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El Sábado en el Sinaí

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El Sábado en el Sinaí

Mensaje por HECTOR JAVIER el Miér Oct 05, 2011 4:07 am

El Sábado en el Sinaí

Génesis, el primer libro de la Biblia, es un relato condensado de los primeros 2.500 años de la historia de esta tierra, aproximadamente la mitad de todo lo que se ha conseguido registrar. Incluye grandes hechos como la creación, el paraíso, Adán y Eva, Satanás, la caída, el Diluvio, Noé, Abraham, Isaac, Jacob, José, los siete años de hambre y la ida de Israel a Egipto. Génesis no es un libro de la ley, o un compendio de teología, o un tratado científico, sino que un simple registro de lo que ocurrió en el comienzo de la historia terrestre.
Los oponentes del Sábado apuntan con aparente satisfacción el hecho de que el Sábado no es mencionado en el Génesis después de que Dios lo instituyó en el comienzo. Si el Sábado es tan impor-tante como parece, dicen ellos, debiera habérsele dado un lugar prominente en el relato de aquellos tiempos.
Este razonamiento, sin embargo, no es ni sano ni seguro. Vimos anteriormente que Génesis no es un libro sobre la ley o un código de ética. Posee un propósito completamente diferente. En él no hay un mandamiento sobre el Sábado, ni tampoco se encuentra en él ninguno de los otros mandamientos. El Génesis no es un libro de mandamientos, tal como lo es el siguiente libro, Exodo. Bajo este raciocinio Caín hubiese podido desafiar exitosamente a Dios para que le mostrase el mandamiento que dice: “No matarás”. No existe ese mandamiento registrado en Génesis; pero sería precario afirmar, con esta base, que ese mandamiento no existía. Sería lo mismo que afirmar que ya que no aparece ningún registro di-ciendo que Dios alguna vez le haya prohibido a Adán y Eva adorar otros dioses, pudiesen ellos estar en libertad para hacer imágenes e inclinarse delante de ellas; o, ya que no aparece ningún mandamiento en el Génesis prohibiendo el adulterio, que José no habría pecado si hubiese cedido a la tentación. El Génesis es un relato condensado de un largo periodo de tiempo, y no podemos esperar que contenga todo aquello que los eruditos reclaman. Debiéramos observar, sin embargo, que el Sábado está en un lugar bien prominente en este libro. El Génesis registra la institución y la observancia del Sábado por el propio Creador. En esto él mantiene la preeminencia sobre todos los demás mandamientos. Creo que sería bastante difícil que se le haya dado más importancia que la que ya se le dio.

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Re: El Sábado en el Sinaí

Mensaje por HECTOR JAVIER el Miér Oct 05, 2011 4:08 am

Moisés y Aarón.-


El libro de Exodo inicia con el relato de Israel estando en una esclavitud en Egipto. Cuando ellos fueron por primera vez a Egipto, Israel había sido favorecido por el rey. Pero muy luego surgió un nue-vo rey, el cual no conocía a José, y cuando los hijos de Israel se multiplicaron a tal punto que se convir-tieron en una amenaza política, fueron colocados bajo restricción y severa esclavitud. Al sentir su pro-blema, clamaron al Señor, y Moisés fue enviado para liberarlos.
Cuando era un bebé Moisés había sido rescatado por la hija del Faraón, y había sido traído a la corte real. Ahí él fue educado con toda la sabiduría de los egipcios, pero él continuó fiel a la fe de sus padres. Cuando en cierta ocasión él vio que se cometía injusticia a un israelita, él rápidamente mató al egipcio que estaba cometiendo esa falta. A causa de esto fue compelido a huir de Egipto, y gastó 40 años en el desierto pastoreando ovejas.
Fue en el desierto que le vino el llamado para que volviese a Egipto y liberase a su pueblo. Él se sintió despreparado para la tarea, pero Dios le dio un ayudante en Aarón, su hermano. Juntos fueron hasta el faraón, pidiéndole que liberase a Israel y los dejara ir. El Faraón quedó abismado con su auda-cia, y dijo: “¿Quién es el Señor, para que yo le obedezca su voz y deje ir a Israel? No conozco al Señor, ni tampoco dejaré ir a Israel”. Exo. 5:2.
Durante su estada en Egipto Israel había negligenciado las ordenanzas del Señor, y su adoración había decaído. Moisés y Aarón estaban preocupados en relación a esto, y le dijeron al Faraón: “Así dice el Señor... Deja ir a Mi pueblo, para que ellos puedan celebrar una fiesta para Mi en el desierto... Déjalo ir, te suplicamos, a tres días de viaje en el desierto, para que sacrifiquen ante el Señor nuestro Dios”. Exo. 5:1-3.
Esto era antes que la ley fuese dada en el Sinaí, y antes que ninguna fiesta hubiese sido dada por Dios para que fuese observada como haciendo parte del servicio ceremonial del santuario. La Pascua aun no había sido instituida, ni tampoco cualquier otra fiesta sagrada, con excepción hecha del Sábado, séptimo día de la semana. No sabemos qué tipo de festival tenía Moisés en mente cuando le pidió que le diese permiso al pueblo para ir a tres días hacia el desierto para “celebrar una fiesta... en el desierto... para que sacrifiquemos ante el Señor nuestro Dios”. ¿Era el Sábado, séptimo día de la semana, que Is-rael había negligenciado, y que Moisés estaba tratando de restaurar? No se nos informa nada, pero exis-ten algunas alusiones significativas, las cuales hacen con que esto sea no solamente posible, sino que probable.
El Faraón se quejó ante Moisés: “Podéis descansar de vuestras cargas”, puede ser considerada una correcta traducción, pero no provee el significado especial que tiene en Hebreo, el cual quedaría mejor traducido si dijera: “Ustedes pueden Sabatizar”. La palabra que se usa en Hebreo es shabbathon, una alusión definida al Sábado. El escritor de Exodo pudo haber usado otra palabra para expresar descanso, si así lo hubiese querido, una palabra que no hubiese levantado la cuestión de la guarda del Sábado. Que haya escogido esta palabra en particular, es muy significativo.
Cuando Israel estaba en Egipto, el único Sábado en existencia era el séptimo día de la semana, instituido en la creación. No había ninguna otra fiesta, ni siquiera la Pascua. Cuando el faraón, por lo tanto, se quejó ante Moisés y Aarón diciéndoles que el pueblo “sabatizaba”, la preponderancia de la evidencia favorece el Sábado. De acuerdo con esto, está la otra queja que decía que “Moisés y Aarón hacen con que el pueblo no trabaje”. “Hacer” significa aquí esconder, hacer cesar el trabajo. Esto indica que el Faraón tenía a Moisés y a Aarón como responsables porque el pueblo no trabajase; esto es, porque el pueblo estuviese “sabatizando”. “Estáis ociosos, estáis ociosos”, dijo el Faraón; “por eso es que decís, déjanos ir para que hagamos un sacrificio al Señor”. Exo. 5:17. Aun cuando no contenderemos en relación a que la evidencia aquí presentada sea definitiva, creemos que el hecho de que no existiese ningún otro Sábado ni ninguna fiesta en aquel tiempo, favorece el punto de vista de que se trataba del séptimo día de la semana, del Sábado.

