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Jesús y la Tradición

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Jesús y la Tradición

Mensaje por HECTOR JAVIER el Miér Oct 05, 2011 4:34 am

Jesús y la Tradición


Jesús tuvo continuas dificultades con los Judíos acerca de la tradición. Durante siglos, ellos hab-ían hecho crecer muchas costumbres, las cuales con el pasar de los años habían cambiado la naturaleza de la ley. Los padres habían hecho ciertas cosas de cierta manera, y las generaciones posteriores siguie-ron la costumbre establecida. Después de un tiempo se volvió un asunto de falta de respeto el salirse de esa costumbre, la cual en aquellos tiempos ya se había convertido en ley. Los padres eran considerados buenos hombres, que seguían a Dios, y por lo tanto, seguirlos era en realidad seguir a Dios. La costum-bre podía ser buena o mala, pero una vez que se había convertido en una costumbre establecida, fue considerado pecado salirse de ella, en cualquiera de sus formas. Era apenas una tradición, pero había se le había dado toda la fuerza de un mandamiento de Dios.
Contra esto, Jesús protestó, y con buena razón. Porque a menudo las costumbres de los Judíos contradecían la voluntad de Dios tal como estaba expresada en la ley. Los hombres aceptaron la tradi-ción y negligenciaron la ley. Para Jesús era de poca importancia si las tradiciones en sí mismas eran comparativamente inocentes o decididamente malas. Si ellas de alguna manera interferían con o dejaban sin efecto la ley de Dios, Él rápidamente las dejaba a un lado

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Re: Jesús y la Tradición

Mensaje por HECTOR JAVIER el Miér Oct 05, 2011 4:34 am

El Lavamiento de las Manos.-


Un ejemplo era la costumbre de lavarse las manos antes de comer. Tal como era practicado por los Judíos, no era apenas una ordenanza meramente de limpieza, sino que una costumbre ceremonial. La persona hundía sus manos en el agua, ahuecándolas; entonces él levantaba sus manos dejando con que el agua escurriese hasta los codos. Esto lo repetiría varias veces, y entonces el rito estaría terminado. Una ordenanza así, en sí misma, no puede ser considerada muy peligrosa o subversiva para la fe. Era de uno de los preceptos “adicionados” que los Judíos consideraban muy importante. Los fariseos decidieron hacerlo una prueba para Jesús para saber si Él concordaba con la tradición, y Jesús la aceptó.
Los escribas y los fariseos habían descendido de Jerusalén a Galilea con una queja acerca de los discípulos. Ellos habían omitido la ordenanza del lavamiento de manos, y los fariseos sintieron que el asunto era de suficiente importancia como para hacérselo saber al Maestro. No era apenas un celo por la ley lo que los llevaba a hacer esto, aun cuando la queja tenía el efecto de enfatizar sus cuidados en la adherencia a la tradición; su queja constituiría en sí misma un reproche indirecto hacia Jesús por permitir que Sus discípulos transgrediesen la tradición, y Lo compelerían a definirse a favor o en contra de la ordenanza. Si Él rechazaba la queja, podrían informarle al pueblo que era un violador de la tradición. Si Él admitía la justicia de la acusación, podrían jactarse de reprenderlo a Él y a Sus discípulos. Esto, des-de luego, probaría que ellos sabían más que Él en relación a la ley, y que ellos eran más estrictos en su observancia. En cualquier caso ellos ganarían, y su reputación sería aumentada.
Jesús acababa de alimentar a los cinco mil, había cruzado milagrosamente el mar caminando sobre el agua, y no ahora estaba ocupado sanando al pueblo. Los enfermos estaban botados por cientos en las calles, y mientras Él pasaba, la oración era que “les dejase tocar apenas el borde de Su manto; y cuantos Lo tocaban eran sanados”. Mar. 6:56. Miles de personas presionaban para estar cerca del Maestro.
Jesús sabía por qué los fariseos habían escogido esta ocasión para traer esta pregunta ante Él. Él sabía que querían exponerlo ante el pueblo y acusarlo de ser un transgresor de sus tradiciones. Pero ni por un momento Él dudó. Aceptó su desafío, y estaba listo para declararse a favor de la tradición.
Jesús y los Fariseos.-

