Sacerdote que se sentó a la diestra del trono de la Majestad en el cielo; y es ministro del Santuario, de aquel verdadero Santuario que el Señor levantó, y no el hombre”.
Continuando su aplicación del Salmo 110, en el capítulo 10 de Hebreos, Pablo hace referencia al marco de tiempo dentro del cual ministra el sacerdote-rey:
“Pero Cristo, habiendo ofrecido por los pecados un solo sacrificio, se sentó para siempre, a la diestra de Dios. Desde entonces está esperando que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies”.
Pablo concluye su testimonio con la bella exhortación de Hebreos:
“Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, dejemos todo lo que estorba, y el pecado que tan fácilmente nos enreda, y corramos con perseverancia la carrera que nos es propuesta, fijos los ojos en Jesús, autor y consumador de la fe, quien en vista del gozo que le es-peraba, sufrió la cruz, menospreció la vergüenza, y se sentó a la diestra del trono de Dios”.
Volviendo al testimonio del apóstol Pedro, añadimos su declaración final en 1 Pedro:
“Quien, habiendo subido al cielo, está a la diestra de Dios. A él están sujetos ángeles, autoridades y po-testades”.
A toda esta evidencia puede ser añadido el testimonio de Juan el Revelador:
“Y ella dio a luz un Hijo varón, que había de regir a todas las naciones con vara de hierro. Y su Hijo fue arrebatado para Dios y para su trono”.
Estas Escrituras fueron usadas por nuestros pioneros como una parte esencial de su doctrina del santua-rio y no fueron, de ninguna manera, pasadas por alto. Nuestros pioneros no tenían ninguna duda en re-lación a dónde fue Jesús después de Su resurrección en el año 31 d.C. Ellos creían que Él fue directa-mente al trono de Dios donde Él se sentó a la diestra del Padre para llevar a cabo tanto el oficio de sa-cerdote como el de rey. Y ellos no cometieron ninguno de los dos errores que algunos están cometiendo hoy. Ellos no concluyeron erróneamente que el trono de Dios estaba en el Lugar Santísimo. Ellos ob-servaron cuidadosamente la descripción de Apocalipsis 4 en la cual el trono de Dios fue visto en ese departamento del santuario celestial donde las siete lámparas estaban ardiendo, obviamente en el primer departamento, o el “Lugar Santo”.
“Del trono salían relámpagos, truenos y voces. Ante el trono ardían siete lámparas de fuego, que son los siete Espíritus de Dios”.
Ellos no perdieron de vista el marco de tiempo dentro del cual nuestro Salvador ministraría tanto como sacerdote como rey, un periodo de tiempo limitado por las palabras “hasta que yo coloque tus enemigos a tus pies”. Este tiempo armonizaba con su entendimiento de otras Escrituras de que el ministerio sa-cerdotal de nuestro Señor eventualmente llegaría a un fin, y que a partir de entonces Él funcionaría so-lamente como un Rey, y no más como un Sacerdote. Así las palabras de Jesús en Apocalipsis 3:21 serían perfectamente cumplidas, cuando Sus seguidores vencedores se sentarán con Él en Su propio trono. Ese trono, enseñaban nuestros pioneros, sería el trono de gloria , mientras que el trono del Padre en el cual Cristo se sienta ahora como Sacerdote-Rey es el trono de la gracia.
Algunos trabajaron cuidadosamente su camino a través del desafiante arreglo de pronombres personales en 1 Corintios 15:24-28, y encontraron que esta escritura estaba en perfecta armonía con los otros usos en su estudio. J. N. Loughborough, en el segundo de sus cuatro artículos titulado “Los Dos Tronos” ofrece esta aclaración:
“Entonces [en la resurrección de los justos, a la venida de Cristo] viene el fin, cuando él [Cristo] le habrá liberado el reino [el reino de la gracia, su posición en el trono de Su Padre] a Dios, el Padre; cuando él [el Padre] habrá colocado toda regla y toda autoridad y poder, porque él [Cristo] tiene que re-inar [en el trono de Su Padre] hasta que él [Dios] diga que todas las cosas han sido puestas bajo él [Cristo], y se manifieste que él [Dios] ha sido exceptuado, porque puso todas las cosas bajo él [Cristo]. Y cuando todas las cosas sean subyugadas bajo él [Cristo], entonces el Hijo se sujetará a él [Dios] que colocó todas las cosas bajo él [Cristo], para que Dios sea todo en todos”.
Hemos visto que lejos de ser ignorantes de estas escrituras que nos dicen dónde fue Cristo en el año 31 d.C., nuestros pioneros las hicieron parte y un paquete de su doctrina del santuario. Mayor evidencia apoyando esta posición se encuentra en el Conflicto , en el capítulo titulado “¿Qué es el Santua-rio?”. De esas páginas citamos las siguientes líneas:
“"Y se sentará y reinará sobre su trono, siendo Sacerdote sobre su trono". No todavía "sobre el trono de su gloria;" el reino de gloria no le ha sido dado aún. Solo cuando su obra mediadora haya terminado, "le dará el Señor Dios el trono de David su padre," un reino del que "no habrá fin". (Lucas 1:32-33). Como sacerdote, Cristo está sentado ahora con el Padre en su trono. (Apocalipsis 3:21). En el trono, en compañía del Dios eterno que existe por sí mismo, está Aquel que "ha llevado nuestros padecimientos, y con nuestros dolores ... se cargó", quien fue "tentado en todo punto, así como nosotros, mas sin peca-do", para que pudiese "también socorrer a los que son tentados". "Si alguno pecare, abogado tenemos para con el Padre, a saber, a Jesucristo el justo". (Isaías 53:4; Hebreos 4:15; 2:18; 1 Juan 2:1, V.M.) Su intercesión es la de un cuerpo traspasado y quebrantado y de una vida inmaculada. Las manos heridas, el costado abierto, los pies desgarrados, abogan en favor del hombre caído, cuya redención fue com-prada a tan infinito precio.
"Y el consejo de la paz estará entre los dos". El amor del Padre, no menos que el del Hijo, es la fuente de salvación para la raza perdida. Jesús había dicho a sus discípulos antes de irse: "No os digo, que yo rogaré al Padre por vosotros; pues el mismo Padre os ama". (Juan 16:26-27). "Dios estaba en Cristo, reconciliando consigo mismo al mundo". (2 Corintios 5:19, V.M.) Y en el ministerio del santuario ce-lestial, "el consejo de la paz estará entre los dos". "De tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que cree en él, no perezca, sino que tenga vida eterna". (Juan 3:16, V.M.)”.
Uriah Smith estaba en lo cierto. El santuario es la ciudadela de nuestra fortaleza, y hay seguridad en la ciudadela. Ahora tal como en años anteriores, aquellos que abandonan la ciudadela son fácilmente to-mados por el enemigo. Aquellos vencedores que finalmente se sentarán con Cristo en Su trono, el trono de gloria, serán aquellos que no fueron seducidos o tentados por ningún medio para que abandonaran el santuario, la ciudadela de nuestra fortaleza.
“Yo se que la cuestión del santuario permanece en justicia y verdad, tal como lo hemos mantenido du-rante tantos años”.



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