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Re: El Sábado en el Sinaí

Mensaje por HECTOR JAVIER el Miér Oct 05, 2011 4:11 am

El Sábado antes del Sinaí.-


Aun cuando el Faraón al principio declinó en dejar ir a Israel, él consintió en hacerlo cuando las plagas fueron aumentando más severamente. Con un brazo poderoso y extendido Dios liberó a su pue-blo de Egipto y los llevó al desierto. En honor de su liberación, ellos cantaron el canto de la gloriosa victoria, registrado en el capítulo 15 de Exodo. Fue solamente a través de la misericordia de Dios que ellos habían sido salvos del poderoso ejército del Faraón. A Él le rindieron alabanzas.
Habiéndolos sacado de Egipto, ahora Dios les dijo cuáles eran las condiciones para que Él los continuara protegiendo. Dijo Dios: “Si oyereis atentamente la voz de Jehová tu Dios, e hiciereis lo recto delante de sus ojos, y diereis oído a sus mandamientos, y guardareis todos sus estatutos, ninguna en-fermedad de las que envié a los egipcios te enviaré a ti; porque yo soy Jehová tu sanador”. Exo. 15:26.
Esta es una promesa muy linda que se les dio a ellos, bajo la condición de que ellos “diesen oídos a Sus mandamientos y que guardasen todos Sus estatutos”.
El pan que el pueblo había traído consigo desde Egipto, no duró muchos días, y muy luego co-menzaron a tener hambre y comenzaron a murmurar. “Ojalá hubiéramos muerto por mano de Jehová en la tierra de Egipto, cuando nos sentábamos a las ollas de carne, cuando comíamos pan hasta saciarnos; pues nos habéis sacado a este desierto para matar de hambre a toda esta multitud”. Exo. 16:3.
El Señor respondió rápidamente: “He aquí yo os haré llover pan del cielo; y el pueblo saldrá, y recogerá diariamente la porción de un día, para que yo lo pruebe, si anda en mi ley o no”. Exo. 16:4.
Esto fue antes que la ley hubiese sido proclamada en el Sinaí. Dios iba a hacer de Israel Su pueblo peculiar, pero antes que lo hiciese, Él quería “probarlos para ver si andan en Mi ley o no”.
Moisés llamó ahora al pueblo para que se reuniese y los instruyera. “Esto es lo que ha dicho Je-hová: Mañana es el santo Sábado, el reposo consagrado a Jehová; lo que habéis de cocer, cocedlo hoy, y lo que habéis de cocinar, cocinadlo; y todo lo que os sobrare, guardadlo para mañana”. Exo. 16:23.
Esta instrucción estaba relacionada con la preparación del Sábado. El viernes debían cocinar su pan y sus alimentos, tanto para aquel día como para el Sábado. Cada día podían recoger el maná, pero el viernes tenían que recoger una porción doble, porque Moisés les había anunciado que no caería ningún maná durante el Sábado. El viernes tenían que cocinar todos sus alimentos, y el Sábado tenían que comer aquello que habían preparado.
El Sábado Moisés les dijo: “Comedlo hoy, porque hoy es Sábado para Jehová; hoy no hallaréis en el campo”. Exo. 16:25.
A despecho de todo lo que Dios había dicho, “aconteció que algunos del pueblo salieron el día Sábado a recoger, y no hallaron”. Exo. 16:27.
Ellos habían recibido instrucciones precisas. No podía haber malos entendidos. Ellos sabían exac-tamente lo que tenían que hacer y lo que se esperaba de ellos; a pesar de ello “salieron... el Sábado para cogerlo”. “Y Jehová le dijo a Moisés: ¿Hasta cuándo no querréis guardar mis mandamientos y mis le-yes? Mirad que Jehová os dio el Sábado, y por eso en el sexto día os da pan para dos días. Estése, pues, cada uno en su lugar, y nadie salga de él en el séptimo día. Exo. 16:28-30.
Este hecho es iluminador. El pueblo había salido recién de Egipto, y muchas de las costumbres y tradiciones de Egipto, aun les estaban sonando en los oídos. A la menor provocación estaban listos para murmurar contra Dios y para volverse a sus ídolos. Estaban muy lejos de ser lo que Dios quería que fuesen. Antes que pudiera aceptarlos y hacer de ellos una gran nación, tuvo que enseñarles Sus estatutos y probarlos, para que así pudiese saber si iban a caminar en Su ley o no.

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Re: El Sábado en el Sinaí

Mensaje por HECTOR JAVIER el Miér Oct 05, 2011 4:12 am

El Sábado no es una Nueva Institución.-


El Sábado no es presentado aquí como una nueva institución, que estuviese ahora siendo presen-tada por primera vez. En vez de eso, aparece como algo bien conocido. Ni tampoco es la ley algo nuevo para ellos. Dios les habla familiarmente en relación a la ley, y les promete libertad de las enfermedades si le diesen “oídos a Sus mandamientos, y guardasen todos Sus estatutos”. Exo. 15:26.
Esta fraseología es prácticamente la misma que aquella usada con Abraham muchos años antes: “Abraham obedeció mi voz, y guardó mis preceptos, mis mandamientos, mis estatutos y mis leyes”. Gen. 26:5.
De esto podemos reconocer que los mandamientos de Dios, los estatutos y las leyes le eran cono-cidas a Abraham, que él las guardaba, y que él se las enseñaba a sus hijos para que también las guarden. Gen. 18:19.
Isaac y Jacob eran su hijo y su nieto, siendo respectivamente de 75 y 15 años a la muerte de Abraham. Fue Jacob el que posteriormente fue a Egipto. Por lo tanto se nos garantiza que los hijos de Israel en Egipto, conocían las leyes de Dios y Sus estatutos, y que cuando les habló familiarmente para que guardasen Sus mandamientos, ellos sabían exactamente lo que Él estaba queriendo decir.
Aquellos que afirman que la ley de Dios y el Sábado no eran conocidos antes de Moisés y el Si-naí, no están bien informados. Abraham conocía los mandamientos de Dios, sus estatutos, sus leyes, y él se los enseñó a su descendencia. El propio Dios observó el Sábado del séptimo día en el Jardín del Edén; de tal manera que Adán y Eva estaban acostumbrados con el Sábado. De Caín y Abel se declara que “al final de los días” ellos fueron a adorar ante el Señor, trayendo sus ofrendas. Gen. 4:3, margen.
La frase, “al final de los días”, la cual es la traducción correcta del hebraico, es una frase intere-sante, y levanta naturalmente la pregunta: ¿El final de qué días? Solo puede haber un “final de días” desde que exista una serie de días envueltos, teniendo un comienzo y un fin.
Cuando Dios trabajó seis días y descansó el séptimo, cuando le dijo al hombre que trabajara los próximos seis días y que descansara el séptimo, Él creó una semana de siete días, y el término de la semana vio “el fin de los días”. Sin el Sábado no habría un punto de término; pero cuando fue instituido el Sábado, fue creado un “fin de los días”, y cuando los hombres llegaron al séptimo, comenzarían a contar nuevamente. El propio Dios estableció esta división.
Cuando Caín y Abel, por lo tanto, vinieron para traerle sus ofrendas a Dios “al final de los días”, ellos vinieron a adorar en el Sábado. Se puede presumir que Abel deseara adorar, porque él era un se-guidor de Dios; pero lo mismo no puede decirse de Caín. Pero él también adoró, y al mismo tiempo en que Abel adoró. Esto nos lleva a creer que había un tiempo determinado parea adorar, y que no era una mera coincidencia que hubiesen llegado allí al mismo tiempo. En cualquier evento ellos fueron a adorar juntos, y esto era “al final de los días”. Los comentaristas normalmente coinciden que esto puede refe-rirse solamente al Sábado. Nosotros creemos que ellos están en lo correcto.
Adán y Eva tuvieron el ejemplo de Dios para la guarda del Sábado. Caín y Abel adoraron “al fi-nal de los días”. Abraham conocía los mandamientos de Dios, sus estatutos y leyes, y los guardaba, y se los enseñaba a sus hijos para que los guardasen. Y ahora Dios decidió probar a Israel para ver si guar-daría Su ley o no.
Israel estaba en el desierto, donde no había ninguna oportunidad de cultivar la tierra o de tener grandes cabezas de ganados, como las habían tenido en Egipto. A menos que les fuese provisto alimen-tos de alguna manera sobrenatural, ellos habrían muerto de hambre. Por lo tanto, Dios se propuso ali-mentarlos con pan del cielo, mientras que al mismo tiempo les dio una lección objetiva para la guarda del Sábado.
Dios hizo con que el maná cayese seis días de cada semana. No existe ninguna razón para que Dios no hubiese hecho llover el maná durante todos los días, si así lo hubiese deseado, o a cada tres días, o solamente un día en la semana, o durante siete días a la semana. Pero Dios escogió que el maná cayese durante seis días, y que en el séptimo día no cayese nada. Para compensar esta falta, Él hizo caer el doble durante el sexto día, de la cantidad que caía normalmente durante los otros días, de tal manera que hubiese lo suficiente para todas las necesidades durante los siete días. Esto sería una manera efi-ciente para enseñarle a Israel dos cosas importantes: trabajar seis días a la semana y descansar el sépti-mo.
Pero Dios hizo más que esto. Él condujo las cosas de tal manera, que el maná se mantendría ape-nas un día, y después de eso se echaría a perder. Eso haría con que las personas tuviesen que recogerlo todos los días; esto es, trabajar durante seis días. Dios también podría haber hecho las cosas de tal ma-nera que el maná durase dos días, o siete días, o cualquier otra cantidad de días. Cuando Él hizo que durase apenas un día, lo hizo con un propósito, tal como ya se ha dicho.
¿Pero qué pasaba durante el Sábado, cuando no caía el maná? Esto haría con que el Sábado per-maneciese separado de los otros días. ¿Podría Él haber hecho algo más impresionante para las mentes del pueblo a respecto de la santidad del Sábado? Si, si Dios hubiese preservado milagrosamente el maná para que no se echara a perder durante el Sábado, eso habría sido una lección adicional para ellos a respecto de la guarda del Sábado. Y así Dios decidió que el maná durase apenas un día durante la se-mana, pero durante el Sábado Él lo mantuvo de tal manera que no se agusanaba. La primera era una lección para que trabajasen durante seis días; la segunda era una lección para que guardasen el Sábado en forma santa.
La caída del maná tenía por lo tanto un propósito mayor que el apenas alimentar el pueblo. Eso podría haber sido hecho de otras maneras. Era más bien una lección nacional sobre la guarda del Sábado relacionada con el séptimo día. Si esta lección hubiese sido dada una vez, habría tenido un tremendo significado en relación con la estimación que Dios posee del Sábado. Si hubiese sido repetida dos veces, no habría habido ninguna duda en relación a la intención que Dios tenía. Si hubiese sido repetida todas las semanas durante un año, todos habrían sabido que Dios quería impresionarlos con la lección del Sábado sobre Israel, de una forma tan profunda y plena, que nunca lo habrían olvidado. Qué podemos decir, entonces, cuando esta lección fue repetida no solo una vez, o dos veces, o diez veces, sino que más de dos mil veces; esto es, ¡52 veces en el año, durante 40 años! Si Israel no aprendió la lección durante todo ese tiempo, no había ninguna razón para continuar enseñándosela.
La lección del maná debía ser siempre mantenida en la mente, por lo cual Dios ordenó que un pote con maná fuese colocado en el arca donde se guardaban los diez mandamientos, para que fuese un perpetuo recordatorio del Sábado y del poder sustentador de Dios. Ver Exo. 16:32-36. Este maná no se echó a perder. Debía mantenerse durante “generaciones”. Era un recuerdo del cuidado de Dios y apun-taba directamente al mandamiento del Sábado. La verdadera intención del milagro del maná no era la alimentación del pueblo. Eso era apenas incidental. El propósito principal de Dios era la guarda del Sábado por parte de Israel. Él los estaba probando. Él los estaba preparando para entrar en una relación de pacto con Él.