Fue probablemente a campo abierto que Jesús enfrentó a los fariseos. El pueblo debe haber estado muy impresionados con el hecho de que solamente un asunto muy importante podría hacer con que los fariseos descendiesen de Jerusalén. Ellos se amontonaron alrededor de Cristo y los visitantes, para escuchar el importante mensaje que estos oficiales habían traído. Fue con asombro y perplejidad que escucharon a los fariseos hacer la aparentemente trivial pregunta: “¿Por qué Tus discípulos no andan de acuerdo con la tradición de los ancianos, sino que comen pan con las manos sin lavar?”. Mar. 7:5.
¿Era esta la pregunta que los había traído desde tan lejos? Tal vez el asunto era de mayor impor-tancia que lo que el pueblo pensaba. Cristo estaba haciendo una maravillosa obra sanando a los enfer-mos. Si los discípulos se lavaban las manos o no antes de comer, no les parecía algo importante a ese pueblo de simples pescadores. Pero tal vez ellos estuviesen errados. Los estudiosos escribas sin duda sabían, que lavarse las manos era más importante. La pregunta ahora era, ¿cuál sería la actitud de Jesús hacia eso y cuál sería Su respuesta?
Si el pueblo había quedado asombrado y perplejo con la acusación, ahora quedaron pasmados cuando escucharon la respuesta de Jesús: “Bien profetizó Isaías de vosotros hipócritas, como está escri-to, este pueblo me honra con sus labios, pero su corazón está lejos de Mí”. Verso 6. Apenas podían creer en lo que estaban escuchando.
Guarden esa escena. Un grupo digno y solemne de hombres, delegados de la más alta autoridad entre los Judíos; un joven profesor acusado por ellos de permitir que Sus discípulos transgrediesen las tradiciones de los ancianos; miles de personas se arremolinaban para testimoniar la escena; cientos de enfermos esperando el toque sanador del Maestro, ¡y la obra siendo atrasada hasta que la pregunta del lavamiento de las manos fuese dada! Y ahora como respuesta a la pregunta salen estas palabras de Cris-to: “¡Hipócritas!”. ¡Qué irreverencia, qué indignidad, qué atrevimiento, la de este joven Galileo! ¿Pe-dirían los fariseos inmediatamente que Él fuese preso y castigado por haberlos humillado, ya que ellos eran líderes, a la vista del pueblo? Pero ellos no dijeron una única palabra. Jesús dominó completamente la situación.
“Hipócritas”. Qué terrorífica acusación. Normalmente cuando una delegación de tales hombres aparecía de Jerusalén para llamarle la atención a algún falso profesor, el malhechor aparecía temblando delante de los augustos inquisidores. Nunca antes alguien se había atrevido a enfrentar de esa manera a los líderes. El pueblo no podía entender por qué los fariseos no habían tomado una pronta acción contra Jesús. ¿Estaban con miedo de Él? ¿Tenía Él, después de todo, un mensaje del cielo, tal como le habían oído decir, y estaba Dios realmente con Él? Con tremendo interés ellos el desenlace del encuentro.
“Isaías profetizó de vosotros hipócritas”. Nunca más irían a leer Isaías, ni el pueblo ni los fariseos, sin acordarse de estas palabras de Jesús. Los fariseos habían tratado de humillar a Jesús. Él les había volcado las mesas. Ellos no dijeron nada. No había nada que decir.
Pero Jesús no había terminado. Él había sido desafiado acerca de la tradición, y Él usaría la oca-sión para hacer conocido Su posición. Dirigiéndose al pueblo, dijo: “En vano me adoran, enseñando doctrinas que son mandamientos de hombres”. Verso 7.
“En vano adoran”. Podemos pensar que lo peor que le puede suceder a un cristiano es adorar en vano, adoración sin sentido, adoración que no vale nada. Un hombre puede inclinarse delante de Dios; puede orarle y llamarlo por Su nombre; puede incluirse entre aquellos favorecidos por Dios; pero todo eso puede ser en vano, si es que él “enseña doctrinas que son mandamientos de hombres”.
Jesús continuó, “porque dejando a un lado el mandamiento de Dios, mantenéis la tradición de los hombres, como el lavado de vasijas y vasos; y muchas otras cosas como estas. Y les dijo, rechazáis completamente el mandamiento de Dios, para guardar vuestra propia tradición”. Mar. 7:8-9.
En estas palabras Jesús tocó el centro de la pregunta. Los hombres rechazan los mandamientos de Dios, para poder guardar las tradiciones de los hombres. Esto es lo que constituye una vana adoración. Ellos estaban haciendo con que la palabra de Dios fuese de ningún efecto, debido a su tradición.
Jesús nunca respondió la pregunta de por qué Sus discípulos comían sin lavarse las manos. Podría haberlo hecho, si lo hubiese querido, pero Él consideró el asunto del lavamiento de poca importancia en sí mismo. Lo que sí consideró importante fue la otra pregunta, aquella de la tradición. Este asunto Él lo conecta con los mandamientos de la ley de Dios, y debido a esto Él dio un duro golpe, un duro golpe contra la tradición, un duro golpe a favor de los mandamientos de Dios.
El hecho que Jesús tomó una cuestión relativamente sin importancia y la hizo la ocasión para dejar un principio, hace con que el asunto y la pregunta sean importantes. No fue el lavamiento de manos el que Él objetó; esa era una inocente ceremonia. Pero cuando un asunto, aun cuando fuese pequeño, tocaba los mandamientos de Dios y los dejaba sin ningún efecto, entonces Cristo estaba interesado. Fueron los mandamientos de Dios los que preocupaban a Jesús.