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Re: El Sábado en el Sinaí

Mensaje por HECTOR JAVIER el Miér Oct 05, 2011 4:13 am

El Sábado en el Sinaí.-
Al tercer mes después de haber partido de Egipto, el pueblo de Israel llegó al desierto del Sinaí. Nunca había visto un pueblo el poder de Dios manifestado de una manera tan notable, como lo fue ante el pueblo de Israel durante esos dos meses. Ahora iban a presenciar el clímax. Dios los había ayudado en una forma maravillosa en Egipto. Mientras miles de egipcios habían sido golpeados duramente con las plagas, y diez mil habían caído a su mano derecha, las plagas no los habían tocado. Su liberación había sido maravillosa en el Mar Rojo, arrancándoselos de las manos al ejército de Faraón, y aun más maravillosa fue la liberación de pasar hambre, al hacerles llover pan del cielo. cuando estaban sedientos, Dios hizo con que las aguas amargas de Mara fuesen endulzadas; y cuando Amalec los atacó, Dios desbarató al enemigo, e Israel obtuvo una gloriosa victoria. No les faltó nada, y su experiencia los lle-varía a creer que cualquier cosa que les deparase el futuro, estarían seguros si tan solo siguieran al Señor. Dios les había dado las condiciones bajo las cuales ellos podían esperar Su ayuda; Él los había advertido a “prestar oídos a Sus mandamientos, y a guardar todos Sus estatutos”, y Él les prometió que si así lo hacían, Él los guiaría y los protegería. Les llamó la atención en forma particular hacia el Sábado; y para ayudarlos a tener esto siempre en mente, semanalmente, ante sus propios ojos, hizo milagros, de manera que solo el más obstinado podría transgredir el sagrado mandamiento.
A esta altura Israel entendió muy bien lo que se requería de ellos. La pregunta que aun quedaba en el aire era si Israel iba a aceptar las condiciones dejadas por Dios, para que pudiese mantenerse su continua presencia y bendiciones. Dios trató de hacerlos Su propio pueblo. Él podría haber continuado obrando maravillosamente a favor de ellos, si hubiesen querido colaborar con Él. Pero Él no los forzaría a hacer Su voluntad. Él tenía una obra que hacer en la tierra, y Él convidó a Israel a compartir con Él la tarea de llenar la tierra con el conocimiento y con la gloria de Dios.
Para llevar a cabo este objetivo, Dios llamó a Moisés al monte y le pidió que le comunicara a Israel Su deseo. “Así dirás a la casa de Jacob, y anunciarás a los hijos de Israel: vosotros visteis lo que hice a los egipcios, y cómo os tomé sobre alas de águila, y os he traído a mí. Ahora, pues, si diereis oído a mi voz, y guardareis mi pacto, vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos; porque mía es toda la tierra. Y vosotros me seréis un reino de sacerdotes, y una nación santa. Estas son las palabras que dirás a los hijos de Israel”. Exo. 19:3-6.
De acuerdo con esto, Moisés llamó a los ancianos del pueblo “y expuso en presencia de ellos to-das estas palabras que Jehová le había mandado. Y todo el pueblo respondió a una y dijeron: todo lo que el Señor ha dicho, haremos. Y Moisés le dijo al Señor lo que el pueblo había dicho. Y el Señor le dijo a Moisés: he aquí que yo vengo a ti en una nube espesa, para que el pueblo oiga mientras yo hablo contigo, y también para que te crean para siempre. Y Moisés le refirió las palabras del pueblo al Señor”. Exo. 19:7-9.
Dios le pidió ahora a Moisés que el pueblo se preparase para que pudiesen entrar en el pacto con Él, porque tenían que estar “preparados para el día tercero, porque el tercer día el Señor descenderá a ojos de todo el pueblo sobre el monte Sinaí”. Exo. 19:11.
Moisés le comunicó las palabras de Dios al pueblo, y en el tercer día todos se reunieron ante el monte para escuchar las condiciones del pacto anunciado.
Se debe recordar que Israel ya había presenciado el poderoso poder del Señor de diversas mane-ras. Pero a pesar de todo esto, no habían tendido un completo entendimiento de la santidad y de la ma-jestad de Dios, o de su relación con Él. Es verdad que Dios los había ayudado a derrotar a Amalec, hab-ía destruido al faraón y a su ejército, y había azotado a los egipcios con las plagas. Y había protegido lo que era suyo. Las plagas no llegaron cerca del pueblo; ellos habían murmurado cuando no había agua, pero no había venido ningún castigo debido a sus murmuraciones. Cuando se quejaron debido a la falta de alimentos, Dios les proveyó el maná; y nuevamente no hubo ningún castigo. Podrían haber fácil-mente llegado a la conclusión de que mientras otros pueblos serían castigados, Israel no lo sería; otros pueblos pueden enfermarse, pero ellos no. Eran de propiedad del Señor; podían hacer lo que quisieran, y nada les ocurriría.
Israel había entendido mal la bondad del Señor, y era necesario corregirlos. Aun cuando eran o ir-ían a ser el pueblo de Dios, lo serían solamente bajo la condición de obediencia. Ellos necesitaban aprender que si desobedecían, no serían mejores que otras naciones, las cuales el Señor había destruido, debido a su maldad. Dios tenía que darle a Israel una demostración de Su santidad, una demostración que nunca olvidarían. Ellos habían visto lo que el Señor le había hecho a las otras naciones. Ahora tenía que mostrarles que Dios no hace acepción de personas; ellos tenían que ser impresionados con la ma-jestad de la ley, la cual iba a ser proclamada; y la demostración tenía que ser tal, que llegarían a sentir miedo de transgredir los mandamientos de Dios. Ellos necesitaban mucho recibir esa lección.
En el tiempo adecuado, Israel fue reunido alrededor del monte, el cual estaba protegido, de tal manera que ningún animal ni ningún hombre fuese a entrar hacia el terreno santo. “Todo el monte Sinaí humeaba, porque el Señor había descendido sobre él en fuego; y el humo subía como el humo de un horno, y todo el monte se estremecía en gran manera. Y cuando la voz de la trompeta tocaba largamen-te, y aumentaba cada vez más su sonido, Moisés hablaba, y Dios le respondía con una voz”. Exo. 19:18-19.
Entonces Dios descendió sobre el monte Sinaí y les dio los diez mandamientos, tal como está re-gistrado en Exodo 20. Ni siquiera Moisés se vio libre de sentirse impresionado con la gloria. El escritor de Hebreos observa que “tan terrible era la visión, que Moisés dijo, estoy espantado y temblando”. Heb. 12:21.
La demostración de severidad y de poder que Dios demostró en el monte Sinaí no es Su manera habitual de trabajar. Dios no es normalmente severo, ni tampoco hace un show de su poder. En vez de eso, Él se delicia en hacer su trabajo en una forma tranquila, casi siempre en una forma desapercibida, tal como queda evidente en las silenciosas fuerzas del universo. Pero a veces es necesaria una demos-tración. Algunas personas y algunas circunstancias lo demandan. Así como hay niños y personas adultas cuyo respeto se consigo solamente con una demostración de fuerza física, así también hay naciones y personas que no consiguen aprender de otra manera. E Israel necesitaba esta lección. Y así Dios se las dio. La misma lección es necesaria para muchos hoy en día.
Dios habría guiado a Su pueblo alegremente. Una muestra en relación a Su voluntad habría sido suficiente, y es suficiente, para el cristiano deseoso de hacer Su voluntad. A Dios no le gusta usar ni el dominio ni la vara, pero a veces eso es necesario. A Dios le gusta mucho más hablar con una voz mansa y suave; le gusta mucho más susurrarnos algo que hacernos tronar el oído. Pero en cualquier caso Él quiere que aprendamos la lección. “Mirad que no desechéis al que habla. Porque si no escaparon aque-llos que desecharon al que los amonestaba en la tierra, mucho menos nosotros, si desecháremos al que amonesta desde los cielos, la voz del cual conmovió entonces la tierra, pero ahora ha prometido, di-ciendo: aun una vez, y conmoveré no solamente la tierra, sino también el cielo”. Heb. 12:25-26.

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Re: El Sábado en el Sinaí

Mensaje por HECTOR JAVIER el Miér Oct 05, 2011 4:14 am

El Mandamiento del Sábado.-


En la ley proclamada en el Sinaí, el mandamiento del Sábado resalta grandemente. Antes de esto Dios le había dado a Israel una demostración visual de Su gran cuidado para con el Sábado. De hecho, la misma semana en que fue anunciado el mandamiento desde el monte Sinaí, el maná cayó copiosa-mente al sexto día, y durante el Sábado no cayó nada, siendo esto un recordativo por parte de Dios del deseo de descansar durante ese día. De todos los mandamientos, este fue el único que fue enfatizado; porque el Sábado era el día en que Israel tendría tiempo para enseñarle a sus hijos en los caminos de Dios. Si este día no era observado, todos los mandamientos serían negligenciados. La guarda de este mandamiento afectaría la guarda de todos los demás. Era el único mandamiento que proveía tiempo pa-ra la contemplación de Dios y de Sus obras.
No hay nada en la proclamación de la ley en el Sinaí que lo hiciese a uno sentir que la guarda de los mandamientos, ninguno de ellos, fuese algo opcional. El mundo nunca ha testimoniado una demos-tración como aquella, y nunca testimoniará otra igual, hasta que los hombres vean al Hijo del hombre viniendo en las nubes del cielo. El propio Dios no pudo hacer más enfática aquella inclusión en el pacto y el favor de Dios dependía de la fidelidad a los términos anunciados.
Surge ahora una pregunta que merece nuestra consideración: ¿Los diez mandamientos fueron hechos para que se aplicasen a todo el mundo, o deben aplicarse solamente a Israel, y los cristianos no tienen ninguna relación con ellos? Esta es una pregunta importante. Existen pocos comentarios con respecto a los nueve mandamientos; de tal manera que la pregunta se relaciona apenas con el cuarto mandamiento. ¿Los cristianos deben guardar el cuarto mandamiento?
Aun cuando esta pregunta será analizada más completamente cuando consideremos los aspectos del Nuevo Testamento sobre el Sábado, podría ser bueno ahora hacer algunas observaciones generales sobre la ley.
Los diez mandamientos poseen todas las características de una ley universal. De hecho, dudamos que la pregunta acerca de su universalidad pudiese ser alguna vez levantada, si no fuese por el cuarto mandamiento. Todos concuerdan que los mandamientos que tienen que ver con robar, jurar, matar, co-diciar y adorar a Dios no se aplican solamente a algunas personas, sino que a todas las clases y naciones de hombres. Su aplicación universal es admitida; y no nos sentiríamos bajo ninguna obligación para convencer a un hombre que lo enseñase de otra manera. Consideramos que se punto está resuelto. Por lo tanto volveremos a la pregunta del mandamiento del Sábado. ¿Pertenece este mandamiento a la ley moral?
No sabríamos cómo entender la existencia de algo no moral en medio de la ley moral. Esto parece requerir una explicación por parte de aquellos que mantienen este punto de vista. La preponderancia de la evidencia está a favor del mandamiento del Sábado, como siendo de la misma naturaleza que los otros mandamientos. El peso de las pruebas descansa sobre aquellos que piensan en forma diferente.
Sin embargo, no queremos analizar esta materia en una forma negativa. Creemos que el manda-miento del Sábado es un mandamiento moral, al mismo nivel que los demás; de hecho, es la base de todos los demás. Sería fácil desechar algunos de los otros mandamientos, pero no se puede hacer lo mismo con el mandamiento del Sábado.
Los primeros tres mandamientos tienen que ver con Dios y con Su adoración. No debemos tener otros dioses delante de Él. No debemos hacer ninguna imagen, ni ninguna semejanza de nada que haya en el cielo ni en la tierra, para que la adoremos. Debemos ser reverentes y respetuosos y no debemos tomar el nombre del Señor en vano. Entonces viene el mandamiento del Sábado, el cual define el tiem-po de descanso cuando debemos adorar y atender las cosas del espíritu. Si este mandamiento hubiese sido dejado a un lado, no habría habido un mandamiento con un tiempo específico, en el cual debiéra-mos adorar. En ese caso, habría sido necesario que los hombres hubiesen llegado a algún acuerdo entre ellos mismos, en relación al mejor tiempo en que esto debiera hacerse. Esto es, si Dios no hubiese es-cogido un día, los hombres habrían necesariamente tenido que suplir esta omisión, porque sin ese día, no habría habido una adoración corporativa. Si Dios tiene que ser adorado por Su pueblo; si tiene que existir una adoración unida del Dios altísimo; si tiene que existir un orden y un sistema en la religión, tiene que definirse imperiosamente un tiempo y tiene que dárselo a ese día. Esto hace del Sábado una necesidad. Su omisión del decálogo sería fatal para la religión. Repitamos. Si Dios no señaló un día, los hombres habrían tenido que hacerlo. Un día de adoración pertenece a la religión.
Hemos observado anteriormente y lo queremos enfatizar, que el Sábado es la base para todos los demás mandamientos, proveyendo así el tiempo necesario para la contemplación de los deberes del hombre para con su Creador y para con sus semejantes. Dios consideró esto de una importancia tan grande, que se dignó en dar el ejemplo que el hombre debía seguir. Teniendo esto en vista, ¿cómo puede alguien pensar que el mandamiento del Sábado no pertenece a la ley moral? Si no hubiese ninguna otra razón que el hecho de que Dios mandó que el día Sábado se guardase como día santo, esto sería una razón suficiente como para colocarlo en una base moral. Pero cuando consideramos el plan de Dios en relación con el Sábado, que es el día sobre el cual Él depende para la instrucción de Sus hijos en los caminos de Dios; que éste es el tiempo que Él mismo ha separado para esta obra tan importante; y que sin este tiempo celosamente guardado, Dios sería privado de la adoración que se le debe; cuando to-mamos todo esto en consideración, nos queda claro que no solamente el Sábado posee un lugar en la ley moral, no solamente es él un mandamiento moral en sí mismo, sino que en cierto sentido es él el que une a todos los demás mandamientos, el que une a la tierra con el cielo, el que provee unidad entre el pueblo de Dios, y coloca el sello espiritual sobre todo. Que nadie desprecie o rechace el Sábado de Dios. Que nadie lo negligencie. En su guarda hay mucha bendición.

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Re: El Sábado en el Sinaí

Mensaje por HECTOR JAVIER el Miér Oct 05, 2011 4:15 am

El Sábado en el Antiguo Testamento.-


Algunos han objetado que el Sábado sea una institución judía. Ellos dicen que el Sábado le fue dado a los judíos, y que por lo tanto no es para los cristianos. Admitimos que le fue dado a los Judíos en el monte Sinaí. Pero así era el mandamiento, “No robarás”. Cada uno es más Judío que el otro. De hecho, todos los mandamientos les fueron dados a los Judíos. A los Judíos se les dijo que no mataran, que no cometieran adulterio, que no jurasen en falso y que no codicien. Todos estos mandamientos son Judíos, así como el Sábado es Judío. Cristo también le fue dado a los Judíos; Él nació de una madre Judía y fue criado en un hogar Judío. Los profetas eran todos Judíos, los apóstoles eran todos Judíos, el evangelio fue predicado primero a los Judíos, todos los libros del Nuevo Testamento fueron escritos por Judíos. Aun cuando lleguemos al cielo, veremos los nombres de los doce discípulos de Cristo, Judíos, sobre los fundamentos de la Nueva Jerusalén; en las puertas de la ciudad estarán los nombres de los otros doce Judíos, los doce hijos de Israel. Abraham, Isaac y Jacob, todos Judíos, serán prominentes en el reino, y Cristo se sentará en el trono de Su Padre David, un Judío.
Bajo estas circunstancias es mejor que los cristianos no hablen despreciativamente del Sábado del Señor como siendo Judío, como si fuese un término de reproche. “No es Judío aquel que lo es exte-riormente, ni aquel que es circuncidado, el cual lo hace en la carne; sino que es Judío aquel que lo es interiormente”. Rom. 2:28-29.
Debe ser observado, sin embargo, que el Sábado es menos “Judío”, de lo que es posible, que al-gunos de los demás mandamientos; porque el Sábado comparte el honor con el matrimonio desde el Edén, antes que hubiese cualquier Judío o gentil en la tierra. El matrimonio le fue dado a los Judíos, así como lo fue el Sábado, pero ambos son posesión de la humanidad, y no de ninguna raza o color en par-ticular.
“El Sábado fue hecho para el hombre”. Estas palabras son apropiadas cuando la universalidad del Sábado es considerada. Ellas debieran aclarar para siempre la cuestión del Sábado como siendo una institución Judía. Cristo hizo el Sábado. Él dice que lo hizo para el hombre. Él lo sabe. Los Judíos son hombres y por lo tanto el Sábado fue hecho para ellos. Los cristianos son hombres; y por lo tanto el Sábado fue hecho para ellos. Cualquiera que posea el título de “hombre”, sabrá que Dios hizo el Sábado para él. El Sábado no es más Judío que los demás mandamientos.