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Re: Jesús y la Tradición

Mensaje por HECTOR JAVIER el Miér Oct 05, 2011 4:35 am

Corbán.-


Para ilustrar el asunto de dejar a un lado los mandamientos de Dios a favor de la tradición, Jesús escogió el quinto mandamiento. Los Judíos tenían una costumbre reprensible que les servía como excusa para no apoyar a sus padres de edad. Era la obligación del hijo proveerles apoyo, pero muchos dejaban con que sus padres se las arreglasen como pudieran o que fuesen ayudados por la caridad pública.
Esto último, sin embargo, solo podía ser hecho en el caso en que el hijo estuviese incapacitado para ayudar a sus padres. Si el hijo tenía propiedades o entradas, el deber de ayudarlos recaía sobre los hijos, lo cual era un arreglo justo y equitativo. Había un camino, sin embargo, a través del cual podían escapar de hacer aquello que debió haber sido no apenas un mero deber sino que un privilegio. Un hombre podía dedicar su propiedad al templo. Él no necesitaba entregar su propiedad inmediatamente al templo; la podía retener para su propio uso hasta que muriese, y cuando eso sucediese, le sería entre-gada al templo. A esta costumbre se le llamaba “corbán”.
Un hombre podría no haber pensado nunca en darle algo al Señor, pero si las autoridades exigían que él sustentase a sus padres, él podía de repente declarar su propiedad como corbán. Entonces el go-bierno no se la podía quitar, porque estaba dedicada al Señor. Como no tenía que entregarla inmedia-tamente al templo, podía usarla hasta que muriese. Cuando muriese podía ser usada o declarada inser-vible, y, también, sus padres probablemente ya estaban muertos.
De tal manera que el corbán conseguía lo siguiente: excusaba a un hombre de apoyar a sus padres; le daban una reputación de liberalidad al dársela al Señor, ya que toda ella era dedicada a Dios; y esto él lo conocía sin que tuviese que deshacerse de nada. Él realmente no había dado nada, y sin embargo recibía crédito por haberlo dado todo.
Contra esta hipocresía Jesús protestó.
“Él les dijo, rechazáis los mandamientos de Dios, para guardar vuestra propia tradición. Porque Moisés dijo, honra a tu padre y a tu madre; y, aquel que maldiga padre o madre, que muera la muerte; pero vosotros decís, si un hombre le dice a su padre o a su madre, es corbán, eso es, un regalo, todo aquello con que pudiera ayudarte, él quedará libre. Y no le dejáis hacer más por su padre o por su ma-dre; haciendo con que la palabra de Dios sea de ningún efecto debido a vuestra tradición, que habéis transmitido; y muchas otras cosas como estas”. Mar. 7:9-13.
Con Jesús, las consideraciones humanas y la ley de Dios eran tradiciones que no tenían ningún peso. Mientras Jesús en esta instancia usó el quinto mandamiento como una ilustración, no debemos pensar que era solamente con este mandamiento que los fariseos estaban dejando la palabra de Dios sin ningún efecto. Cristo adiciona significativamente, “y muchas otras cosas como estas”. Verso 13. Un es-tudio de la historia de los Judíos revela que no eran apenas uno o dos mandamientos los cuales ellos de-jaban sin ningún efecto a través de su tradición. Todos los diez mandamientos sufrieron. Al decir Cristo “muchas cosas como estas”, esto es significativo y revelador.
Desde un punto de vista meramente humano, podemos ver poca razón para que Cristo hiciese to-da una cuestión del lavamiento de las manos. Si había una tradición inocente, esta era ciertamente una. Cristo podría haberle dicho a Sus discípulos, “los fariseos están muy preocupados acerca del lavamiento de las manos antes de comer. Yo no creo en ninguna ceremonia como esa, pero no veo nada malo en lavarse las manos. Si les gusta y para no ofenderlos, tal vez fuese mejor que todos nosotros debiéramos lavarnos las manos. Por lo menos, ningún daño vendrá a causa de esto”.
Repetimos, Cristo podría haber dicho esto, y nosotros habríamos concordado con Él. Pero Cristo no dijo esto. Algo más estaba envuelto que lo que aparecía en la superficie, y Cristo usó esta oportuni-dad para inculcar la lección que tenía en mente. El lector atento observe que Cristo podría haber fácil-mente evitado encontrarse con los fariseos en este punto. El que haya traído este asunto relacionado con este insignificante punto muestra que Él tenía algo en mente para enseñarle a esa generación y a las subsiguientes. Cristo estaba definitivamente atacando la tradición. No estaba evadiendo el asunto. Lo estaba enfrentando. Él tenía algo que decir en relación a la tradición, y lo dijo.
“Hacéis muchas otras cosas como estas”. Esto era verdadero en relación a ellos, y es verdad para nosotros. Nosotros hacemos muchas cosas que son pura tradición, cosas inocentes, muchas de ellas, y algunas no tan inocentes. Porque tanto ahora como en aquel entonces, los hombres dejan a un lado los mandamientos de Dios para seguir sus tradiciones.

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Re: Jesús y la Tradición

Mensaje por HECTOR JAVIER el Miér Oct 05, 2011 4:36 am

Los Fariseos y el Sábado.-


Tal vez los reglamentos de los fariseos en relación a la guarda del Sábado sirvan para poder ilus-trar cómo la ley de Dios ha sido distorsionada con restricciones que no tenían la sanción de Dios. Eran simples tradiciones que se hicieron venerables con el tiempo, las cuales las personas creían que hacían parte de la ley de Moisés, y que traían fuerza a la consciencia. Los fariseos lo sabían mejor, pero querían que las personas creyesen que fuese así.
La guarda del Sábado de los fariseos era muy negativa, como en realidad lo eran muchas cosas de su religión. Ellos tenían muchas reglas en relación con lo que estaba prohibido el Sábado, reglamentos que hicieron del Sábado un día de melancolía y depresión. Pocos Judíos en el tiempo de Cristo habrían pensado en darle a un paciente un vaso de agua el Sábado para bajarle la fiebre, o de darle a nadie un vaso de agua fría, que lo estuviese necesitando. Si alguien se enfermaba en Sábado, tenía que esperar hasta que el sol se pusiese antes que pudiese recibir cualquier ayuda. Su hipocresía en este asunto se muestra en el hecho de que si un buey caía en una zanja durante el Sábado, ellos trabajarían durante to-do el día para rescatar el buey; por otro lado, no moverían ni un dedo para rescatar a un ser humano su-friente. No nos admira que Cristo los llamase de hipócritas. Luc. 13:15; 14:5.
Algunas de las ovejas que los Judíos tenían, tenían colas muy pesadas, tan pesadas como la propia oveja. Siendo pesada, la cola arrastraría por el suelo, la lana se apelotonaría, la piel se ensuciaría y comenzaría a sangrar. Para aliviar a la oveja, se le fijaban livianos pedazos de madera a las ancas. Estos pedazos de madera serían arrastrados por el suelo y preservarían la cola de ser dañada y le traerían alivio a la oveja. Sin embargo, durante el Sábado las tablas eran retiradas; porque no se permitía, desde luego, que la oveja cargase su carga durante el Sábado. Sin duda la oveja disfrutaba muchísimo del Sábado.
De una parte de esta legislación era la prohibición contra cargar tanto como una delgada alfombra para usarla como cama. Una historia de este tipo es registrada en Juan 5:5-16. No se le permitía a un hombre cargar una muleta durante el Sábado, y si él tenía una pierna de palo, tenía que sacársela.
Aun cuando había una regla en relación a cuán lejos un hombre podía caminar durante el Sábado, los fariseos enseñaban que si iba a compartir alguna comida al final de la jornada prescrita, entonces ese lugar en particular donde iba a comer, podía ser considerado como siendo su hogar, y entonces podía caminar otra jornada de Sábado, a partir de ese punto. Esto él podía repetirlo cuando nuevamente llegase al final del lugar prescrito, y así podía continuar tan lejos como quisiese. Había, sin embargo, una dificultad. Si llevaba la comida consigo mismo, sería en sí mismo una quiebra del Sábado; por lo tanto no podía ser hecho. Entonces tenía que llevar la comida el día anterior hasta donde quería llegar, o pedirle a alguien que viviese cerca del lugar designado donde quería llegar, para que le diese algo de comer; entonces la letra de la ley sería cumplida, y él podía continuar su camino.
Con todas esas reglas, Cristo tuvo poca paciencia. Con énfasis Él declaró que el Sábado fue hecho para el hombre, y no el hombre para el Sábado. Los fariseos, sin embargo, estaban seguros de que si estas salvaguardas del Sábado eran quebradas, el Sábado en sí mismo también lo sería. Cuando Cristo lanzó fuera las múltiples reglas con las cuales el Sábado había sido sobre cargado, algunos pensaron que Él estaba atacando la propia institución del Sábado. Nada estaba más lejos de la mente de Cristo. Él reverenció, guardó, el Sábado. Pero las innumerables restricciones que las personas pensaban que Moisés las había ordenado, Cristo las ignoró o deliberadamente las transgredió. Él libertaría el Sábado de todos esos reglamentos extraños que Dios nunca había ordenado, y le dio a Su pueblo el Sábado tal como Dios originalmente lo había hecho, una bendición para la humanidad y para toda la creación.

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