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Re: El Sábado en el Sinaí

Mensaje por HECTOR JAVIER el Miér Oct 05, 2011 4:17 am

Apedreando Debido a la Transgresión del Sábado.-


Cada nación posee su camino peculiar de lidiar con los ofensores de sus leyes. Bajo ciertas con-diciones una nación puede sentir que robar un caballo debe ser castigado con la muerte, como el fue el caso en una nueva región de los Estados Unidos hace algunos años. Israel pudo erigir ciudades de refu-gio como asilos para que los asesinos pudiesen huir bajo ciertas condiciones y pudiesen estar seguros hasta que se hubiese efectuado el juicio. El crimen sexual puede volverse desenfrenado, hasta el punto en que se haga necesaria la pena de muerte para el transgresor. Israel pudo establecer la pena de muerte por la violación del Sábado bajo ciertas condiciones peculiares; pero esto no hacía parte del manda-miento y no afecta la ley en sí misma. Los Judíos que estaban bajo leyes teocráticas, poseían reglas que no eran aplicables universalmente ni eran obligatorias. Nadie debiera confundir los reglamentos locales con los principios universales.
¿Acaso no había un reglamento entre los Israelitas en el desierto diciendo que cualquiera que fue-se sorprendido transgrediendo el Sábado conscientemente y con la “mano alzada” sería apedreado? A esto tenemos que dar una respuesta afirmativa; porque no era apenas contra el Sábado que se aplicaba esta ley, sino que a la transgresión de cualquiera de los demás mandamientos. La ley general se encuen-tra en Num. 15:30-31, y dice, “el alma que actúe presuntuosamente, ya sea que él haya nacido en el campo, o que sea un extranjero, que haya injuriado al Señor; esa alma será cortada de entre su pueblo. Porque él ha despreciado la Palabra del Señor, y ha quebrado Su mandamiento, esa alma ciertamente será cortada; su iniquidad será sobre él”.
“Presuntuosamente” significa, tal como se lee en el margen, con “mano alzada”, esto es, cons-cientemente, obstinadamente, desafiantemente. Esta ley se aplicaba a todos los mandamientos. Siempre que un hombre transgrediese presuntuosamente, había apenas una penalidad, la muerte. Por eso leemos en Exo. 21:14+, que si un hombre mataba a otro hombre “presuntuosamente”, lo “tomaréis de Mi altar, para que muera”. Nuevamente, si un hombre golpea a su padre o lo maldice, “ciertamente será muerto”. Si un hombre le “roba a otro hombre, y lo vende”, “ciertamente morirá”. Estos castigos eran todos para pecados cometidos “a mano alzada”, y se aplicaban a todos los mandamientos indistintamente.
La pregunta de si estas reglas se aplicaban al Sábado fue levantada bien temprano en la historia de Israel. Cometer asesinato era siempre considerado una seria ofensa. ¿Era tan serio como transgredir el Sábado, o a una transgresión así se le podía hacer la vista gorda?
El asunto fue levantado cuando un hombre salió en día de Sábado para recoger leña. Durante algún tiempo el maná había llovido del cielo. Israel había reunido su porción cada día, pero había sido advertido a no salir a buscarlo en el séptimo día. Al comienzo, sin embargo, algunos salieron en Sábado, pero no hubo ningún castigo especial por su transgresión.
Ahora, sin embargo, había pasado ya bastante tiempo. Todos conocían los requerimientos de Dios. La ignorancia no podía más ser llevada en consideración como una excusa. Cualquiera que profanase ahora el Sábado sabía lo que estaba haciendo. Su acto sería considerado como desafiante, y su castigo no sería primariamente debido a su transgresión, sino que debido a su desafío. La ley había sido anunciada desde el Sinaí; Dios también había anunciado que cualquiera que la transgrediese presuntuo-samente sería cortado. Aquel que “ha despreciado la Palabra del Señor, y ha quebrado Su mandamiento, ciertamente será cortado”. Num. 15:31. Si algún hombre transgrede el Sábado, está despreciando “la Palabra del Señor”, y en ese acto estaría desafiando y ofendiendo a Dios.
Era bajo estas condiciones que el hombre violaba el Sábado. Él conocía la ley y lo que Dios había dicho. A pesar de todo esto, él salió a buscar leña. ¿Qué debía hacerse ahora? ¿El Sábado estaba unido a los demás mandamientos, o debiera hacerse alguna excepción? Ciertamente era peor matar a un hom-bre que recoger leña durante el Sábado.
Sin embargo, tal como ya se ha observado, no era la cosa hecha la que contaba; era más bien la actitud. No fue debido a que salió a juntar leña que él fue castigado; fue “porque había despreciado la Palabra del Señor”. La recogida de leña fue apenas un medio para demostrar su desafío contra Dios.
Moisés, sin embargo, quería tener completa certeza de lo que tenía que hacer en este caso particu-lar. Por lo tanto puso al hombre en confinamiento hasta que Dios hiciese conocida Su voluntad. En esta decisión mucho estaba en juego, porque sería conocido con certeza si el mandamiento del Sábado tenía su lugar junto a los demás mandamientos y si su transgresión debía ser contado como igualmente serio. El propio Dios dio la decisión en este caso. Si Moisés hubiese actuado por sí solo, habría sido interpre-tado que era apenas su propio juicio.
La decisión vino rápidamente, “el hombre ciertamente morirá”. Num. 15:35. Eso dejaba la cues-tión completamente aclarada. El mandamiento del Sábado tenía su lugar con los demás mandamientos. Su transgresión era tan seria como la de los otros. Los hombres podrían no considerarlo así. Pero Dios había hablado. La lección también es para nosotros así como lo fue para ellos. Que nadie hable livia-namente con respecto al Sábado o transgreda desafiantemente su precepto

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Re: El Sábado en el Sinaí

Mensaje por HECTOR JAVIER el Miér Oct 05, 2011 4:20 am

La Historia de Ezequiel del Exodo.-


Cuando Moisés escribió la historia del Exodo, no dijo todo lo que debiera haber dicho. Muchos años más tarde, Dios, a través del profeta Ezequiel, complementó el relato con una información deta-llada que es de valor para nuestro estudio presente.
Ezequiel vivió en el tiempo del comienzo de la cautividad babilónica. Algunos del pueblo de Is-rael ya habían sido llevados al cautiverio, y otros le seguirían muy luego. Esto se debió a sus pecados, los mismos pecados por los cuales habían sido culpados en Egipto y en el desierto.
Algunos ancianos fueron donde Ezequiel para preguntarle a respecto del Señor. Esta era una cos-tumbre común en Israel. Cuando habían materias en las cuales ellos necesitaban una guía especial e instrucción de Dios, los ancianos aparecían delante del profeta, preguntándole si él tenía alguna luz del Señor sobre el asunto. En este caso no hubo ninguna duda en la respuesta. “Así como yo vivo, dice el Señor, no seré consultado por ustedes”. Eze. 20:3.
El Señor procede entonces a explicarles por qué él no sería consultado por ellos. Esto hizo con que Él entrara en detalles acerca de los que sus padres habían hecho, y por qué Él no pudo ayudarlos. La suposición era que Él no había podido ayudar a Israel entonces por la misma razón que Él no podía ayudarlos ahora.
Dios comienza la historia contándoles a respecto del tiempo cuando Israel estaba en cruel esclavi-tud en Egipto y oraba por liberación. Como condición para ayudarlos, Dios, a través de Moisés, les dijo, “lanzad fuera todos vosotros la abominación de vuestros ojos y no os contaminéis con los ídolos de Egipto”. Eze. 20:7.
Pero Israel no iría a escuchar. Ellos querían ser liberados, pero no a ese costo. Se rebelaron contra Dios y no lanzaron fuera sus ídolos. Por lo tanto, Dios decidió no solamente que no los ayudaría, sino que los castigaría en Egipto y los dejaría allí. Pero Dios, en Su misericordia y amor a Su nombre, tuvo piedad de ellos y los sacó de Egipto, para que Su nombre “no fuese contaminado delante de los paga-nos”. Versos 8-9.
A través de la interposición de Dios, Israel experimentó una maravillosa liberación en el Mar Rojo y llegó al desierto de Sinaí. Se puede pensar que ellos estarían ahora listos para lanzar fuera sus ídolos y servir al Señor con todo su corazón. Pero aun eran rebeldes. Dios los soportó durante mucho tiempo y pacientemente los instruyó. “Yo los saqué de la tierra de Egipto”, dice Él, “y los llevé al desierto. Y les di Mis estatutos, y les mostré Mis juicios, los cuales si un hombre los ejecuta, podrá vivir en ellos. También les di Mis Sábados, para que sean una señal entre Yo y ellos, para que pudieran saber que Yo soy el Señor que los santifico”. Versos 10-12. Esto fue en el Sinaí.
El Sábado en su esencia natural es una señal de santificación. Un hombre puede ser irrespetuoso con sus padres sin ser culpable de adulterio. Él puede codiciar los bienes de su vecino, pero puede no hacer ninguna imagen. Puede ser fuertemente tentado en una línea, pero puede no ser tentado tan fuer-temente en otra. Pero no sucede eso con el Sábado.
La violación del mandamiento del Sábado no es un pecado tan grande en sí mismo, como el síntoma que revela una actitud que toca todos los mandamientos. Transgredir el Sábado, en su natura-leza esencial, es un rechazo a Dios, una especie de rebelión. No es como matar o robar o cometer adul-terio. Revela un estado interior de desobediencia; y desobediencia es la esencia de todo pecado.
Al contrario, la obediencia al mandamiento del Sábado muestra un deseo de espíritu que va mu-cho más allá del mandamiento específico, hasta llegar al verdadero corazón de la religión, el cual en esencia es obediencia. El hombre, por lo tanto, que guarda el santo Sábado hace más que guardar uno de los mandamientos de Dios. Él se coloca a sí mismo al lado de la obediencia y de la ley, a despecho de cualquier otro motivo ulterior, y así está a la altura de la norma de Dios, en relación a lo que todo hombre debiera ser.
Israel no entendió ni apreció el regalo que Dios les dio en el Sábado. Como ellos se habían rebe-lado contra Dios en Egipto, así también se rebelaron contra Él en el desierto. No caminaron en Sus es-tatutos, y no guardaron Su ley ni Su Sábado. “Ellos despreciaron Mis juicios, por los cuales el hombre que los siguiere, él podría aun vivir en ellos; y profanaron grandemente mis Sábados”. Eze. 20:13.
No tenemos ningún registro aquí ni en los libros de Moisés en relación a la manera en que Israel profanó el Sábado. Ciertamente ellos se contuvieron en no trabajar en aquel día, especialmente después que vieron el castigo que le cayó a aquel que salió a buscar leña en un Sábado. Pero la guarda del Sábado es más que abstenerse de trabajar. Un hombre puede abstenerse de trabajar en el séptimo día y sin embargo puede no entrar en el reposo de Dios.
Un hombre que descanse en el séptimo día, pero cuyas manos no están limpias y cuyo corazón no es puro, contamina el Sábado del Señor, y comete el mismo error que cometió Israel pensando que el entrar en la Canaán literal agotaba la promesa de Dios. Muchos de ellos siguieron Egipto cuando entra-ron en Canaán, y así frustraron el plan de Dios. Dios les pidió que dejaran a Egipto atrás, y que cuando entraran en Canaán, entrasen en una nueva experiencia en Dios. Todo lo que Israel hizo fue entrar en el país; pero al hacerlo no recibieron la promesa ni entraron en el descanso de Dios.
Israel guardó el día, pero la experiencia espiritual que podría haber sido de ellos, la perdieron completamente. Ellos se abstuvieron de trabajar, pero no entraron en el descanso de Dios; ellos no deja-ron de hacer sus propias obras así como Dios descansó de las suyas. Sus corazones no fueron transfor-mados.
Esto enfatiza la declaración de que el Sábado es una señal de santificación, y que nadie que no esté santificado puede guardar el Sábado tal como Dios quiere que sea guardado. Siempre tenemos que tener en mente que la verdadera guarda del Sábado incluye un corazón puro y una vida santa. Los que no posean eso, contaminan el Sábado, no importa cuán cuidadosos puedan ser en abstenerse de trabajar en ese día.

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Re: El Sábado en el Sinaí

Mensaje por HECTOR JAVIER el Miér Oct 05, 2011 4:21 am

La Rebelión de Israel.-


Dos veces Israel se había rebelado, la primera vez en Egipto y después en el desierto. Dios pro-testó, pero ellos no escucharon; ni tampoco eliminaron sus ídolos. Él entonces se propuso eliminar Israel y derramar Su “furia sobre ellos en el desierto, hasta consumirlos”. Pero nuevamente Dios no llevó a cabo Su plan, para que Su nombre no fue “contaminado delante de los paganos, a cuya vista Yo los he sacado”. Eze. 20:14. De tal manera que Dios los salvó una vez más.
Sin embargo, Israel se apartó tanto del ideal y propósito de Dios, que Él determinó no llevarlos “a la tierra que Yo les había dado... debido a que ellos despreciaron Mis juicios, y no caminaron en Mis estatutos, sino que contaminaron Mis Sábados”. Versos 15-16. Como resultado de esta decisión, Israel fue dejado a vaguear en el desierto hasta que la generación que salió de Egipto murió.
Habiendo lidiado así con los padres que Él había sacado de Egipto, ahora Él dirigió a la nueva generación, a sus hijos. Ellos habían visto lo que le había sucedido a sus padres, y debieran haber sido advertidos por su ejemplo. Dios “le dijo a sus hijos en el desierto, no caminéis en los estatutos de vues-tros padres, ni observéis sus juicios, ni os contaminéis con sus ídolos. Yo soy el Señor vuestro Dios; caminad en Mis estatutos, y guardad Mis juicios, y hacedlos; y guardad Mis Sábados; y ellos serán una señal entre Yo y vosotros, para que sepáis que Yo soy el Señor vuestro Dios”. Versos 18-20.
Pero los hijos no habían aprendido nada de la experiencia de sus padres. “Ellos no caminaron en Mis estatutos, ni guardaron Mis juicios para hacerlos, los cuales si un hombre los hiciese, él aun podría vivir en ellos; ellos contaminaron Mis Sábados; entonces dije, derramaré Mi furia sobre ellos, para cumplir Mi rabia contra ellos en el desierto”. Verso 21.
La paciencia de Dios ha llegado a su término, y Él proclama que va a dispersar Israel “entre los impíos, y dispersarlos entre las naciones; porque ellos no han ejecutado Mis juicios, sino que han des-preciado Mis estatutos, y han contaminado Mis Sábados, y sus ojos seguían los ídolos de sus padres”. Versos 23-24.

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Re: El Sábado en el Sinaí

Mensaje por HECTOR JAVIER el Miér Oct 05, 2011 4:22 am

Una Lección para el Israel en Cautividad.-


Tal como ha sido observado anteriormente, cuando los ancianos llegaron a preguntarle a Ezequiel, muchos ya habían sido llevados cautivos a Babilonia, y el resto los seguiría muy luego. Ellos estaban ansiosos de saber lo que Dios pensaba, y por esta razón le habían enviado una delegación al profeta para escuchar lo que Dios tenía a decir. Esto le dio al Señor la oportunidad de representar la historia de la liberación de sus padres de la esclavitud de Egipto, y sus experiencias al entrar en la tierra prometida.
Israel estaba ahora en una situación paralela. Así como sus padres estuvieron en esclavitud en Egipto, así Israel iba a ir ahora en cautiverio en Babilonia. Así como Dios antes había libertado a Israel de Egipto, así Israel ahora pedía para ser libertada de Babilonia. Los pecados que afligieron a Israel en Egipto eran los mismos pecados que afligían ahora a Israel, y las condiciones de salvación y liberación también eran las mismas. Lo que Dios pedía del antiguo Israel, Él le pedía ahora al Israel presente. Por esta razón Dios ensayó cuidadosamente la historia de Israel para beneficio de los ancianos que vinieron a preguntarle al Señor, y les contó con detalles dónde sus padres habían fallado y dónde habían pecado.
Los cargos que Dios colocó contra Israel pueden ser listados así:
1.- Ellos fallaron en eliminar la abominación de sus ojos, y se habían contaminado con los ídolos de Egipto. Esto, sin lugar a dudas, se refiere a los sucios y obscenos ritos de la adoración impura del fa-lo, la cual era en aquellos tiempos prominente en Egipto.
2.- Ellos no habían caminado en los estatutos de Dios, sino que habían despreciado Sus juicios. Esto es relatado como rebelión, un estado generalizado a no hacer la voluntad de Dios y también se re-fiere a una activa oposición.
3.- Ellos habían contaminado en gran manera el Sábado de Dios. Esto es enfatizado cuatro veces, en Eze. 20:13,16,21,24. Además, el Sábado es mencionado dos veces como una señal de santificación y de conocimiento de Dios. Versos 12 y 20.
Después que Dios le informó a los ancianos a respecto de la transgresión del antiguo Israel, ahora Él les dice que ellos no son mejores que sus padres, y que Él no va a ser interrogado por ellos, sino que los llevará al “desierto del pueblo”, y “que purgará de entre ellos” a los “rebeldes”, y no les permitirá entrar en Israel. Versos 35 y 38. Por otro lado, aquellos que volvieron al Señor, Él los aceptaría, “y Yo seré santificado en vosotros delante de los impíos”. Verso 41. La falla del Israel presente fue colocada directamente sobre los líderes, los profetas y los sacerdotes. “Sus sacerdotes han violado Mi ley, y han profanado Mis cosas santas; ellos no han hecho ninguna diferencia entre lo santo y lo profano, ni han hecho diferencia entre lo impuro y lo puro, y han escondido sus ojos de Mis Sábados, y Yo he sido pro-fanado entre ellos. Sus príncipes en medio de ellos son como lobos hambrientos, que derraman sangre, y que destruyen almas, para obtener ganancias deshonestas. Y sus profetas los han cubierto con una mortaja no temperada, diciendo vanidad, adivinándoles mentira, diciendo, así dice el Señor Dios, cuan-do el Señor no ha hablado”. Eze. 22:26-28.
De Ezequiel obtenemos un claro entendimiento de las razones por las cuales el antiguo Israel no agradó a Dios, por qué murieron en el desierto, y por qué los hijos también fallaron. Ellos abandonaron al Señor por ídolos egipcios, se rehusaron a caminar en los estatutos de Dios, y despreciaron Sus juicios, y sobre todo, contaminaron el Sábado, el cual desde el mismo comienzo ha sido la señal de Dios de santificación.

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Re: El Sábado en el Sinaí

Mensaje por HECTOR JAVIER el Miér Oct 05, 2011 4:23 am

El Mensaje de Jeremías.-

Israel falló miserablemente en llegar a las expectativas de Dios en el tiempo del éxodo de Egipto. Ahora habían llegado al tiempo de otra prueba en su inminente esclavitud babilónica. El ejército de Nabucodonosor ya había llevado a muchos al cautiverio, y su linda ciudad había sido devastada.
Una y otra vez Dios les había, a través de los profetas, enviado palabras diciéndoles que si se volvían al Señor de todo su corazón y si se arrepentían de su maldad, el Señor sería gracioso con ellos. Él les llamó su atención al Sábado y a las grandes y maravillosas promesas que se les daban bajo la condición de obediencia.
Escuchen estas palabras de Jeremías, uno de los últimos mensajes que se les hizo llegar, antes de que fuesen llevados al cautiverio:
“Así dice el Señor: Guardaos por vuestra vida de llevar carga en el día de Sábado, ni de traerla a las puertas de Jerusalén; ni saquéis carga de vuestras casas en el día de Sábado, ni hagáis ninguna obra, sino que santificad el día Sábado, así como se lo mandé a vuestros padres. Pero ellos no obedecieron, ni inclinaron su oído, sino que endurecieron su cerviz, para no oír, ni recibir instrucción. Y sucederá que si diligentemente Me escucháis, dice el Señor, en no traer carga a través de las puertas de esta ciudad en el día de Sábado, sino que santificando el día Sábado, para no hacer trabajo en él; entonces entrarán por las puertas a esta ciudad reyes y príncipes que se sentarán sobre el trono de David, en carruajes y cabalgaduras, ellos, y sus príncipes, los hombres de Judá, y los habitantes de Jerusalén; y esta ciudad permanecerá para siempre. Y ellos vendrán de las ciudades de Judá, y de los lugares cercanos a Jeru-salén, y de la tierra de Benjamín, y de la planicie, y de las montañas, y del Sur, trayendo holocaustos, y sacrificios, y ofrendas de comida, e incienso, y trayendo sacrificios de alabanza, a la casa del Señor. Pe-ro si no queréis escucharme para santificar el día de Sábado, y para no llevar carga, entrando por las puertas de Jerusalén en el día de Sábado; yo haré descender fuego en sus puertas, y consumirá los pala-cios de Jerusalén, y no se apagará”. Jer. 17:21-27.
Esto, tal como se ha visto, fue uno de los últimos mensajes enviados a Israel antes que Nabuco-donosor finalmente destruyese la ciudad, el templo y se llevase al remanente de Israel cautivo a un país extraño, para que allí fuesen siervos de un pueblo pagano, hasta que hayan aprendido a no profanar el santo Sábado de Dios.

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Re: El Sábado en el Sinaí

Mensaje por HECTOR JAVIER el Miér Oct 05, 2011 4:24 am

El Mensaje de Nehemías.-


Pareciera que esta vez Israel sabría lo que el Señor les estaba requiriendo, y que habría aprendido a seguir Su consejo. Sus padres vaguearon 40 años en el desierto y finalmente murieron sin entrar en la tierra prometida. Ahora Israel fue llevado cautivo a Babilonia por las mismas transgresiones por las cuales sus padres habían sido culpables. Ezequiel había representado fielmente la historia de la falla de Israel; Jeremías había agregado su advertencia; pero de nada sirvió. Y ahora estaban en cautiverio.
Setenta años fueron determinados para este cautiverio, tiempo suficiente como para que murieran todos los hombres adultos que habían crecido cuando comenzó el cautiverio. Había llegado el tiempo para traer a Israel de vuelta, y Dios mantuvo Su promesa. Se le permitió a Israel abandonar Babilonia y volver a su país. Grande fue el regocijo del pueblo cuando pusieron sus pies nuevamente en su propia tierra y pudieron reanudar la interrumpida adoración en el templo. Ciertamente ahora debieran haber aprendido la lección.
Pero no la habían aprendido. En Babilonia se habían casado con los babilonios, y habían aprendi-do sus costumbres paganas. En particular se habían vuelto descuidados en relación con el Sábado, el punto en el cual habían sido advertidos una y otra vez. Nehemías, el cual había sido especialmente se-leccionado por Dios para guiar al pueblo, registra la situación con estas palabras:
“En aquellos días vi en Judá algunos que pisaban lagares en sábado, y acarreaban haces de trigo, y cargaban asnos con vino, uvas, higos y toda suerte de carga. Y la traían a Jerusalén en Sábado. Y los amonesté que no vendieran provisiones en ese día. También en la ciudad había tirios que traían pescado y toda mercadería, y vendían en Sábado a los hijos de Judá en Jerusalén. Reprendí a los señores de Judá. Les dije: "¿Qué mal es éste que hacéis, profanando así el día Sábado? ¿No hicieron así vuestros padres, y trajo nuestro Dios todo este mal sobre nosotros y sobre esta ciudad? ¿Y vosotros añadís ira sobre Israel profanando el Sábado? Así, cuando iba oscureciendo a las puertas de Jerusalén antes del Sábado, ordené que cerrasen las puertas, y no las abrieran hasta después del Sábado. Y puse a las puer-tas algunos de mis criados, para que no entrasen carga en Sábado. Y quedaron fuera de Jerusalén una y dos veces los negociantes que vendían toda especie de mercancía. Los amonesté, y les dije: "¿Por qué pernoctáis ante la muralla? Si lo hacéis otra vez, os echaré mano". Desde entonces no vinieron en Sábado.
Y ordené a los levitas que se purificasen, y viniesen a guardar las puertas, para santificar el Sábado. También por esto acuérdate de mí, Dios mío, y perdóname según la grandeza de tu misericordia”. Neh. 13:15-22.
Algunos de los hijos de Israel “pisaban lagares en sábado, y acarreaban haces de trigo, y cargaban asnos con vino, uvas, higos y toda suerte de carga”; otros traían sus cargas “en Jerusalén el Sábado”, y “vendían vituallas”. Nehemías les demostró que éstas eran las cosas que habían traído la ira de Dios sobre ellos. “No hicieron eso vuestros padres”, les dijo él, “y no trajo Dios todo este mal sobre nosotros, y sobre esta ciudad? Pero vosotros traéis más ira sobre Israel profanando el Sábado”. Después de eso él ordenó que las puertas de la ciudad fuesen cerradas el Sábado, y aun los amenazó con “colocar las manos sobre” aquellos que persistían en la transgresión. Al final los compradores y vendedores “no vinieron más en Sábado”, y los Levitas fueron convidados a “venir y guardar las puertas, para santificar el Sábado”.
Es evidente, desde luego, que esta manera forzada de guardar el Sábado no estaba de acuerdo con la voluntad de Dios. Para Él el Sábado era una señal de santificación, y sin una vida de santidad, el Sábado se transformaba en una ceremonia vacía que nunca podría substituir la verdadera santificación.

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Re: El Sábado en el Sinaí

Mensaje por HECTOR JAVIER el Miér Oct 05, 2011 4:24 am

La Historia Subsecuente.-


De la historia subsecuente de los Judíos aparece que el cautiverio babilónico y las declaraciones de los profetas finalmente causaron alguna impresión en el pueblo. Finalmente parece ser que entendieron que su falla en guardar el Sábado había sido la causa de sus calamidades desde mucho tiempo atrás. Ellos leyeron la historia de Dios probando a Israel en el desierto, de cómo Él les hizo llover maná del cielo durante 40 años, y les enseñó acerca del Sábado. Ellos leyeron el relato de Ezequiel a medida que él les repetía la historia de la última falla de Israel. Ellos leyeron de Jeremías el apelo que les hizo para guardar el Sábado y la bendición que les vendría si así lo hiciesen. Ellos aprendieron de esto, que la grandeza nacional nunca sería suya a menos que guardasen el Sábado; pero que si lo hiciesen, reyes y príncipes vendrían hasta ellos, y Jerusalén permanecería para siempre. Ellos sabían que Dios haría exactamente lo que dijo. ¿No habían sido llevados al cautiverio? ¿No había sido quemada su ciudad y su templo, y no los había libertado Dios de su cautiverio al final de los 70 años, tal cual como Él lo había prometido? Ahora Nehemías los había advertido una vez más, y finalmente ellos despertaron. Desde ahora en adelante ellos harían todo lo que Dios requiriera de ellos, y serían especialmente cuida-dosos con el Sábado.
Y fueron cuidadosos. El cautiverio babilónico marca un cambio definitivo en Israel. Nunca más volvieron ellos a los ídolos; nunca más hicieron del Sábado un día común de trabajo. Si era tan impor-tante como se les dijo, ellos lo protegerían con todo tipo de restricciones. Si su existencia nacional y la bendición de Dios dependía de su fidelidad en la observancia del Sábado, ciertamente lo guardarían.
El error que ahora estaban haciendo fue tan fatal como el error que ya habían cometido. Comen-zaron a considerar el Sábado como un medio de salvación, tanto personal como nacional, en vez de una señal de santificación. Dios quería un pueblo santo, y el Sábado fue la señal para esto. Ahora ellos hicieron hincapié en la señal, la cual podía ser de poco valor sin la realidad acompañante de santidad.
Cristo hizo lo mejor que puedo para restaurarle a Israel el Sábado tal como Dios originalmente se los había dado, como siendo una bendición en vez de una carga. Él no tuvo que hacer hincapié en la es-crupulosidad al guardar el Sábado, porque Israel ya había andado bastante lejos en esa dirección. Con su nuevo punto de vista, el pueblo, y especialmente los fariseos, creyeron que Cristo era relajado en la observancia del Sábado. Ellos no entendieron que Él estaba tratando de mostrarles su verdadero propó-sito; que haciendo el bien, sanando a los enfermos, y haciendo actos de misericordia durante el Sábado, eran aceptados a la vista de Dios, en vez de observar apenas mecánicamente el día.
Esto hizo con que Israel, en el tiempo de Cristo, fallase tan completamente como lo hizo el anti-guo Israel en entender el verdadero significado del Sábado. Ellos fallaron de una manera diferente, es verdad, pero fallaron definitivamente. Es a esto que el escritor de Hebreos se refiere cuando él advierte a sus compañeros creyentes a no caer en la misma forma de incredulidad.

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Re: El Sábado en el Sinaí

Mensaje por HECTOR JAVIER el Miér Oct 05, 2011 4:25 am

El Mensaje de Hebreos.-


El escritor de Hebreos sigue el mismo método que Ezequiel había seguido anteriormente; esto es, llamando la atención a la historia de Israel cuando ellos salieron de Egipto. Él menciona el hecho que Dios había sido provocado y apenado con ellos, aun cuando “vieron Mis obras durante 40 años”. Debi-do a su incredulidad, sus “carcasas cayeron en el desierto”, y Dios juró “que ellos no entrarían en Su descanso”. Heb. 3:9-18.
Habiendo llamado la atención a la falla de los padres y la razón para ello, él dirige una advertencia a su propia generación. “Temamos pues”, dice, “no sea que permaneciendo la promesa de entrar en Su reposo, alguno de vosotros parezca no haberla alcanzado”. Heb. 4:1. Israel falló; ahora vean que ustedes no fallen. Este es el argumento. “Ellos no pudieron entrar debido a la incredulidad”. Heb. 3:19.
El escritor ahora trata de dejar claro de que entrar en la Canaán terrenal y entrar en el descanso de Dios no son la misma cosa. Hubieron muchos que entraron en Canaán, pero que no entraron en el des-canso. Josué, en verdad, los llevó a la tierra prometida, pero no los llevó al prometido descanso de Dios.
Cuando Israel entró en Canaán, ellos pensaron que habían conseguido su objetivo. Pero esta no era la idea de Dios. El descanso del cual Él hablaba, y al cual Él los quería conducir, era el descanso del pecado, el descanso de sus propias obras. Canaán era un símbolo de esto, como también lo era el Sába-do. Descansar en el séptimo día de su trabajo era bueno, y entrar en Canaán estaba de acuerdo con el mandamiento de Dios; pero bueno como era, eran apenas símbolos de algo superior, del descanso del pecado, el descanso de nuestras propias obras, descanso en Dios, del cual el Sábado era un símbolo.
“Los que hemos creído entramos en el descanso”; esto es, nosotros que somos convertidos tene-mos el verdadero descanso, el descanso en Dios. Heb. 4:3. Este descanso en Dios, esta libertad y victo-ria sobre el pecado, el escritor la conecta íntimamente con las palabras “terminado desde la fundación del mundo. Porque él dijo en cierto lugar del séptimo día, y Dios descansó en el séptimo día de toda Su obra”. Heb. 4:3-4.
De una manera más hermosa y efectiva el escritor conecta así el séptimo día Sábado con el ver-dadero descanso de Dios. Josué había llevado a Israel a la tierra prometida, pero no les dio descanso, porque él había verdaderamente entrado en el descanso del que “ha cesado de sus propias obras así co-mo Dios lo hizo de las suyas”. Este descanso es un descanso espiritual, un descanso de nuestras “pro-pias obras”, una cesación de pecar. Es a este descanso que Dios llama a Su pueblo, y es de este descanso que tanto el Sábado como Canaán son símbolos.
La mera entrada en la tierra de Canaán no agotó la promesa de descanso de Dios. Ni tampoco lo hace la mera guarda del Sábado. El Sábado es, ciertamente, una señal de santificación. Pero la señal nunca puede substituir la realidad, y por otro lado, tampoco puede ser ignorado. El escritor de Hebreos está ansioso para que sus lectores no cometan el mismo error que el antiguo Israel había cometido. Él quería que ellos entraran, y que no “cayeran en la misma incredulidad”.
“Permanece por lo tanto un descanso para el pueblo de Dios”. Heb. 4:9. El original griego, el margen y la Versión Revisada, lo colocan así: “Por lo tanto queda una guarda de un Sábado para el pueblo de Dios”. Verso 9.
No puede haber un mal entendido con el argumento del escritor de Hebreos. El antiguo Israel falló; ellos desatendieron los estatutos y las leyes de Dios, y especialmente contaminaron el Sábado. Cuando Israel rechazó el Sábado, rechazaron lo que este representaba, santidad de vida. Ellos entraron en Canaán, pero no entraron en el descanso de Dios, ni en la vida. Por lo tanto el propósito de Dios no se cumplió. De tal manera que Dios hizo otros llamados, y aun después que Israel había entrado en Ca-naán, Él los llamó para que entraran en Su descanso, “diciendo en David, hoy, después de tanto tiempo, como se dice, hoy si escucháis Su voz, no endurezcáis vuestros corazones”. Verso 7. Ese mismo lla-mado ha sonado para cada generación desde entonces, y el escritor de Hebreos estaba ahora haciendo sonar el último llamado que se le haría a Israel como nación. Poco tiempo después que este libro fue escrito, el templo fue finalmente destruido, y no fueron hechos más llamados. Israel como nación, había tenido su último llamado.
En este argumento en hebreos el lector no fallará en observar la introducción del séptimo día Sábado. “Dios descansó en el séptimo día de todas Sus obras”. Heb. 4:4. “Las obras estaban terminadas desde la fundación del mundo”. Verso 3. “Por lo tanto permanece la guarda de un Sábado para el pueblo de Dios”. Verso 9. “Aquel que ha entrado en Su descanso, también ha cesado de sus propias obras, así como Dios lo hizo con las suyas”. Verso 10. Todo esto nos lleva a un efectivo argumento para el séptimo día Sábado en el Nuevo Testamento. Debe recordarse, sin embargo, que decir que este ar-gumento es para el séptimo día, existe un peligro tanto ahora como entonces, de que la señal sea substi-tuida por aquello a lo cual simboliza. Dios requiere santidad de vida. De esto el Sábado es una señal. No debemos rechazar la señal, ni rechazar aquello para lo cual fue hecho. Que todos consideremos esto. Es vital.

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Re: El Sábado en el Sinaí

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